Si ni siquiera eres Angelina Jolie

refugiado somali escucha la radio

La batalla de Alepo. O algo así. Algo grandilocuente y aséptico quedará para la Historia y los titulares apresurados. Pero lo que ahora están relatando los compañeros periodistas -plumas y foteros- que están allí en el ajo, y créanme ese ajo huele francamente muy mal incluso desde aquí, desde muy lejos, dista mucho de esos epítetos manoseados que luego se estudian en los libros. Es la destrucción de Alepo. Simple y catastrófica. Están dejando las cascarillas de los edificios y lo mismo con las personas: las masacres sólo dejan pellejos. Las imágenes del fotógrafo Manu Brabo, por ejemplo, no permiten excesivas dudas de esas matanzas.

Ataques aéreos y de artillería que caen para sepultar en vida incluso antes que en muerte a todos, sin discriminación. Como ha ocurrido esta semana en Turquía: con tanta saña se acercan las bombas del régimen sirio a los talones de esos desdichados cuya determinación, dignidad y último acto de rebeldía es huir y salvar el pescuezo con poco más que lo que llevan en el bolsillo que ya el colmo ha sido caer en suelo turco. Tanto han apurado en atosigar hasta la línea de la frontera que les ha resbalado en el patio del vecino. Y quizá así ha importado un poquito más, pero sólo un poquito más, el sofoco y la asfixia de las bombas a gente corriente. Porque los que mueren son siempre gente corriente.

Desde que comenzó la claustrofóbica guerra en Siria ya son más de 250.000 personas las que han abandonado sus hogares buscando refugio en países vecinos como Turquía, Jordania, Líbano o incluso Irak. Za’atri es uno de esos enclaves que sólo daría nombre a una vereda de polvo y arena si no se hubiese convertido de forma espontánea y por acumulación en el hogar de miles de personas que huyen. En este caso, de desplazados sirios. Unos 28.000 aquí.

Un lunes por la noche de este mes de septiembre, Angelina Jolie apareció allí, en Za’atri, un punto de Jordania muy próximo a la línea que en los mapas la separa de Siria. Y aun en estas posiciones seguras para una estrella de Hollywood se oían y veían los destellos y zambombazos de los bombardeos que quedaban a espaldas de las familias que acababan de cruzar la frontera. Esa noche llegaron 200 nuevas personas, aterrorizadas y exhaustas. A diario unos 1.000 en los días más tranquilos, 2.000 los días de más ajetreo.

La tal Angelina Jolie es, además de seductorísima y actriz, enviada especial de buena voluntad del Alto Comisionado de las Naciones Unidad para los Refugiados (ACNUR) y es por eso que de vez en cuando se calza unas botas y cae con un harén personal de fotógrafos y periodistas durante unas horas en lugares como este. A estas multitudinarias “nadas”. Y su imagen, bajando de los jeeps blancos de la ONU rodeada de esas mareas de gente y conversando con familias de desplazados, se cuela en las teles de medio mundo que de otra forma harían muy poco atractiva -en el sentido más estricto- esa información.

Su presencia allí no obstante tiene como objetivo “mostrar la solidaridad hacia los refugiados y, al mismo tiempo, reconocer el compromiso de la sociedad y el gobierno jordanos para garantizar la protección de los refugiados”. Todo eso. O es al menos lo que cuenta el ACNUR en una nota de prensa.

Sin embargo, esas visitas quizás a veces llevan a equívoco. Porque sí, tienen su efecto, pero se hacen para eso, para colarse en hogares lejanos y quizás no para los de allí. Como Za’atri, la mayoría de estos lugares en los que se acumula la gente que huye y se refugia, suelen ser parajes discretos, remotos, fronterizos y cuyos nombres originariamente no eran propios de un lugar habitado. Este año, en el primer aniversario de la primavera árabe viajé con mi colega, la periodista Paula Vilella, a uno de ellos especialmente peculiar. Uno de los que más me ha impresionado: Hal Far.

Hal Far es discreto pero para nada remoto. Las tiendas de lona, las verjas, los barracones y las vallas de este lugar apenas distan media hora de la capital del país en que se asientan, Malta, y está en suelo europeo. Malta es una escasísima isla-estado más pequeña que el valle del Baztan, una roca en mitad del Mediterráneo extraviada entre Europa y África. Sus aguas son en la práctica un foso que custodia las fronteras de Europa, donde el año pasado murieron ahogadas más de 1.500 personas que huían de las revueltas en el Norte de África, muchos embarcaron en enclenques barcazas a punta de pistola.

Fue en su día Hal Far un conjunto de barracones británicos de la II Guerra Mundial, un hangar y una pista de aterrizaje. Hoy este roñoso y antiguo aeropuerto combina el hacinamiento de un campo de refugiados de África con la doctrina de un centro de detención. Malta es el Estado europeo campeón en detención preventiva de personas, de migrantes o refugiados igual da. Hasta 18 meses desde que son rescatados de un bote en alta mar, pueden pasar encarcelados menores, mujeres y hombres sin poder dar más explicaciones sobre el motivo de su huida y sin argumentos. Aunque no hace falta preguntar mucho cuando una cuadrilla de muchachos mutilados, se desmontan su miembro de plástico para contarte su historia mientras te dicen que lo único que les aleja del suicidio es ver el partido del Barça esa noche que hay Champions.

Eso y las condiciones de vida realmente precarias han convertido a Hal Far hoy en un foso de profundas frustraciones. Mucha gente lleva tiempo atascada allí, las kafkianas leyes europeas les retienen sin solución incluso durante años. No pueden volver atrás, tampoco adelante. “Ni los perros, ni los caballos viven así”, se quejaba un joven sudanés en Hal Far mientras señala un barracón de obra, oxidado, carcomido, en el que dentro se amontonan 18 hombres, los colchones se pudren y las cucarachas les hacen compañía.

Estábamos en este lugar rescatando relatos de estos hombres y mujeres, tomando notas y fotos… cuando de pronto un joven somalí, discreto, se me acerca y me dice: “Psss, oye, ¿pero tú qué vas a hacer con todo esto? ¿Qué vas a hacer con todos los testimonios, las fotos…? ¿De qué va a servir?”.

Le explico que somos periodistas que queremos relatar las condiciones de los refugiados en Europa y bla, bla… “Muy bien, ¿en qué va a mejorar eso para nosotros?”, me corta. “¿Cómo?”, le digo. “Sí, sí, que todo eso está muy bien pero aquí han venido muchos periodistas antes que tú, muchos, y, mira, muchas organizaciones…”, me dice mientras empieza a sacarse de una pequeña billetera tarjetas de Human Rights Watch, de Amnistía Internacional, del ACNUR… “Hombre…”, trato de decirle.

Me mira de arriba abajo, se queda callado y entonces sentencia con cierto desdén: “Mira, aquí, estuvo hasta Angelina Jolie, la actriz, sí, vino a visitarnos aquí, con nosotros. Guapísima, sí, pero nada ha cambiado en un año y tú… si tú ni siquiera eres Angelina Jolie, ¿qué vas a poder hacer tú?”. Me quedé callado, me miré. ¡Y, joder, tiene razón! No sólo ni siquiera soy Brad Pitt sino que además seguramente será difícil publicar este reportaje y aunque se publique dudo que cambie nada aquí.

Paula aún se llevó una pequeña parte dulcificada de todo esto: “Aquí estuvo Angelina Jolie, sí, pero tú también eres muy guapa, ¿eh?”, le dijo otro somalí que estaba a mi lado, algo zalamero y que intentó rebajar la acritud de su compañero. Y es que lo cortés no quita lo valiente. Aunque siempre fuimos bien recibidos y tratados con cordialidad e incluso forjamos alguna amistad, compartimos potaje sudanés con la mano, a dedo pringado, y fumé más cigarrillos que en toda mi vida (nunca fumo) sólo por fraternizar y quitarle hierro a aquellas historias… En aquel momento aquella verdad, aquella realidad incontestable, nos cayó como plomo durante muchos días. No le faltaba razón. Ninguna. De qué sirve.

“¿Tú te acuerdas de cómo jugaba Ronaldinho al fútbol con el balón?”, me dijo antes de marcharse a otro lado. “Sí”. “Pues así hacéis los medios y los europeos con nosotros: malabares. Un día salimos en la tele y al otro nadie se acuerda, hoy te dicen rellena este formulario y luego te pasas aquí años, como si fuésemos pobres desgraciados sin voluntad”.

“Basta de sacar fotos”

Parecido argumento al de Johansen, un sudanés muy simpático al que visité varios días en un pequeño colmado que regentaba dentro de Marsa, uno de los centros menos carcelarios y más parecidos a una comunidad. “Podemos charlar como amigos, pero basta de sacar fotos, venís muchos periodistas, sacáis fotos a los refugiados como si esto fuese un zoo o un circo y aquí no cambia nada”, me dijo. Johansen era maestro en Sudán, huyó por la guerra, caminó 4.000 kilómetros y cruzó el mar. Dicho en una línea suena hasta sencillo. Está cojo: la metralla.

“Yo tenía una vida allá, no vine aquí por gusto. Soy refugiado ahora, sí, pero no tonto. No es este el resumen de mi vida. Ahora Europa nos rechaza, pero yo he visto las armas con las que se mata en Sudán. Y supongo que son las mismas de Libia o Siria. ¿Sabes dónde están fabricadas…? En Francia, en Alemania, en Inglaterra, y sí, también en España. De eso no se sacan fotos”. No le hacía falta a Johansen escuchar a Eduardo Serra, el exministro de Defensa español, que el pasado domingo en La Sexta confirmó que ojalá los ministros de la guerra tuviesen más alma de comerciales y habló sin modestias sobre la venta de armas.

Es triste porque no somos Angelina Jolie, porque nuestra voz es chiquita. Pero me consuela el recuerdo del otoño pasado en la frontera somalí de ver a los refugiados con la oreja pegada gran parte del día al transistor. Escuchaban la BBC, las noticias. Abdi Osman, un cincuentón extaxista en Mogadiscio que había huido y no consiguió sacar a toda su familia, un día que fuimos a visitarle había caminado 20 kilómetros en el desierto sólo para poder cargar el móvil y encontrar una pila para su radio. Aquel día Al Shabab se retiraba de la capital somalí. “Buenas noticias, quizás algún día podamos regresar”. Noticias al fin y al cabo.

El viernes, Gervasio Sánchez, periodista y fotógrafo con más de 25 años de experiencia en conflictos y una montaña de premios, pero sobre todo un tipo sensible y sensato hizo públicos en Internet dos correos que se había intercambiado con Manu Brabo, ese joven fotógrafo que está en “el frente” junto a otros compañeros retratando la dignidad de esas personas que padecen: “Me recuerda el cerco de Sarajevo. Siempre los civiles sufriendo y muriendo. Cuídate mucho y mide bien los pasos que das. No confíes en la buena suerte y ante cualquier duda da un paso atrás. Siempre hay que estar, no hay excusa para no cubrir el sufrimiento humano, pero hay que cuidarse cada minuto”. Dignidad.

 El pasado domingo 7 de octubre de 2012, publiqué esta crónica en el DIARIO DE NOTICIAS de Navarra, para que conste en acta, aquí la dejo en el blog para aquellos/as quienes no tuvisteis oportunidad de leerla.

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