Atwood: “La indignación por las injusticias me ayuda a terminar mis historias”

Jane Evelyn Atwood, ayer en A Coruña, en los encuentros 'Ráfagas 2012'. Foto: Luis Carmona Juanmartiñena

Jane Evelyn Atwood, ayer en A Coruña, en los encuentros ‘Ráfagas 2012’. Foto: Luis Carmona Juanmartiñena

Jane Evelyn Atwood va pasando en la penumbra las diapositivas de tres de los temas que han estado presentes en su vida los últimos 25 años y conforme discurren los rostros, las personas, va llamándolas a todas y cada una de ellas por su nombre. Y con algunos como Jean Louise o algunas como Corinne Elisse, al nombrarlas se le quiebra la voz.

De Atwood dicen que es una de las mejores fotoperiodistas de nuestra época. De lo que no cabe duda es de que es una persona con un compromiso, humildad y sinceridad hasta límites muy insospechados. Los nombres de las protagonistas de sus fotografías la acompañan en su proyección sin despegarse del calor, el cariño y la crudeza en muchas ocasiones con la que relata estos tres temas: las prostitutas de París que comenzó a fotografíar cuando ni si quiera sabía usar la cámara, el primer paciente de SIDA en Europa que se mostró públicamente y las cárceles de mujeres, un recorrido por 40 penales femeninos de todo el mundo durante los últimos 15 años.

Perseverante y curiosa hasta la obsesión, algunas de sus imágenes no sólo ilustran temas de forma magistral sino que han cambiado el rumbo de la concepción que se tenía de enfermedades como el VIH en la Europa de los años 80, han servido para campañas de Amnistía Internacional o pusieron en el debate público la tremenda precariedad y abusos que en los años 90 las mujeres reclusas sufrían en los centros penitenciarios de Francia. Hasta el punto de hacer escandalosa la muerte de Corinne Elisse, que falleció de un ataque de asma porque el jefe del presidio donde fue encarcelada, estaba convencido de que las presas usaban el ‘ventolín’ (el aparato que suministra el medicamento a los enfermos de asma crónica cuando sufren una crisis) como medio de distribución de droga. Corinne Elisse fue abandonada en su celda durante horas tras sufrir una crisis y sin administrarle su medicación.  Murió en el penal y su caso fue un escándalo en Francia.

Jane Evelyn Atwood narró todas esas historias con una delicadeza absolutamente extrema. Se reconoce como una mujer tímida. Como cuando comenzó a hacer los primeros clics con la cámara. Apenas se había trasladado a París, desde los Estados Unidos donde nació, en la década de los 70.  A la edad de 30 años compró su primera cámara de fotos, era 1974 y al pasar por rue de Lombard siempre le llamó la atención los lupanares y casuchas en el que las mujeres ejercían la prostitución. Esa curiosidad le llevó a pasar toda la noche observando y fotografiando desde la acera de enfrente a Blondinne, una joven prostituta que carecía de chulo. La perseverancia, la amistad que fue trabando, hizo que finalmente cruzase la acera varios días más tarde y comenzase a fotografiar el pequeño burdel de rue de Lombard.

Noche tras noche, conversación tras conversación. Siempre respetando la voluntad de las muchachas fue un paso más allá. Poco a poco. Dice que nunca hizo escenificaciones ni posados, simplemente retrató lo que veía. Su trabajo no es el de una voyeur es un ensayo, limpio y absolutamente comprometido. En el que a pesar de como ella misma reconoce “era joven y un bastante pudorosa” termino retratando la fotografía completa, hasta la cama con los clientes, pero con gusto nada obsceno. Impecable. Dedicó años a esta historia: de 1974 a 1980, hasta que el burdel fue clausurado porque vendieron el edificio. Sus fotografías maravillaron al entonces editor de la agencia Magnum en Europa. “Me ayudó muchísimo, él nunca me cuestionó porque me interesaba este tema, simplemente me guió”.

No sólo retrató a esas mujeres, hizo que todos los sujetos que aparecen en sus reportajes, siempre contaron con el consentimiento expreso y escrito para ser fotografiados y publicados. Eficaz y obsesiva.

Una vez terminó con esa historia, en 1986 decidió ilustrar un tema silencioso, incógnito y más bien tapado. El SIDA hacía años que había aterrizado en Europa, pero nadie sabia nada de esa enfermedad, nadie había descubierto la cara de la enfermedad. Sólo eran datos, nunca apareció ningún paciente. “Mi idea era dar un rostro a la enfermedad y que la gente entendiese que los enfermos eran personas, y quitar la careta a la creencia de que era una enfermedad de gays o de inmigrantes, nadie pensaba que le pudiese tocar a él. Quise mostrar el SIDA en la vida cotidiana. Me costó un año encontrar a ese paciente”.

Gracias a una amiga encontró a Jean Louise, un parisino de 40 años “admirable, leído, culto, con una actitud afable, optimista y de buen humor”, pero que había sido marginalizado por su enfermedad, recluido a su apartamento. “Él aceptó de inmediato el punto de vista que le propuse a mi historia”, cuenta Atwood. La documentalista comenzó retratándolo en actitudes cotidianas, mostrando su día a día: afeitándose, en la bañera, desayunando…

Jean Louise llevaba tres años enfermo y Jane Evelyn entendió de inmediato que no tenía tiempo, él se iba muriendo poco a poco y cada vez más aceleradamente. “El 17 de julio de 1987 me trasladé a vivir a su apartamento y dejé todo lo demás, comencé a convivir con él casi 24 horas”, relata. Allí retrató su día a día, incluso tomó fotografías divertidas, bromas con sus amigos. “Por eso me gustaba, cada vez estaba más a gusto”, cuenta.

En agosto, Jean Louise fue trasladado al hospital y las fotos de vida cotidiana se redujeron a una habitación. “Creímos que no pasaría de esa noche”, dice con tremendo pesar la fotógrafa y amiga. Sin embargo, Jean Louise revivió a la mañana siguiente y pasó dos meses más en aquella habitación que él llamó “mi pequeña prisión”. Probó nuevos tratamientos, hablaba constantemente con amigos por teléfono y durante ese periodo Jean Evelyn Atwood dejó de tomar muchas fotos. “Simplemente nos hacíamos compañía, porque yo empezaba a tener la sensación de que siempre estaba tomando las mismas fotos, aunque Jean Louise cada vez perdía más peso y estaba más débil”. “Sin embargo, -explica Atwood- Jean Louise era un hombre con unas terribles ganas de vivir”.

Finalmente, el 26 de noviembre de 1987, Jean Louise falleció. No obstante, durante todo el proceso fotográfico él vio todas las fotos que Jane E. Atwood le tomó y aún en vida vio el tremendo despligue de reportaje que la revista francesa Paris Match le dedicó. Fue la primera vez en Europa que se ponía rostro a un enfermo de SIDA.

“¿Quieres saber qué tal estoy? Pues compra la Paris Match en tu kiosko”, bromeaba con humor y vanidad Jean Louise desde la habitación del hospital telefoneando a todos sus amigos y amigas.

“Me gustaría que estas fotografías, el relato de mi enfermedad, estaría presente en cada salón y cada casa de Francia y en especial que lo viesen los jóvenes, para que entiendan y vean qué es el SIDA en realidad”, le confesó Jean Louise a la fotógrafa.

Jane Evelyn también tomó una fotografía de su amigo muerto: “Todas y cada una de las fotografías fueron importantes para que la gente entendiese que esta enfermedad era mortal, que te morías poco a poco y también que vivías mientras tanto”.

“Es difícil salir ilesa de estas historias, siempre te queda algo dentro. Cuando termino algunas historias me quedo muy triste. Que una historia termine con el protagonista con el que has compartido tanto tiempo, en la morgue es muy duro. Espero que no les toque eso nunca”, explicó ayer emocionada en su charla en A Coruña, durante las jornadas de ‘Ráfagas 2012’.

Algo que coincide con la máxima de Gervasio Sánchez: “Quien aspire a contar decentemente una historia, un conflicto, no será posible si no siente en sus propias carnes el dolor y el sufrimiento de las víctimas”. Y como él aclara, tras eso, hay una parte de uno mismo que nunca jamás regresa.

“¿Si me he autocensurado alguna vez? Sí, claro”, contesta rotunda Jane Evelyn. “Creo que por horrible que sea la historia, la situación, la persona debe aparecer entera, debe conservar la dignidad. La mayoría de las fotos que he eliminado por estos motivos no aportaban nada a la historia, y no hablo del aspecto estético. No eran aspectos relevantes”.

“También he rechazado publicar las fotografías en soportes y lugares que no eran los adecuados. Rechacé formatos por ser frívolos. Me propusieron hacer postales con mis fotografías de las prostitutas, y aunque me lo propuso World Press Photo, me negué. Son personas de verdad. Hicimos postales con paisajes o con otros asuntos. No con los retratos”, cuenta.

Tras su trabajo con Jean Louise se dedicó a fotografiar cárceles femeninas en todo el mundo, encontró en aquellos años también a muchas mujeres que habían sido condenadas por salvar su vida o atacar a sus maridos, en muchos casos hombres que habrían terminado matándolas a ellas: muchas víctimas de lo que hoy se denomina eufemísticamente “violencia de género”. Recorrió decenas de cárceles francesas, también rusas, de Europa del Este y americanas. Corredores de la muerte, jardines de infancia dentro de prisiones, locutorios para reclusas, suicidas o penales para menores… En todos ellos hay esa “entereza” de las protagonistas.

Su fotografía de una reclusa afroamericana en la cárcel de Anchorage (Alaska) esposada de manos durante el parto y trasladada con escolta armada y grilletes por los pasillos del hospital después de dar a luz a un minúsculo bebé sietemesino, dio la vuelta al mundo y fue baluarte de una campaña de Amnistía Internacional. Conmovió y humanizó a esas mujeres que daban a luz en las cárceles del propio país de origen de Jane Evelyn y a menudo sufrían abusos de los propios carceleros.

La constancia del trabajo de Jane Evelyn transformó también la sociedad y la percepción de ciertas realidades en el mundo, en el que trabajaba como fotógrafa y también en el que vivían los protagonistas de sus historias. Y aún se emociona al recordar la carta que recibió de una joven de 17 años de las afueras del Paris que había leído el reportaje sobre Jean Louise en ‘París Match’ en la que le confensaba que nunca entendió ni qué era ni qué significaba SIDA hasta que vio su reportaje.

Y es entonces cuando Jane Evelyn desvela la clave de la obsesión, metodología y eficacia de su trabajo: “Si estas historias se quedasen en el cajón, entonces sí que me volvería loca”. Jane ha fotografiado diversidad de temas como las minas antipersona, gentes con discapacidad, u otros mucho más mundanos, pero casi todos temas de “conflicto”, al menos, social. “Es la curiosidad por saber más, por conocer, la que me incita y empuja a empezar historias pero es la rabia y la indignación ante una injusticia es la que me hace seguir y terminar las historias”. Algunas de ellas a las que aún lleva dedicando décadas.

 

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