No te esfuerces tanto (II)

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Hace unas semanas escribí una carta al periódico titulada ‘No te esfuerces tanto’. Y hoy podemos concluir que el desenlace de aquellas letras ha llegado a su fin con un ‘No te esfuerces de ninguna de las maneras’.

Agustín Beroiz, en su huerta la semana pasada. Foto de Unai Beroiz.

Esta mañana las excavadoras han entrado dentro de la huerta de Agustín Beroiz, hortelano de Pamplona-Iruñea desde hace casi 50 años. Ayer Agustín aún conservaba la esperanza –tras reunirse con el alcalde de Pamplona, Enrique Maya, que le dejó preclara la inminencia de la destrucción de su huerta– de que quizás si entraban las palas y los bulldozers el fin de semana le daría tiempo para recoger las últimas verduras, hortalizas, berenjenas y un auténtico jardín exuberante fruto del trabajo de décadas de agricultura ecológica. Agustín, razonable y tranquilo, solo pidió compresión y tiempo para poder retirar su cosecha, ni si quiera para él, si no también para donarla y regalarla. Al final y al cabo, es comida y trabajo. Le dolía en lo más profundo ver lo que ha tenido que ver esta mañana: un gran dispositivo policial para rodear a unas palas excavadoras que han pisoteado el trabajo de décadas, alimento y vida bajo la rueda de oruga de las máquinas de demolición. Mientras, él y su familia se afanaban en recoger los últimos frutos. Un acto efímero, desesperado.

Ayer, como muchas otras gentes de la ciudad, pasé un rato merodeando en su huerta y charlando un poco con él y me relató una vez más cómo cuando era joven comenzó a cultivar la huerta de forma ecológica, aquella época en la que nadie creía en él ni en su forma de cultivar. Hasta hoy era una de las huertas más impresionantes y productivas de Pamplona y servía a un gran puesto en la plaza del mercado así como a particulares y restaurantes.

«Me trataban de chalado, fui el hazmerreír del sector agrícola y de todo el mundo, aquello fue 40 veces más duro que reconvertir la tierra. Fue muy duro empeñarse. Pero de joven tienes ilusión, tienes esto (se señala la cabeza) y de esto otro (se toca con la mano el lado izquierdo del pecho), y si llevas acompasadas las dos, caminas despacio, te tropiezas, pero si sabes ponerle cabeza a las ilusiones, a lo que corazón te manda, al final sale”.

“No hay que ser muy echado p’alante, no hay que pisar o querer enfrentarse a nadie, sólo hay que ser paciente, no ser un atrevido, pero, eso sí, no retroceder ni un milímetro. ¿Por qué trabajaba yo 18 horas al día seguidas de joven esta tierra para sacar cuatro lechugas pequeñas? Porque tenía ilusión, porque pensé que aquello era mi cometido, que saldría adelante. Si sólo pones corazón la gente se aprovecha de ti, andas atolondrado, y todo te parece o bueno o malo, un drama, te cagan encima. Si solo pones cabeza… ¡ay, si sólo pones cabeza! ¡Pobre miserable! Ahora de viejo, se tiene más cabeza porque las piernas no siguen al corazón. Pero aquella ilusión y energía que tuve es lo mejor que me ha pasado en la vida. Esta es mi vida».

Agustín, a la vez que él mismo asiste al desmoramiento del mundo que él ha creado, a su manera, me hace reflexionar sobre cómo nuestros (pequeños) empeños y esfuerzos en hacer mundos mejores, en salir adelante con los proyectos que uno quiere, que uno desea, anhela y que el esfuerzo a veces es empobrecerse, renunciar o que se rían de uno. A menudo el rédito, la rentabilidad no viene inmediatamente. Ni si quiera al año o los dos años. Quizás el beneficio de la ilusión y el trabajo sólo se saborea al final de la vida, ¡yo qué sé! “Cuándo tengáis canas como esta, tendréis una huerta como esta”, dice Agustín a los jóvenes. Una huerta o una vida enriquecida con experiencias.

Efectivamente la desmoralización, que nos digan que no hay alternativas, que lo que hacemos es una pérdida de tiempo es una forma de «matarnos en vida». Es el triunfo de los que quieren recortarnos, agotarnos en vida.

Beroiz no es un revolucionario, no es un antisistema, ni si quiera es una persona que quiera enfrentarse a nada. Llama al alcalde por su nombre, Enrique le dice, y pensaba que quizás de verdad, alguien con sentido común, entendería su pequeña petición de que no se destroce de la forma que se han destrozado hoy sus huertas. Agustín es de esas gentes que aún confían en valores que como su huerta se pudren si no se miman: el esfuerzo, las buenas palabras, la comprensión. Ayer contemplé el trabajo de más de cinco décadas que una persona con su empeño y sudor sacó adelante. Y me ha dado un escalofrío.

El Ayuntamiento de Pamplona esta mañana se ha llevado por delante, como estaba previsto y aprobado por la mayoría del pleno, su huerta. Han jugado día tras días a la incertidumbre de que Agustín no sabría a ciencia cierta qué día sería ‘el día’. Y se las han llevado por delante como hicieron antes con las huertas que los vecinos de la ciudad ocuparon y sembraron de forma festiva, alegre y pacífica.

Sí, ya sé, que no hay queja posible, como dije hace unas semanas entiendo la legalidad, las normas, todo lo que quieran, pero mientras ellos nos piden esfuerzos y sacrificios: nadie es capaz de comprender las minúsculas peticiones. Dejad sacad cuatro berzas a Agustín antes de pisarlas.

Pero pisan berzas y cámaras de fotos. Esta mañana, un compañero y amigo de la prensa, Iban Aginaga, fotógrafo independiente colaborador de diferentes medios y agencias como Diario de Noticias,  Associated Press o EFE, ha pasado toda la mañana en los calabozos de la Policía Municipal acusado de resistencia a la autoridad cuando trataba de documentar la destrucción de un espacio de la ciudad que nunca más será como lo conocemos.  Era o bien el único o bien uno de los pocos que estaba presente allí. El ayuntamiento no quiere documentos gráficos de esa postal tan fea.

Desde aquí, quiero denunciar públicamente las formas y las maneras de las fuerzas del orden del Ayuntamiento de Pamplona que de la forma más mezquina, pésima, zafia y absolutamente intolerable han censurado –se puede adornar con eufemismos- a un trabajador acreditado, avalado por su trayectoria, profesionalidad, seriedad y responsabilidad como informador gráfico en todo momento y situación.

Me duele especialmente que sea aquí, en casa, una vez más. Ya sea en otros lugares de Europa o fuera de ella, en lugares de conflicto, en situaciones de tensión o revueltas francamente comprometidas políticamente nadie o pocas veces se me han puesto, por ejemplo, impedimentos para ejercer mi labor como periodista, cuando en muchas ocasiones era resabido que molestábamos o que hurgábamos en asuntos poco convenientes. Y cuando se han puesto impedimentos han sido de orden burocrático y las amenazas o la encarcelación de periodistas es una lindeza, una delicatesen de la censura más burda. Propia de las regiones más autoritarias y turbias de este planeta: sean democracias europeas o dictaduras centroasiáticas.

Que en mi propia ciudad tengamos un abuso excesivo, un celo enfermizo, por tapar, esconder y no facilitar una labor, que quieran o no, es documentar con respeto y profesionalidad es motivo de tremenda tristeza. Tampoco es nuevo. Ni hemos nacido ayer ni somos unos ilusos. Pero bueno, por crear un poco de sosiego, no quiero entrar en viejos trapos sucios. Por supuesto que entiendo que al consistorio no le apetezca que esas imágenes sean publicas, es realmente desagradable y obsceno ver cómo se arrasa una huerta con alimento y la belleza de un jardín, pero no podemos excusar de ninguna manera la intimidación y la detención de un profesional de la información. Y especialmente de Iban, al que conozco, y es difícil que haya dicho si quiera una palabra un poco más alta que otra.

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