¿Qué es la dignidad?

Dos manifestantes con los brazos levantados frente a dos filas de agentes antidisturbios. Foto: BERNARDO PÉREZ / EL PAÍS

España no es Carmen, ni son los toreros, ni es Alfonso, ni Cambó, ni la diplomacia de Lerroux, ni las novelas de Blasco Ibáñez, ni todo lo que el país exporta al extranjero junto, revuelto con los chulos argentinos y el “málaga” de Perpiñán. No, España son veinte millones de Quijotes andrajosos y un montón de rocas estériles, aleado todo con una amarga injusticia. España es las canciones tristes como el murmullo del olivo seco, el zumbido de los huelguistas entre los cuales no hay un solo esquirol. España es la bondad innata, el amor al prójimo, la caridad. España es un gran país que supo conservar el ardor juvenil a pesar de todos los esfuerzos que hicieron para apagárselo los inquisidores, los parásitos, los Borbones, los caballeros de industria, los pasteleros, los ingleses, los matones, los mercenarios y los chulos blasonados…

Los campesinos y obreros españoles son psicológicamente mucho más delicados que los más finos moradores de las capitales europeas. La exhibición humana, esta bajeza obligatoria de nuestra vida contemporánea, les repugna. No miran, no disputan; acuden en auxilio del necesitado llanamente, como por casualidad. En España no existe el subsidio del Estado para los obreros sin trabajo. El ministro del Trabajo, socialista, está demasiado ocupado con estadísticas y proyectos.

Mientras tanto, el número de los parados va en aumento. ¿De qué viven los obreros que no trabajan? Viven gracias a la ayuda de sus compañeros, que de su mísero jornal ceden siempre un poco para los que aún son más desgraciados que ellos. En Barcelona, los pisos son espaciosos y los salarios muy bajos. Por eso viven varias familias en cada piso. Los que trabajan reparten con los parados. En las aldeas de Extremadura, el jornalero da la mitad de su pan al compañero sin trabajo. Y esto se hace callando, sin que nadie se entere. En Madrid los señoritos se preguntan asombrados: “¿Cómo no se han muerto ya de hambre los sin trabajo?”.

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Los holgazanes de Madrid, sentados en sus cafés, se lamentan del amargo sino de España. Os dirán que el país perece porque los campesinos y obreros no quieren trabajar… ¡La maldita pereza heredada a través de siglos! No hay necesidad de molestarse en desmentirlo. El mismo Madrid lo desmiente, lo desmienten la misma vida de los holgazanes, sus cafés, sus bancos, sus palacios. ¿Con qué ha sido creado todo eso? ¿Con qué, sino con la tenacidad de los campesinos, que arrancan pan de las peñas, sin abonos, sin máquinas? ¿Con qué, sino con el arte de los obreros, que en fábricas arcaicas, entre ingenieros analfabetos y gerentes ladrones, se esfuerzan en fabricar artículos para la exportación?

Es inexplicable cómo puede trabajar un jornalero de Extremadura sin más alimento que el que los médicos prescriben a los gordos ricos como “régimen de hambre”, pero prohibiéndoles todo movimiento y todo esfuerzo.

(…)

El valor, esta virtud histórica del pueblo español, sólo se conserva entre los obreros y campesinos. A la primera señal de peligro, el rey huyó al extranjero. Los generales, héroes de la guerra marroquí, mueren viejos en los lechos caseros. Los patriotas de Cataluña juran que están dispuestos a morir por la patria, pero lo que en realidad hacen es ganar dinero negociando con Madrid. Antes negociaban con Primo de Rivera; ahora negocian con la República. Los periodistas organizan en los cafés conspiraciones inofensivas pero ponen a salvo la pelleja, asegurándose con buenas relaciones. Sólo los obreros y los campesinos saben morir. Los fusilaba la guardia civil del rey. Los sigue fusilando la guardia civil de la República. Pero ellos saben avanzar contra los fusiles alzando las manos inermes.

Madrid. Septiembre. Una manifestación. Un comunista pronuncia un discurso subido en el zócalo de una casa. Es un obrero. Le escuchan los vecinos del barrio de Cuatro Caminos, obreros y artesanos. Suenan dis­pa­ros… El orador continúa hablando. La muchedumbre continúa escuchando…

Apenas pasa día sin que los periódicos comuniquen: “En Gijón los obreros se negaron a dispersarse. Un muerto, dos heridos. En la provincia de Granada, una colisión entre la guardia civil y los campesinos: tres muertos. En Sevilla, dos… En Bilbao, cuatro… En Badajoz, uno…”.

Disparan. El obrero sigue hablando. Los demás siguen escuchando.

 

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Este fragmento es del capitulo ‘¿Qué es la dignidad?’ del libro España, república de trabajadores de Ilya Ehrenburg, corresponsal y escritor ruso  que viajó a través de España en el otoño de 1931 y realizó una serie de crónicas muy afiladas, con grandes descripciones y cargadas de crítica y acritud ante una recién creada república que desfallecía de hambre, miseria, corrupción,  desempleo y falta de oportunidades y prestaciones sociales.

Algunas de las citas, algunos de los apuntes de esta España de Quijotes adrajosos, que luchan, pelean y se apoyan para salir adelante a pesar de la ausencia de subsidios, a pesar de los Borbones, de los individualistas, de los jefes de gobierno que se esconden en el extranjero (Rajoy en Nueva York) o esas manifestaciones en Madrid donde la prensa convence de que los obreros no se querían dispersar… estos pequeños apuntes de hace 81 años parecen monstruosamente familiares y ajustados a la actualidad. ¿Y la pregunta?

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