Los tragos amargos

“Es el día de la mujer, ¡hay que celebrarlo!”, insistía Eldiar mientras me tiraba del brazo tratando de arrastrarme a su casa. El tremendo tufo a vodka con el que rociaba el ambiente cada vez que abría la boca era mareante.

Trompicaba las palabras en ruso de tal forma que se me hacía absolutamente incomprensible casi todo lo que hablaba. Eldiar Kairov, de 49 años, era un hombre menudo, torpón, tocado con una gorrita de cuero como de chulapo madrileño, manos toscas y uñas subrayadas por una fina línea de mugre. Pese a su tamaño, el hombre tenía una fuerza desproporcionada, tiraba de mí como una manada de caballos, me enganchaba del brazo y me arrastraba. Me sentí secuestrado. Tratar de razonar era imposible.

Estaba yo tranquilamente charlando con Jambai, de 76 años, y Aimbek, de 43, ambos pastores, cuando apareció el dicharachero Eldiar. Su estado de embriaguez quizá a otra hora del día le habría retratado como un divertido borracho, el tipo era afable, amable y para nada violento, aunque testarudo hasta límites inhumanos. El asunto grave es que no eran aún ni las ocho de la mañana así que, en realidad, su saturación de vodka en sangre tan temprano era preocupante. ¿Cuándo le había dado tiempo a engancharse semejante curda? Jambai y Aimbek trataban de hacerme comprender las inteligibles y confusas palabras de Eldiar.

Era el 8 de marzo de 2011 en Kochkor, una pequeña localidad del interior de Kirguistán –fascinante ex república soviética de Asia Central–. Kochkor significa “cabrón”, macho cabrío, en lengua kirguís. Y los vecinos de pueblos próximos aseguran que los kochkorinos/as huelen igual que el animal que da nombre a su localidad. No sería extraño, muchos de sus habitantes son cabreros nómadas que en verano vagabundean pastoreando por los frescos prados de alta montaña. Aquel día decidí madrugar para ver cómo conducen su ganado hacia un campo a las afueras de la villa. A eso de las seis de la mañana, antes de que cante el gallo, los berridos ya hacen eco en estas calles sin asfaltar.

Durante la noche había nevado y en ese campo ahogado por la niebla y un cielo cerradísimo, hacía un frío terrible. Eldiar insistía en invitarme a desayunar a su casa. Obviamente no era lo más sensato meterse a casa de un desconocido alcoholizado. Pero de verdad que no hubo oportunidad de escabullirse. Tiró de mi y, al poco rato, ahí estaba yo sentado frente a su mujer y su hijo.

El tipo entró en su casa como un elefante en una cacharrería. Casi se trastabilló al quitarse las botas: allá es habitual descalzarse antes de entrar. Avisando ya a su mujer con la ruidera: algo así como un “cuidado que voy”. Eldiar era albañil, constructor de casas. Él mismo había levantado su hogar: un cubo de cemento irregular, con apenas tres estancias. Eldiar hizo alarde de su borrachera con un gran entusiasmo y efusividad. No tengo ni idea de qué es lo que le contó a su mujer, pero en ese galimatías que intercambiaron me pareció intuir algo así como: “¡Mira, cariño, qué caraja llevo encima y además, de regalo, mira qué me he encontrado en la calle y te lo traigo a casa!”. El qué era yo. Durante un rato me sentí como E.T. el extraterrestre de Steven Spielberg, mudo y observado. Yo era un marciano allá.

Baktigul, de 46 años, la mujer, había preparado el típico desayuno al estilo kirguís: pan recién horneado, mermeladas caseras y té. Llevaba también un par de horas trabajando en la casa y con algún animal doméstico. Eldiar despertó a su hijo mayor, para exhibir de nuevo a su amigo europeo. Fui amable y charlamos un rato, lo que nuestra limitación lingüística nos permitió. En Kirguistán, por herencia de la URSS, el Día de la Mujer se conmemora y es festivo como el Día del Trabajador –el primero de mayo– o el Día de Hombre –el 23 de Febrero, antigua jornada dedicada a honrar al Ejército Rojo–. Han quedado como reliquias de un calendario festivo laico en el que se santificaban las fiestas dedicadas a la patria y el trabajo.

¿En qué se había convertido ahora esa festividad? Para Eldiar y otros como él, estaba claro: libran en sus respectivos trabajos así que era la excusa perfecta para beber hasta perder el sentido. De hecho, Eldiar, lo verbalizó perfectamente. Le pregunté qué estaba celebrando para estar tan “piano”. “Me emborracho porque es el Día de la Mujer”, acertó a decir convencido y sonreír como un bobo. Me entristeció mucho. Era en resumen, la síntesis de todo un mundo. Un universo.

En muchos lugares, ya sea Asia Central, Europa o América se celebra el Día de la Mujer. En algunos sitios se han convertido en una suerte de mezcla de día de la madre y San Valentín, en el que se regalan flores y se felicita a las hermanas, madres, abuelas y amantes. Incluso hay postales para honrar esta efeméride.

Fue entonces, al poco, cuando tomé la fotografía que ilustra el artículo. Y donde intuí en esa mirada que me lanzaba Baktigul, la esforzada esposa, un aire de complicidad. Mientras su marido balbuceaba patochadas incomprensibles, la mirada de Baktigul parecía decirme: “¡Señor, qué paciencia hay que tener!”.

Kirguistán, como muchos otros países, es especialmente duros si eres mujer. Como ya he contado en otras ocasiones, aquí, una de cada tres mujeres contrae matrimonio forzoso. Como en otros lugares la violencia doméstica es endémica. Y el colmo era ya este: el único día destinado a dignificar y recordarlas había sido secuestrado para que los hombres se emborrachen.

Hace dos días, viví un 8 de marzo diferente, que me devolvió la fe en este día. Una amiga uruguaya me invitó a colaborar en un evento en una localidad a las afueras de Montevideo. Era una reunión/merienda de mujeres emprendedoras que habían recibido micro-créditos de la Fundación Grameen, del filántropo indio Muhammad Yunus. Eran Mujeres valientes, procedentes de ambientes complejos y nunca fáciles, con pocos recursos y que recibieron el apoyo para sus pequeños negocios.

Una responsable de este proyecto, Alicia, nos dijo: “lo que une a estas mujeres es que todas han tenido que pasar tragos amargos en la vida”. Todas habían emprendido con tremendo empeño y tenacidad admirable: una de ellas pasó meses durmiendo en pollería donde trabajaba, con sus hijos. No podían permitirse pagar la casa. Ahora su pollería es la más concurrida del barrio. Otra reinventó el mercado de los ladrillos reciclados, trabajando de sol a sol.

Y en estas estaban, brindando con zumos y compartiendo empanadas, cuando preguntamos qué era lo que más satisfacción les había producido este proyecto: «Creernos nosotras mismas que éramos capaces, porque si se pasan todo el día diciéndote que no puedes hacer esto o lo otro al final te lo crees. Aquí nos enseñaron que tenemos un capital dentro», dijo una de ellas.  Y, creo, no se refería a lo monetario.

Este artículo se publicó originalmente en Diario de Noticias de Navarra el pasado lunes 11 de marzo de 2013.

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