Escribir sin para qué

Deja un comentario
Apuntes / BLOG / General

Durante un tiempo pensé que era escritor. Y es cierto, escribía, publicaba lo escrito y a menudo incluso me pagaban por esto. Los últimos diez años de mi vida, he recibido diversos sueldos, calderilla y jornales por juntar unas letras detrás de otras. He construido historias, relatos, noticias, crónicas, libros, guiones de películas, guías de viaje, prospectos y hasta manuales de instrucciones. En fin, he escrito. Durante un tiempo también escribí un blog en internet, columnas en un periódico y reportajes en diferentes revistas. Durante ese tiempo también pensé que escribía porque tenía algo que decir. Otras veces estaba convencido de que tenía algo que contar. Muchas otras, creía que mi forma de contar ya era algo que decir. Y el noventa por ciento de las veces, era mi obligación y mi deber informar. ¡Qué pretencioso todo!

Después, sobrevino una época de tremendo ruido en la que fue difícil decir nada de nada.

Ahora vuelvo a escribir aquí, pero por ninguna de esas razones.

Escribo por el sentido más primigenio y salvaje de la escritura: por puro egoísmo. Escribo solo para mi y empujado por la urgencia y la necesidad.

A menudo, me sobrecoge y me invade un terrible y profundo miedo. Siento un temor auténtico a que todo lo vivido se me olvide. Un pavor a que todo lo pensado alguna vez se esfume. Me aterra pensar que algún día se evapore todo lo que he experimentado, todo aquello que he sentido, todos los recuerdos de la gente a la que he conocido, las historias que me han contado y que ellos no han sido capaces de escribir. Siento horror a que todo se desvanezca. Y entonces, escribo. Por puro egoísmo. Ni siquiera lo hago movido por ningún sentimiento noble o digno, no me mueve un deseo de trascendencia, no creo que ninguna de estas cosas valga la pena, ni sean más meritorias que las de ninguna otra persona. En verdad no hay nada de extraordinario en todo esto: son auténticas simplezas. Nimiedades. No creo yo que vayan aportar nada al mundo. No le tengo miedo a eso. Ni siquiera creo que vayan a ser recordadas. Sólo quiero que no se me olviden a mi.

Siento un miedo profundo de que cuando sea menos pobre o acomodado se me olvide de cuando fui miserable. Siento miedo de que cuando sienta el calor se me olvide el frío. O de que cuando sea infeliz se me olvide todos los días de dicha y alegría que tuve, de absoluta plenitud y no recuerde todas aquellas veces que unté el pan y rebañé una tostada, brindé con una copa rebosante rodeado de gente a la amaba. Todas aquellas veces que un desconocido me invitó a su casa y confié, que hablé lenguas extrañas, que rompí a reír a carcajadas. Sufro con que llegue el día de un anodino confinamiento en casa y no sea capaz de recordar las veces que caminé y corrí frente al mar, bajo el sol y bajo la lluvia, arriba de las montañas o en las esquinas de esta ciudad. Y que cuando vuelva a correr se me olvide lo que era estar parado. Me horroriza pensar que se me olvide las veces que planté patatas con mi padre y me enseñó que se suda y se trabaja la tierra, seca y reseca, mala y ajada, para tener frutos pequeños y diminutos.

Que se va todo al garete, que el mundo se descompone y está podrido, eso hace tiempo que lo sé, pero también sé muchas otras cosas buenas que no quiero que se me olviden.

Ahora, hoy, en marzo de 2020, estamos en mitad de una pandemia mundial de incierta resolución. Hoy, 783.891 personas están contagiadas por un virus nuevo y 37.759 han fallecido por su culpa. Mientras, hoy en el mundo, al margen de eso, siguen aconteciendo infinidad de eventos, muertes y nacimientos, luchas y alegrías de todo tipo.

Ayer me desperté en mitad de la noche y se sumó a este miedo viejo conocido del olvido, otro más nuevo, tan obsesivo, profundo y punzante como el anterior: el temor a que nada cambie. Me embargó este espanto novedoso: que cuando todo esto pase, todo siga igual, nada haya cambiado. No quiero. No lo deseo. Si algo espanta más que vivir en un universo desmemoriado, es vivir en un mundo estático y estancado.

Así que desde hoy, escribo.

“Entre otras cosas, escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al malo”, así lo dijo Alejandra Pizarnik. “Escribir es exorcizar, conjurar y, además, reparar. Porque todos estamos heridos”.

Escribo para curarme yo, por egoísta y por cobarde, y mientras tanto espero a que llegue el día que podamos escribir sin para qué y sin para quién. Sólo porque sí.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.