El primer fuego

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Pasa el tiempo y la rutina arrasa con todo. Lo que antes era extraordinario se vuelve ordinario. Posiblemente nuestro propio encierro nos hará olvidar muchas cosas, como la sensación que nos embargó aquella primera noche en el balcón.

Recordadla, porque está ahí dentro de vuestras entrañas. Conservadla.

Esa primera noche que nos dijeron que teníamos que recluirnos en casa y afrontar aislados una amenaza desconocida. Sin saber muy bien qué hacer, en la oscuridad de una de las últimas tardes de invierno, nos asomamos a nuestras ventanas y balcones y aplaudimos. Nos convencimos de que estábamos homenajeando a toda la gente que nos cuida, sin excepción. Pero en realidad, nos invadió un sentimiento antiguo y primitivo. Porque no hace tanto tiempo, no hace tantos miles de años que éramos así: nos juntábamos para derrotar nuestros miedos con conjuros y canciones.

Aquella noche nos asomamos a las calles o a los patios interiores desde las ventanas e hicimos sonar nuestras palmas. Comenzó suave, casi ululando. Algunos salimos a la ventana indecisos, quizás pensando que íbamos a hacer el ridículo y que ninguno de nuestros vecinos iba a responder. Pronto ese goteo de palmas se convirtió en un auténtico estruendo y fue creciendo en intensidad y en cantidad. A más y a más. Y se propagó como un aleteo, estrepitoso, intenso y tremuloso. Recorrió las calles hasta escucharse en toda la ciudad. Clap-clap-clap-clap-cláp. Se solapaba y se confundía con su propio eco. Chocó contra muros y se coló hasta en aquellas casas que permanecían cerradas. Clap-clap-clap-clap-cláp. Se replicó con casi tanta rabia y tanta rapidez como el virus. Fue un código morse, repetido de casa en casa. Una señal transmitida de ventana en ventana, de ciudad en ciudad, de valle en valle, de montaña en montaña. En realidad era así, no era un aplauso, era un mensaje en clave, estábamos hablando sin hablarnos. Eran los tambores de una tribu que quería espantar a los malos espíritus.

Al día siguiente, llamé por teléfono a un buen amigo para ver qué tal lo llevaba y me confesó que en aquel momento de aquel primer aplauso lloró sobrecogido por la emoción. Me conté que estaba acurrucado junto a su mujer, su hijo de apenas unos meses sobre los brazos y su hija de tres añitos al lado. Estaban los cuatro apretados en un minúsculo balcón, asomados al patio de su bloque de viviendas, en las que se encendían cada vez más y más luces. Allá, sobre esas ventanas iluminadas se dibujaban siluetas de otras familias como ellos, de mujeres y de hombres, algunos solitarios, que salían a aplaudir. Yo estaba a un par de kilómetros de ellos, pero yo era otra de esas siluetas solitarias. Le confesé que yo también me emocioné. Y recordamos a nuestros padres y a nuestros amigos médicos y enfermeros.

Salí al tejado. Desde mi casa, en el casco antiguo, enfrente solo veo los torreones de la catedral que se iluminan de color anaranjado. No veo a muchos vecinos, pero sí que les intuyo. Les oigo, como a la hija de mis vecinos, que tiene cinco años y es la sobrina de una amiga. Muy a lo lejos, veo una de las últimas casas que se elevan por encima de las murallas de la ciudad, son los confines de nuestro barrio. Allá, en esos edificios, en esas pequeñas alcobas que casi ni distingo ya, veo que con una luz muy cálida se asoman unas figuritas que aplauden con frenética intensidad. Esos vecinos lejanos mueven los brazos al aplaudir como si estuviesen avivando una hoguera. Y comprendí que era precisamente esto lo que hacían sin saberlo.

Aquello que sentimos esa primera noche en el balcón fue el calor de una hoguera.

Comprendí que esa sensación fue la misma que he sentido, vivido y compartido muchas veces atrás en muchas otras partes del mundo y siempre frente a una hoguera. Es el sentimiento de fragilidad, de intemperie y desamparo quebrado en la noche por el calor y la luz del fuego. La hoguera compartida con otros seres humanos que en la desdicha o en la fortuna aguardan al mismo destino que nosotros. Las luces de nuestros hogares eran ese fuego junto al que nos reunimos.

En ese preciso instante de esos primeros aplausos, aunque solo fuese por un momento muy fugaz, fue cuando volvimos a sentir que éramos parte de una misma tribu. Recordamos a los italianos que habíamos visto días atrás en sus balcones, que de pronto eran ya los nuestros. Y los de todos. En ese momento, intuimos ya que formábamos parte de una misma comunidad, que en todo el planeta replicaba un mismo mensaje con las palmas de nuestras manos. Tuvimos en ese instante la certeza de que nuestro destino y el todas de aquellas personas conocidas o desconocidas dependía de la suerte de todos los demás. Todo esto se nos reveló como un recuerdo olvidado. Un recuerdo antiguo y lejano. Nunca antes sentimos tanta necesidad de acurrucarnos, de abrazarnos y de recogernos.

Se encendió dentro de nosotros un fuego que llevaba apagado miles de años quizás. Aunque en algunas personas por suerte esta luz brilla siempre. La mayoría descubrimos algo primitivo que llevamos tallado, como una muesca, en la memoria de nuestros genes: el calor del primer fuego. Sentimos lo mismo que sintieron los primeros hombres y mujeres que caminaron sobre este mundo cuando encendieron sus primeras hogueras.

Dicen los antropólogos que el dominio del fuego fue el elemento crucial y fundamental que transformó al ser humano. El fuego hizo que dejásemos de ser animales más o menos inteligentes y nos transformásemos en lo que somos hoy. Ese mismo fuego que aún hoy nos inspira misterio. Ya no solo salíamos a cazar o a comer juntos en manada, ahora volvíamos a la noche a recogernos todos al mismo sitio. Y el fuego requería de cuidado y colaboración entre todos los miembros del mismo grupo para mantenerlo vivo. El fuego requería de lenguaje y de comunicación, de paciencia y de previsión. Simbolizaba el bienestar común. En esos tiempos remotos y pasados, el fuego nos otorgó la sensación de protección, de hogar, de vencer a lo desconocido pero también dotó a aquellos hombres y mujeres de algo fundamental para su futuro: un sentimiento de pertenencia.

Al reunirnos todos juntos frente a la misma hoguera, en aquel primer fuego de hace un millón y medio de años atrás, comprendimos por primera vez que debíamos protegernos todos mutuamente. Entendimos que todos los miembros del grupo eran importantes y necesarios. Todos compartían la misma suerte, aunque cada uno tenía tareas diferentes. La ciencia ha demostrado que durante todos los miles de años que llevamos sobre este planeta, la colaboración ha sido la única destreza indispensable y fundamental para el éxito de nuestra supervivencia hasta hoy. En cualquier clima, en cualquier adversidad. A diferencia de otras especies, el ser humano no recibe la gran parte de todo aquello de lo que necesita para sobrevivir directamente de la naturaleza, sino que lo obtiene gracias la colaboración de otros seres humanos. Esto es un hecho. Por eso, estas medidas de distanciamiento social se nos hacen tan difíciles y cargantes porque forma parte de ese mismo instinto nuestro estar juntos. Precisamente por esto mismo, la exclusión social es y sigue siendo hoy nuestro principal fracaso como especie: dejar a otros detrás, a la intemperie, a su suerte.

Que no se nos olvide: aquella primera noche en el balcón, al calor de todas esas luces, al encender esa extensa red de antorchas y al agitar nuestras manos iluminamos de nuevo ese fuego que llevamos dentro. Avivamos lo mejor y los más genuino de nuestra especie: la ternura, el agradecimiento, la universalidad. Un vínculo sincero, desinteresado y honesto. Por favor, que no se nos olvide lo que sentimos aquella primera noche. Recordemos aquel primer fuego. Y prendedlo todas las veces que sea necesario.

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