De cerdas francesas y peregrinos en la niebla

En el puerto de Bentarte a 1.300 metros sobre el nivel del mar, los Pirineos se achican un poco.

Lo justo, lo mínimo, para transitar con menos dificultad por este embudo montañoso que se prolonga hasta Lepoeder y conecta ambas laderas de la cordillera. Es el paso natural de los Pirineos. Une las dos Navarras, la alta y la baja. Y es el lugar que ilustra en los libros la emboscada de manual, aquella que los vascones tendieron a Carlomagno e inspiró el cantar de gesta más famoso de Europa. Un superhit medieval: la Chançón de Roland.

Allí, en esos prados de alturas, entre restos de torreones romanos, crómlechs del neolítico y yeguas pastando, las nieblas tragan peregrinos que caminan hacia Santiago. Hoy, como hace mil años, este es uno de los pasos más duros del Camino por la vía francesa.  Es donde la penitencia se hace real, sean creyentes o no. Se ofrece sufrimiento todo el año. Nieves y tempestades en invierno. Tormentas, pedrisco y rayos en verano. Nieblas, vientos endiablados y frío, todo el año.

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El paraje es estremecedor y, precisamente por eso, atractivo.  Decía Hemingway que este era el último rincón salvaje de Europa.

Cuando estoy lejos , y sin darle ningún mérito al hecho de haber nacido aquí o allí, echo de menos caminar por estas praderas brumosas, encharcadas por mares de nubes, perderme en bosques de hayas y descender hasta pueblos empedrados. Especialmente, echo de menos la Navarra francesa.

Son paseos que disfruto con el mismo gusto que la exploración de tierras lejanas: hay aquí algo primitivo, genuino, original y auténtico. Tanto que es posible echar un vistazo 65 millones de años atrás, así como si nada. Como en la cueva de Harpea. Un rincón escondido en el mapa, donde un pliege de rocas muestra con belleza cómo se originaron los Pirineos: cómo los estratos de piedra se retorcieron entre sí en la orogenia alpina de forma elástica y se ondularon hasta levantar esta cordillera.

Desde Harpea hasta Bentarte discurrimos en un ambiente condensado hasta la pesadez. La nubes desfilan rápido y aire es pura humedad que hace sudar sin apenas calor. Cerca del mojón 212, la frontera entre España y Francia es un riachuelo y una cabaña de pastor. Y dos gordísimas y descomunales cerdas francesas que nos siguen durante nuestro paseo, atosigándonos, recochinándose y gruñendo. Hasta que cruzan la frontera y se revuelven panza arriba en una charca junto al alambre de espino.

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Hasta Donibane Garazi-Sant Jean de Pied de Port, corazón y capital de la Baja Navarra, los caminos son sinuosos y con la niebla era imposible ver más allá de dos metros. Imposible. Cada poco emergía algún peregrino con cara de castigo. Abajo en la ciudad, atestada de turistas y jaleo, los crepes, la sidra y las buenas viandas ponen las caras de mejor humor a los peregrinos, inocentes, que todavía no saben la que les espera al otro lado de las murallas. Arriba, en las laderas.

Aquí, una galería con fotos del lugar:

Latitud: 43.03° Norte
Longitud: 1.265348° Oeste

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