Escribir por esporas, actualizar como liquen

Aquellos filetes de merluza amarillentos y estriosos que languidecían en el congelador fue todo lo que Chris Beyer dejó para nosotros tras su marcha del país. Era simpática, guapa y divertida, pero vivimos poco tiempo juntos. Apenas una semana. Así que no hubo tiempo para encariñarse pero sí para el recuerdo. Cada vez que abríamos el freezer la recordábamos.

En la imagen, Salvador, el líquen. Nuestra mascota.

Pasaron semanas y después meses, sin que nadie en la casa reclamase aquel pescado ultracongelado y barato. Un día, apretado por la miseria, pensé que quizás podía tener un pase. Los filetes de merluza. Pero la textura a trapo viejo y el sabor a nada los hizo incomibles.

Una vez desaparecidos los filetes de merluza de Chris, ya solo quedaba una cosa en el frigo a la que nadie se atrevía a tocar ni comerse: Salvador, nuestra mascota.

Allí lo teníamos, a temperaturas bajo cero, entre una botella de vodka de una fiesta pretérita, una hamburguesa, helado de chocolate con dulce de leche y otro tipo de elementos que iban y venían. Sobre todo que se iban.

Salvador es una usnea aurantiaco-atra, melenuda y pequeñita. Supuestamente, vivo. O viva. Nunca le vimos interactuar con ningún elemento y ni echarse una buena espora al aire. Era, entiendo, hermafrodita y algo mojigato. Mojigata.

Es un liquen antártico. Uno de los seres vivos que más resisten a temperaturas por debajo de cero. Una alborotada melena de musgos enraizada en un pedrusco negro, del que succionaba todos los nutrientes que necesitaba para sobrevivir. En verdad, una mascota aburrida, enigmática e inquietante que a veces incluso daba un poco de grima. Especialmente cuando ibas con hambre y abrías el frigo: ¿Se habrá reproducido Salvador y su simbiótico hongo heterótrofo del Polo Sur hasta ese trozo de pan congelado de la semana pasada? ¿Se habrá frotado algún filamento capilar con la comida de ayer? Bah, pamplinas. Lo no que te mata te hace más fuerte.

Salvador era silencioso y una mascota muy cómoda: no requería atenciones ni ningún tipo de cuidado. Y a menudo daba sana envidia: ahí, feliz, sin necesitar nada más del mundo que chupar frío y comerse una roca. Una vida ejemplar, un ser vivo admirable. Y peleón. Salvador nació en algún momento indeterminado –entre un lustro o medio millar de años– en las cercanías de la base científica antártica de Artigas, en la bahía de Collins, en la isla del Rey Jorge. Y durante esos meses lo vimos crecer, sí, crecer. Sus pelillos verdosos se iban haciendo cada vez más y más largos.

Cuando yo llegué a la casa, el liquen todavía estaba allí.

Llevaba ya unos meses y llegó a casa gracias a María, un amigo se lo regaló como símbolo de la eterna amistad. El caso es que era una piedra dentro de un congelador. Y María se marchó también del país y, desgraciadamente, en el lío y el trasunto de la mudanza, abandonó a Salvador en las mismas condiciones que Chris su merluza. Argumenta, a su favor, que es plenamente consciente de que se lo olvidó allí. Y que lo quería de vuelta.

Yo que ya tengo una multa en Uruguay por tráfico de productos lácteos, no debería contar en público cómo primero robé a María su liquen, lo metí en una cajita de cartón y lo transporté hasta Europa. ¡A quién le importa una piedra con barbas!

Y una vez en casa, en Pamplona, viendo cómo Salvador sufría y se disecaba con los calores veraniegos, se lo regalé a la única persona que sé que sabría hacerle un hueco a Salvador en su congelador y apreciar un regalo llegado desde la mismísima Antártida: Ander Izagirre, que le gustan los tratados de geología y hablar de ellos con la misma ligereza que otros hablan de fútbol o ciclismo.

Con él viajé al Ártico, descubrí la magia de las moscas aletargadas y él mismo me dijo una vez, sin saber nada de nuestra mascota, que mi blog era como un liquen. Y me envió esta fascinante noticia sobre un hallazgo científico: La doctora La Fargue descubrió en mayo de este año en la isla de Ellesmere, en el ártico canadiense, cómo algunas plantas que habían pasado 600 años congeladas y sepultadas bajo el hielo conseguían volver a la vida.

Efectivamente este es un blog liquen, este año he pasado meses y meses sin escribir ni una sola línea. Y sin pretensión de hacerlo. Pero ahora, como nuestra usnea aurantiaco-atra más querida, vuelve a la vida. Pretendo escribir todas las semanas.

Escribiré, como veis, hasta de pedruscos antárticos. También crónicas e historietas, sobre periodismo, sobre fotografía, algunos textos más largos y otros más cortos. ¿Y cómo? Como un buen liquen, lo que me brote y tentado por la movilidad, motivado por esporas y por diásporas, y succionando aquello que sea más interesante y sacando todos los nutrientes necesarios para una buena crónica. Eso sí, esta vez las actualizaciones serán como mínimo semanales, no cada 400 años.

Sí, es un liquen, la musa de este blog.

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