Soy incorregible

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El bueno de Ander Izagirre, que me ha sufrido hasta en calzoncillos en el Ártico o con sofocos en el interior de galerías donde los mineros nos enseñaban a limpiarnos las manos con nuestros propios orines, me recrimina a menudo que tengo un “sentido africano del tiempo”. Ya veis, es buena gente el Izagirre hasta para reprocharte la impuntualidad con elegancia. Después de todo me conoce bien.

He de confesar que sí, que tengo una percepción bastante elástica del trascurso del tiempo.  Nunca he controlado bien el paso del reloj. Siento reconocerlo en público porque afea mi reputación.

Hay un momento del día especialmente clave. Por las mañanas, al vestirme y calzarme. Hay un breve periodo de inflexión en el que entro en un trance de embobamiento: me calzo un pie, pongamos que el izquierdo, primero. Enfundo el pinrel en la zapatilla. Y en vez de seguidamente calzarme el otro, sentado al borde de la cama, hago una pausa casi hipnótica. Me quedo con el zapato o calcetín en la mano embobado, pensando. Así con un pie descalzo y el otro calzado pueden pasar bastantes minutos. Son instantes de agazapamiento. Habitualmente hago repaso de los asuntos pendientes del día, otras simplemente estoy ensimismado. Lo mismo ocurre cuando estoy muy concentrado en alguna tarea, leo, veo, o simplemente me entretengo. “Entretenerse” es una palabra maravillosa que literalmente significa “sostenterse en suspenso”.  Podría caer una bomba a mi lado entonces y no enterarme en absoluto.

En esas fracciones de embobamiento siento que soy uno esos ancianos africanos, de extrema serenidad y paz, sentados al borde de un escalón de adobe en el portón de una casa, o en el arcén de un camino polvoriento en mitad de ninguna parte. Que no espera ir con prisa a ningún lado. Ni si quiera espera. De manos grandes, bastón recio y túnica estampada. Aparentemente extraviado. Que “pierde el tiempo”. Soy también una mujer sentada sobre sus talones, de cuclillas, ensimismada mientras el pan termina de hornearse o remueve un gran puchero humeante, esos guisos que necesitan largas horas de cocina.  O una joven relajada, medio sesteante, amantando entre sol y sombra de una acacia al final del día. Entre el estruendo de risas ajenas. En esos momentos soy un hombre del desierto tomando el quinto té de la tarde, recostado, pensativo. Despreocupado. O soy aquellos niños que descubrí en Groenlandia celebrando la llegada de la primavera despertando moscas aletargadas. Mientras el hielo se rompe y cruje de fondo.

No me gusta llegar tarde a las citas porque hacer esperar a otra persona, de alguna manera, es robar y secuestrar su tiempo. Y no hay forma de reembolsárselo. Pero a menudo me ocurre. Y recuerdo con emoción que en Kirguistán curiosamente llegar puntual a la casa de tu anfitrión era una gran muestra de descortesía: había que llegar ligeramente tarde para ser educado. Es una herencia de la tradición nómada. De los hombres sin reloj y de la imprevisibilidad del viaje.

Por eso hay algo de cierto en el proverbio africano “vosotros los europeos tenéis los relojes, nosotros el tiempo”. Troceamos, descuartizamos el tiempo en raciones asumibles, planes digeribles y dirigibles, nos embutimos en fracciones, lo acotamos y vivimos angustiados por él. Somos sus súbditos. Miramos al futuro con sofoco. Creemos con convicción que el tiempo existe al margen de nosotros mismos, es objetivo y universal. Nos sobrevive. Y nos convencemos de la perdurabilidad de los objetos, de nuestras pertenencias e incluso nuestras relaciones. A menudo, creo yo, preferimos “poseer” el tiempo, “poseer” lo que nos acomoda y rodea y “poseer” las relaciones y a las personas, al simple hecho de “disfrutarlas”. Tenemos novia, coche, casa y vacaciones. No aferramos a eso. Tenemos pero no gozamos.

En muchos lugares de África el tiempo no se siente así, el tiempo existe porque existen en nuestros actos, nuestras acciones. Nosotros damos cuerda al mundo cuando caminamos. Cuando paramos, se detiene. El tiempo se mueve con nosotros y no nosotros con el tiempo. Así que de alguna manera me siento afortunado de no distinguir entre un minuto o cinco, de no darme cuenta de que he estado un largo rato ensimismado con la planta del pie frío. Sin hacer nada reseñable.

*  *  *

Hace unas semanas ocurrió algo extraordinario. 

Una vez más volví a llegar tarde, me entretuve demasiado. Creo que llegué tarde a mi propia muerte.

No quiero ser tremendista. Pero debo una explicación a mucha gente. Hace unas semanas sufrí en Potosí, en mi tercera visita a Bolivia en los últimos cuatro años, un edema pulmonar de altura. Estaba a 4.000 metros y quizá una mala aclimatación o un resfriado tonto me hicieron más vulnerable. El cuerpo humano en altitud es caprichoso e impredecible y los edemas son repentinos, súbitos y, en muchos casos, mortales. También son dulces y sigilosos: te agotan y asfixian hasta caer dormido. Y ya no despiertas jamás.

A Raúl y Axel, mis primeros ángeles de la guarda, les debo muchas cosas, pero sobre todo su rapidez y acierto. La siesta se me alargó. Tres o cuatro días más tarde desperté en la cama de una clínica potosina. Allá estaban mis heroicos padres –recién llegados del otro lado del charco– y otro ángel custodio, Álex Ayala. Durante esos días de peligrosa siesta creo que estuve como cuando me calzo a medias.

Posiblemente Dios sea mestizo. Cuajado del carácter de los cinco continentes habitados. Así que por un lado, desesperé la paciencia de su “yo” occidental, hastiado por mi impuntualidad, se cansó de esperar. Tiene una agenda apretada. Me dejó por imposible. Por suerte, su “yo” africano y asiático, quizás también el sudamericano, vio lo que ocurría: que yo estaba muy entretenido por aquí abajo y quedó satisfecho y orgulloso, y al ver que yo no tenía ninguna prisa por dejar tantos asuntos pendientes, me dio el billete de vuelta.

La otra versión, para los que dudan de que Dios sea mestizo o simplemente sea, les diré que yo no recuerdo nada de esos días salvo que una serie de afortunadas casualidades me salvaron el pellejo, entre ellas la noche que desperté y me arranqué un tubo que tenía hasta la tráquea, vomité sangre y comencé a hablar. Pero en coincidencia con la versión anterior: fueron las ganas de vivir.

Sí sé con certeza que fueron días complicados para mucha gente que me quiere y me aprecia. Se asoma uno de pronto al hueco que ocupa en la vida de otros. Te levantas, miras y ahí está tu huella. Vértigo. Muchos africanos creen que, una vez muertos, perduramos tan sólo en el recuerdo y memoria de las personas que nos amaron.

También me distrajo en este lado escuchar en la distancia la cantidad de susurros y cariños, la energía que mandabais, la tonelada de mensajes, mails y palabras de amor y fuerza que tiraron sin duda de la cuerda para este lado. Gracias.

Pero sobre todo, como no tenía prisa por irme, esos días de inconsciencia y mudez me entretuve (sostuve en suspenso) en repasar las cosas buenas de la vida. Saborear y paladear.

Hace no mucho un amigo me contó que estuvo en el monte bajo un chaparrón terrible, comió chorizo con pan al abrigo y se sonó los mocos, pero llovía tanto que no podía diferenciar entre la lluvia y sus mocos. Y que son de esos días afortunados en los que te puedes limpiar sin prejuicios las manos frotándolas contra tu propio pantalón. Me confesó: qué felicidad. Esa es una de las cosas fabulosas de la vida. Un chaparrón tan grande en la montaña que no logres diferenciar entre lluvia o mocos. En esas pequeñeces me entretuve.

También me entretiene escuchar conversaciones ajenas en la calle e imaginar el resto. Me gusta en primavera que mi barrio huele a costillas asadas, los vecinos con huerta y patio comienzan a hacer parrilladas. Disfruto mucho de comer con las manos, mancharlas, y andar descalzo. Volver a visitar lugares donde fui feliz. El olor de Lantz, donde pasábamos los veranos bañándonos en el río, y oliendo a boñiga de vaca y hierba empaquetada. Me gusta que me inviten a casas ajenas en países extraños. Husmear los libros de las estanterías de las casas de amigos, con ansias detectivescas. Y leer libros que de ninguna manera pienso comprar en las librerías. Me fascina el olor a tinta.

Me gustaría entretenerme más a menudo en desabrochar sujetadores, que lo disfruto mucho, aunque no siempre lo hago perfecto. Es de esos instantes que forman la excitante galaxia de calambrazos que precede a algo bello. Como despertar acompañado. Rememorar la huella húmeda de un beso reciente. Sentir el latido de otro corazón, el calor de otra piel. Enredar cabelleras ajenas hasta enmarañarlas. Emborracharse al oler de cerca otra fragancia

O despegar y aterrizar en los aviones, que me siento como un niño en tiovivo. O comprar mapas o la incertidumbre al entregar la entrada de un concierto o una película y no saber si te gustará hasta que se apagan las luces. Me gusta mucho empezar proyectos. A menudo me da pereza terminarlos. Y correr por el desierto. Cabalgar. Y tirarme en la hierba. Correr hacia el mar. Me gusta dejar la cama revuelta. Me divierte pedir en un restaurante sin entender nada de la carta.

Lo mejor del mundo es ir cuesta abajo en bici. O pedalear hasta la extenuación en un puerto y saborear una pequeña victoria personal. Y qué efímero placer ese de tirarse una sonora flatulencia mientras andas en bici, mejor aún si viene algún buen amigo detrás y nos reímos ambos como cochinos idiotas. Imbéciles niños adultos. Amo también volver de hacer un reportaje a miles de kilómetros de casa y esa primera cerveza con los amigos que sabe a gloria. El olor a puros de mi abuelo. Aquellos huevos kínder sorpresa de casa de los yayos. Abrazar a mi madre. Tumbarme en el sofá con mi padre. Me gusta contar barrabasadas y reír a carcajadas. Imitar acentos. Hablar otras lenguas, aunque sea mal. Me encanta flirtear. Me gusta estar despeinado y hacer café. Y que me rasquen la espalda. Jugar con los niños hasta ser uno más, inventarme cuentos y exageradas historias para contarles ojipláticos. Me gusta no obstante decir siempre la verdad y lo que pienso, para no perder el tiempo en rodeos. Y me gusta mucho descubrir que estaba equivocado. Que me pongan en mi sitio.

Para los/las que se escandalicen entre tanto moco, pedo, olores y sabores: es que los que amamos la vida, la amamos en su plenitud, en su terrible fealdad, en su fascinante imperfección. Como se ama de verdad. Sin contemplaciones. Con sencillez. Apreciar la belleza de lo bello no tiene ningún mérito.

Y me fascina la sensación de aprender algo nuevo. Descubrir. Caminar y aprender.

Pero aún hay algo mejor y que sintetiza todo: vivir vidas ajenas.

Ser periodista me ha permitido ese lujo que ha enriquecido mi vida inmensamente. Encontrar hombres y mujeres que desinteresadamente me han abierto sus corazones, con luces y con tinieblas, y han depositado dentro de mi un trozo de sus vidas. Como en un sagrario. Esos hombres y mujeres, muchas veces han sufrido y han peleado para seguir un día más con vida, algunos cruzaron desiertos, mares, perdieron a las personas que más amaban o acometieron proezas grandes y chiquitas en las vidas de otros. Y seguían en pie, con dignidad. Sin renunciar a pesar de todos los avatares a ser felices, con la esperanza y descomunal energía y fuerza de estar vivos. De despertarse con el misterio de descubrir qué habrá mañana para ellos/ellas. Esa gente me hace vivir mil vidas en una.

Compartiendo con ellos pienso que no hay dificultad por grande que parezca hoy que mañana no la hayamos digerido y parezca más chiquita. Quizás no superar, pero sí digerir. Y todo eso me hace sentir el brutal y poderoso erotismo de la vida y la naturaleza a veces con su cara más fea, más sucia pero a menudo la más bella y delicada. Y sentir que precisamente por la incertidumbre del mañana, no merece la pena avinagrar el hoy. Todo es frágil.

De hecho, todo lo enumerado aquí es efímero. No se puede poseer. La mayoría de lo que (y a quien) amamos de verdad solo podemos cuidarlo, mimarlo, tomarlo prestado, disfrutarlo y preservarlo en su fragilidad. Que hay que amar mejor y no tanto. Y todo eso es lo que da cuerda a mi tiempo. Son las acciones con las que hago avanzar mi tiempo africano. Lo que me ata al suelo.

Hay una canción del grupo francés Archimède titulada ‘Le bonheur’ (la felicidad) que dice en su estribillo: “Felicidad… ¿No está en algún otro lugar? En las tetas que manoseamos, en los tartamudeos divertidos, en el arte incomprensible. La felicidad está al alcance de todos. Pero nada de lo dicho aparece en la Larousse”.

Y la canción insiste: “Qué más da si eres un perdedor  por no llevar un Rolex en tu brazo ¡Qué lo importante es tu brazo!”.

Sólo puedo decir: gracias y perdón. Una vez más lo volví a hacer. Me quedé con el calcetín en la mano, estaba dando pecho bajo una acacia, sentado en el zaguán, sirviendo té y en mitad de un camino perdido. Siento de verdad llegar tarde pero, como veis, estaba entretenido con todo esto. Con la vida.

Soy incorregible. No tengo un Rolex, pero sí tengo el brazo.

31 comentarios a “Soy incorregible”

  1. Ander

    Dani, tienes la prodigiosa habilidad de hacerme sentir ganas de darte patadas en el culo y besos de manera simultánea. Siempre ha sido así y así seguirá siendo. Nunca había leído un canto a la vida tan divertido, amoroso, pedorro y emocionante. Puro Burgui. ¡Jodé, cómo te queremos!

  2. Sonia Macías

    Bienvenido de nuevo a la vida Dani, no hay mejor regalo para este año, al menos para mí, que el placer de poder seguir leyéndote y escuchándote. Y como tú dices este mundo tiene sus cosas malas y sus cosas buenas, pero siempre siempre pesan más las mejores, que generalmente son las cosas más pequeñas. Ah y yo también soy del club de los empanados, me pasa más de una y de dos veces al día, pero estoy bien orgullosa de serlo. Además, qué sería del mundo si no existiera gente que valorara el silencio y soñara despierto… Aburrido como mínimo.

  3. Álex Domínguez

    Gracias por recoger cuerda hasta volver a este lado y por cumplir con la obligación moral de escribir esto. Celebro tu regreso a nuestra tierra… Y te agredezco inmensamente que hayas compartido esto, para que aquellos que hemos olvidado que tenemos brazo paremos un segundo, nos quitemos un calcetín y celebremos que, ciertamente, esto merece la pena ser vivido. Tú lo sabes, y por suerte yo lo he recordado también.

    Un gran abrazo y bienvenido de vuelta.

  4. Eli Irisarri

    Enhorabuena de verdad Dani… por zafarte de ese edema, por llegar tarde una vez más y porque en el camino no te dejaras esa capacidad para emocionar con tus textos. Te felicito como compañera y te admiro como persona! Sigue así, en todos los sentidos..

  5. Maite

    La próxima vez que quedemos en el Roch y llegues tarde, seguro que me acuerdo de tu calcetín ;-) ¡Qué bueno que seas incorregible, Dani! ¡Qué bueno y qué alegría que estés de vuelta!

  6. esnabide

    ¡¡entretenido con la vida!! precioso comentario

  7. Maricel

    Dani, maravilloso leerte nuevamente. Lo leí mientras me transportaba al trabajo y tus palabras emocionan, llenaron mi día de amor hacia la vida. Ya guardé el texto para leerlo cada vez que me olvide de mirar y disfrutar cada momento. También a veces me tomo más tiempo para lo necesario, eso que nos devuelve el sentido de estar acá. Abrazo!!!

  8. Marc Roig Tió

    Sabía que lo habías pasado mal y no me imaginé que fuera tan grave. Bienvenido de nuevo y gracias por la entrada: es maravillosa.

  9. Andu

    Hola Dani. No te conozco pero he seguido toda tu lucha por llegar tarde o mejor dicho por no querer llegar esta vez como si fueras un amigo más. Ander nos ha tenido informados y de verdad que cada signo de mejoría me alegraba el día. He leído el texto con los ojos húmedos al principio y llorando de emoción hacia el final. Esta misma tarde lo leeré con mis hijos porque creo que hablas, con conocimiento de causa, por cierto, de las cosas importantes de la vida. Un fuerte abrazo.

  10. Persefone

    Muchas gracias por compartir algo tan personal e interesante. Me has robado una sonrisa y me alegra que llegaras tarde a tan funesta cita… que sino, no te habria leido. Sigue viviendo, sonhando y sobre todo no dejes de contarnos todo lo que tu mundo interior refleja.
    un abrazo,
    A.

  11. Javier Felones

    Únicamente comentaré que me ha parecido un texto hermoso. Escribe usted muy bien, señor Burgui. Mis felicitaciones por ello. No tengo dudas de que en alguna de las navidades que alumbrará en el futuro este tiempo africano en el que vives podrás llegar tarde también a Oteiza. Te esperamos con los brazos abiertos.
    Un abrazo!!

  12. Blogimparable

    [...] Sólo unos días después ha escrito este pedazo de artículo en su blog, http://dburgui.com. [...]

  13. Antonio Entrena

    Hola Dani. Soy Antonio, de Ikaskide. ¿Qué tal estás?

    He caído por aquí de casualidad (me llevó twitter, jeje) y he estado “buceando” un poco en tu blog, todas las fotos, aventuras… Me ha gustado mucho este artículo último. Sin duda, como dicen otras personas en sus comentarios, emocionas… Agradecer la vida, (el mejor regalo, sin duda…), soñar con un mundo nuevo, querer contar la verdad sobre lo que pasa, vivir las vidas de otros, como dices por ahí, son cosas muy chulas. Gracias por todo lo que haces y que sepas que estamos encantados de que estés ya bien… Y que sepas, que algunas de tus aventurillas me dan un poco de envidia (de la sana jeje); a ver si un día te puedo contar las mías/nuestras (que son modestas, pero no están tampoco mal…;)

    Bueno, ojalá podamos vernos y hablar en persona algún día de estos… Ya sabes dónde estamos, así que, cuando quieras, estás invitado! Un abrazo fuerte, de corazón.

  14. Rolando Briseño

    Apreciado camarada

    El texto es una delicia. Es un ejemplo claro del instante erótico de la vida.

  15. Hud

    Pues estos días lloverá, habrá que ir al monte y… ¡llevar bocadillo de chorizo! Gran texto, Burgui, ¡muchas gracias!

  16. Taittinger

    No podría estar más de acuerdo contigo Dani. Lo que más me gusta de lo que escribes es que nos trasladas a ese momento, que sólo algunas veces experimentamos y que deberíamos experimentar más a menudo, en el que uno se para y saborea la vida. De repente te encuentras con un calcetín en la mano y te sorprendes sonriendo al recordar tu vida pasada y te vienen al estómago unas cosquillas al imaginar tu vida futura, y entre medio esa sensación que tú nos transmites de vivir el presente amando la vida y amando a la gente. Y como amar es un arte:

    “El hombre moderno piensa que pierde algo -tiempo- cuando no actúa con rapidez; sin embargo, no sabe qué hacer con el tiempo que gana -salvo matarlo”
    Erich Fromm, El arte de amar.

  17. Nick

    Dani, no te he conocido todavía pero es como si te conociera. Soy amigo de Ander y Nerea. Me ha encantado esto. La parte sobre tus vivencias preferidas me ha recordado aquel poema incorrectamente atribuida a Borges, “Si pudiera vivir nuevamente mi vida”. Y si supieras cómo gozaba de niño al colgarme de la plataforma de los autobuses británicos, abiertos atrás, cuando bajaban cuestas..! (Soy escocés) Y entonces tenía pelo para sentir el viento….!
    Y es verdad que queremos poseer todo, incluso el tiempo, mientras que el tiempo pasa tranquilamente por nosotros, y de nosotros. Como decía John Lennon ” La vida es aquello que te pasa mientras estás pensando en cosas más importantes.” Hay que detenernos y recordar eso todos los días, o el tiempo se nos va.
    Bueno, un placer. Y ya que has vuelto a nacer, a ver si nos conocemos de verdad un día de estos. Un abrazo, Nick

  18. Lozu

    Daniel, he llegado por casualidad y te le leo por primera vez. Quiero darte las gracias por esas palabras, las pondré en la cabecera de mis textos favoritos para volver a ellas inflarme nuevamente de energía. Un placer haberte pasado por aquí.

  19. María

    Gracias Daniel por abrir la ventana de tus sentimientos, que han acariciado mi alma como la brisa del mar acaricia mi rostro…Te admiro por tu trabajo y ahora todavía más como persona…

  20. Santi

    ¡Cómo escribe el alma cuando vuelve del pasillo oscuro!
    Gracias Dani por reencontrarte con nosotros. Me gustaría recibir un día una lección tuya de espera, incluso con calcetín; aún no he aprendido bastante.
    ¡Abrazos!

  21. Ricardo

    Decía un conocido mío sevilla que “La puntualidad es un signo de sometimeinto”, así que tú eres una persona “totalmente libre”

  22. V. Manuel Egia

    Leo todo lo que puedo. Difícil encontrar cosas tan bonitas. Cuídate mucho, te queda mucho por aportar. Besarkada haundi bat. M.Egia

  23. Marta

    Enhorabuena por superar al tiempo. Tus artículos son inspiradores, y tu forma de entender la vida también. Un abrazo desde el sur, ¡y qué siga!

  24. Minerita: primer aniversario con premio | Crónicas errantes :::: Blog de Daniel Burgui Iguzkiza ::::

    […] Hay aniversarios raros. Algunos que quieres celebrar y no sabes cómo. Este es motivo de alegría. Hace un año exactamente, poco antes de la noche de Reyes, Raúl de la Fuente y Axel O’Mill daban indicaciones al taxista para que condujese a toda pastilla por las retorcidas y asfixiantes subidas de Potosí hacia el hospital, mientras me daban sopapos en la cara y me preguntaban si quería desayunar huevos con jamón y me enchufaban una bombona de oxígeno. Mientras yo balbuceaba palabras sin sentido. Entré al Seguro Social Universitario de Potosí en estado de shock séptico, con medio cuerpo apagando los motores: un fallo multiorgánico de riñón, hígado y pulmón. Y el corazón a punto de colapsar. Pero la resistencia, el alambre que hay dentro y coraza son de buena fabricación y aguantó un poco…. […]

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