Un premio joven para una trayectoria errante

Daniel Burgui, en Tacloban, frente al carguero naufragado Eva Jocelyn

Estimadas amigas y amigos, quiero compartir públicamente una gran alegría: me han concedido el XV Premio Joven de Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid por mis crónicas errantes.

A juicio del jurado, “el notable espíritu emprendedor” de mi trabajo en este blog, mis reportajes y mis crónicas merecían este premio que se creó en 1998 para destacar a jóvenes talentos de ramas como la economía, la ciencia y la investigación, las artes, la sostenibilidad, los derechos humanos, la narrativa o, como en mi caso, la comunicación.

Me hace especial ilusión porque es el reconocimiento a una trayectoria breve y errática.

Durante estos últimos años, he emprendido por mi cuenta, empeño y sin apenas el soporte de medios de comunicación, más que mi propia curiosidad, interés y mis propios ahorros la cobertura de algunos temas que he considerado interesantes. Muchos de ellos han sido publicados en revistas y periódicos, digitales e impresos, también premiados y reconocidos, pero a menudo ocurría que muchas de esas historias no encontraban el hueco que necesitaban para ser relatadas. A menudo también he llegado a sentir cierto desamparo y que esta trayectoria me conducía a la más terrible derrota y la ruina.

No obstante, en vez de dejar esas historias abandonadas en un cajón o en un documento de Word olvidado; durante este tiempo he publicado y ofrecido de manera gratuita y desinteresada muchas de ellas en este blog personal. Algunas de forma exclusiva. Muchas de ellas son historias chiquitas y ejemplos de vidas de personas valientes y decididas.

Este premio viene a dar impulso a este ímpetu.

Y confirma algo que un buen amigo me dijo hace poco: No hay nada malo en la derrota o la deriva. Contrariamente a lo que evocan, ambas están poco o nada vinculadas al fracaso. Si no más bien al éxito, a la habilidad de mantenerse a flote y llegar a buen puerto.

Me explico:

Dentro de arte y la ciencia de la navegación (que es arte por la destreza que debe tener el navegante para sortear los peligros e imprevistos y que es ciencia porque requiere de conocimientos físicos, oceanográficos, cartográficos y astronómicos) la derrota es el trayecto que recorre una embarcación. El trayecto real.

Aunque antes de salir del puerto, antes de zarpar, uno haya fijado felizmente en su carta de navegación el rumbo y la ruta que quiere seguir con un buen compás, escuadra y cartabón, con trazo limpio y firme; en realidad ocurre –como en muchos otros aspectos de la vida– que las corrientes, los vientos y los errores desvían la embarcación. La conducen al mismo lugar, sí, pero con pequeñas zozobras y desvíos. El derrotero es el trazo de ese camino “real” que un barco realiza desde un punto a otro. La deriva es la distancia, el tiempo que uno pasa en esos impases, al margen de su ruta diseñada y dejándose llevar por la corriente. Ahí es donde uno tiene que ser firme en gobernar la nave, a pesar de todo, hacia el lugar al que uno quiere llegar. Aprovechar los vientos sean buenos o malos. Soportar las rachas. Sin dejarse manipular ni claudicar, sin renunciar a esas coordenadas que lo guían.

Me ha hecho ilusión que en esta edición de 2014, el enunciado de la convocatoria de este premio de la Universidad Complutense de Madrid hacía expreso hincapié en la crisis y en la necesidad de fomentar el conocimiento y la creatividad en este contexto: “Más que nunca, conceptos como la ética, la honestidad, la responsabilidad social, la ejemplaridad y la austeridad se deben premiar cuando se practican y por el contrario exigir cuando están ausentes. Más que nunca es imprescindible reconocer el valor del conocimiento y de la creación, como motores de un impulso económico en tiempos de crisis, y más que nunca, la unión entre conocimiento y valores es fundamental”.

Así que lo malo, no es la deriva o la derrota, lo realmente pernicioso es navegar sin rumbo.

Gracias a premios como este uno se siente reforzado y reafirmado en ese rumbo que ha escogido y decidido. Aunque la tempestad arrecie ahí afuera, lo importante es seguir, aunque sea errante, esas coordenadas. Lo cual me provoca especial felicidad.

Por último, agradecer a todos los amigos y amigas que siempre me han acompañado en este viaje, que me han ayudado, comprendido y que han demostrado siempre fe y confianza en mis emprendimientos y en que esta senda era la correcta. Que conduce, al menos, hacia algún lugar.

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