Retratar la violencia (y la dignidad)

La violencia es con especial brutalidad el aspecto que más turba y manifiestamente quiebra nuestro confort, bienestar y nuestra vida. La representación de la misma, su visionado, nos resulta igualmente cáustico. Es obsceno, cruel. Ser testigo de vejaciones es bochornoso, nos duele, acompleja, amilana. Nos hace cómplices. Su representación nos hace participar en ella como espectadores. Y a menudo la violencia sobre las víctimas lejos de generar empatía, nos da repulsa, arcadas. Y en última instancia, nos atemoriza pone en jaque todo aquello que nos permite vivir con tranquilidad. Mal asunto.

Pero la visión de la violencia también nos deja a menudo indiferentes. ¿Nos resulta repelente? Tampoco tanto. El cine, la televisión y la cultura audiovisual de consumo, nos sirve raciones muy bien dosificadas de violencia desde nuestra más temprana infancia y, como todo veneno, su ingesta en pequeñas dosis de continuo durante una larga vida audiovisual nos inocula, nos hace tolerantes a la agresividad. Y hace que incluso la banalicemos o que llegue a ser estéticamente atractiva, visualmente digamos que nos aparezca revestida de cierta belleza.

Esto plantea un problema serio cuando el Periodismo, y en especial la fotografía documental, se ve en la necesidad de retratar la violencia como modo de denuncia, de constatación de un hecho y método para documentar una realidad social cruel. Y marca –como casi siempre en esta profesión- una delgadísima línea en la que el respeto a la dignidad y el honor de los protagonistas de unas historias periodísticas, de las personas que han protagonizado, sufrido, episodios violentos, no sean dañadas de nuevo por su representación. Ni se recree su dolor. Es un embrollo complejísimo.

Representar la violencia sin la madurez emocional, humana y profesional necesaria puede provocar tres efectos adversos muy peligrosos:

1) Que resulte ‘gore’ y explícita, que se caiga en el regodeo feo, soez  y poco cuidado. En la monstruosidad y provoque sólo repulsa. Habitualmente suele ser un tratamiento burdo, poco cuidado, de mal gusto.

2) Que resulte caricaturesca o hollywoodiana y no nos provoque nada o que se parezca tanto a los sucedáneos artísticos que resulte irreal, teatralizada. Alejada.

3) Que fruto de la combinación de las dos anteriores con toda seguridad dañe y vulnere la dignidad de las personas retratadas. O incluso que las ponga en peligro y riesgo.

El acercamiento a la violencia y a sus víctimas, que la han sufrido, padecido o incluso generado, creo debe hacerse con extremo tacto, delicadeza, emoción y empatía tratando de dañar lo menos posible. Y la representación de la misma debe ser atractiva al lector, sensible y delicada. No buscamos rememorar o recrear esa misma violencia sino reflejarla. Mostrar el rastro. No revivirla. Y hacer testigo al lector, al espectador, hacer sentir incómodo pero que quiera seguir sabiendo, mirando, preguntándose y también por qué no, admirando la valentía, el arrojo, el sufrimiento de esas víctimas. Sin compadecerse. Sin paternalismo.

La semana pasada me pidieron consejo para un taller sobre formas de representar la violencia y el respeto a las personas. Este tema siempre me causa personalmente contradicciones y me provoca también admiración por grandes periodistas y trabajos.

Ahí van algunas muestras de cómo sí se puede retratar la violencia con exquisito gusto, denuncia y respeto.

Hay un buen número (tampoco excesivo) de trabajos de fotoperiodistas como Walter Astrada, Gervasio Sánchez, o Jackie Dewe Mathews que muestran con gran delicadeza realidades muy dolorosas. En sus imágenes encontramos muchas fotografías que ni siquiera muestran individuos sino fragmentos, detalles de sus vidas: corredores, manos, evidencias, fotografías antiguas, vestidos, etc… Por eso son excelentes fotógrafos, porque son sutiles y muestran. Insinúan.

Astrada ha hecho un excelente trabajo, por ejemplo, sobre la violencia contra las mujeres en Noruega (sí, en el avanzado Norte) e ilustra la historia de una violación con unas sábanas revueltas. La escena, de tan sencilla, tiene aún algo de aterrador. Astrada ha cubierto también los feminicidios en Guatemala, la violencia sexual en Congo y algunos episodios en los que la sutileza no tenía cabida como en los disturbios post-electorales en Kenia.

Jackie Dewe en su fotorreportaje sobre las mujeres extranjeras que permanecen confinadas en un penal de Brasil por cargos de tráfico de drogas trata también de mostrar, de enseñar pero mantener el anonimato. También la privación de la libertad es violencia, merecida o no. No hay excusa para regodearse en la desdicha ajena. Y Jackie Dewe es experta en cómo ilustrar historias de personas y preservar su anonimato, su dignidad y derecho a la imagen.

Pero a menudo no es suficiente con insinuar. También es necesario enseñar las consecuencias de la violencia con toda su crudeza. Gervasio Sánchez es catedrático en esto. Experto. Pero también Astrada o Andrea Gjestvang –que de forma más sencilla y accesible ha realizado esta serie sobre los chicos supervivientes de la matanza de Utoya–.

Los tres exponen fotografías de mutilados, personas que muestran sus heridas, cicatrices y marcas. Pero Sánchez, Astrada o Gjestvang les retratan con belleza y rescatando su dignidad. No nos provocan repulsa, ni asco, ni nos compadecemos, no se recrean en su dolor, no nos parecen personas débiles, al contrario son retratos bellos, dignos y que muestran a seres con tremenda fortaleza.

Toda la serie de ‘Vidas Minadas’ o ‘Desaparecidos’ de Gervasio Sánchez son quizás los exponentes más claros de este sentir. De esa forma de mostrar con dignidad las consecuencias más devastadoras de la violencia, las más extremas: muertos, desaparecidos, represaliados y mutilados por las minas anti-persona. Decía recientemente el propio Gervasio Sánchez sobre la importancia del respeto en su empeño: «Yo trabajo con medios que me respetan a mí como periodista y, sobre todo, que respetan a los protagonistas de mis historias, que son historias duras, de gente que ha sido mutilada y ha muerto por circunstancias que desconoce. Y yo quiero que esas historias sean bien presentadas».

Sobre mutilaciones, me recordó también el ‘Scar Project’ (Proyecto cicatriz) del fotógrafo de moda David Jay. Un proyecto fotográfico sobre mujeres jóvenes que han superado el cáncer de mama en el que el artista insiste en que el cáncer no sólo es un crespón rosa que nos ponemos en la solapa de la chaqueta. Él ha retratado a mujeres jóvenes que muestran sus cicatrices, pero con un objetivo manifiesto: recuperar su feminidad, mostrarlas bellas, eróticas, sugerentes, valientes y fuertes; mediante la belleza de unas fotos delicadas, en las que obviamente sí, aparecen mutilaciones. Porque… ¿acaso el cáncer, las enfermedades o el hambre no es una forma violencia también?

Encontré en el blog LENS del New York Times una serie fotografías duras pero con buen gusto sobre condenas a muerte en la horca en Irán. Y aun siendo explícitas observamos que no se falta la dignidad de las personas que están ejecutando. Ebrahim Noroozi, el autor, ha tratado de dar ese último brillo de respeto a unos hombres que ante su lente contaron con sus últimos minutos de dignidad, a pesar de ser abucheados y vejados en público, en la plaza.

También la representación de la violencia está merced de nuestra tolerancia a ese veneno, las tendencias y del tratamiento que el propio tema pide. Por ejemplo, estas fotografías de Donna Ferrato, que desde los años 80 se ha dedicado a mostrar la violencia doméstica y en especial contra las mujeres, se centran más en el voyerismo o en muchos casos muestran violencia de forma más explícita, quizás porque pertenecen a una época en la que ni estábamos tan inoculados con las escenas de agresión (que vemos en filmes y en tele) y especialmente la sensibilización sobre la lacra de la violencia doméstica era percibida precisamente como algo que ocurría de puertas para adentro de los hogares, algo en lo que la sociedad civil no debía inmiscuirse ni pronunciarse.

Por eso quizás la forma más directa de impresionar al espectador, la forma de abordar el asunto para Ferrato entonces fue ser una testigo invisible y llevar al lector hasta dentro de esos hogares del infierno, mostrarle las entrañas y desnaturalizar ese mundo. A pesar del voyerismo, Ferrato trata con cariño a sus mujeres protagonistas, pero es cierto que sus fotos hoy, 30 años más tarde, se nos hacen -al menos a mi- menos sutiles, a veces hasta caricaturescas. Pero siguen siendo incómodas.

En esta misma línea he querido incluir las imágenes de Donald Weber ganadoras de un premio World Press Photo, sobre las salas de interrogatorio en Ucrania.

Son fotografías que muestran violencia y parecen ciertamente irreales. Ucrania es el estado europeo donde más autoinculpaciones, declaraciones de culpabilidad, se obtienen en las salas de interrogatorios. ¿por qué será? A la vista del trabajo de Weber la pregunta se responde sola. El fotógrafo tardó cinco años en conseguir permiso para acceder a ellas. Son imágenes, cierto, en las que la dignidad de las personas que aparecen en ellas es dudosa, recuerdan más bien a aquellas fotos de las vejaciones que los soldados británicos y estadounidenses hacían con los reos y prisioneros de guerra en Afganistán. Denigran la dignidad de esas personas. Pero quizás en este caso la denuncia sea esa. Quizás Weber ha expuesto demasiado a unas personas que culpables o inocentes se muestran contra su voluntad en una situación de inferioridad y de vulnerabilidad. ¿Ha pasado la línea o ha servido fielmente a su cometido de informar y provocar? Es un debate muy complejo.

Y, por supuesto, contraejemplos hay muchos. Y debates más, uno especialmente doloroso e indigno: ¿cuánto vale su cadáver, amigo? ¿A cuánto cotiza su dingidad? Pues, depende a menudo del lugar donde usted resida. Hay cadáveres y víctimas de violencia más baratos que otros.

Un terremoto en Haiti genera cientos de imágenes de cadáveres y personas perfectamente identificables bajo los escombros, en cambio un terremoto en España o Italia pixela, tapa y encubre esas imágenes o protege a las víctimas. ¿Por qué? En las tragedias de Occidente se tapa y se vela por la dignidad. ¿Y qué pasa con los demás? El caso más reciente: las imágenes del embajador de EEUU en Libia linchado y la censura de su difusión por respeto a su familia. ¿Acaso alguien no recuerda las imágenes de Gadafi linchado y cómo se ensañaron en su difusión?

Lo mismo con las víctimas de unas y otras violencias, especialmente y como siempre de aquellos que no son ni embajadores, ni dictadores: campesinos, migrantes, niños, mujeres y un larguísimo ectétera jalonado por todos aquellos que nos somos nada más y nada menos, que los parias, el grueso de esos 7.000 millones de habitantes.

Y por supuesto esta exposición trata de las mejores formas de retratar la violencia, del cómo, pero en ningún caso de la censura o la autocensura. No mostrar la violencia, la agresividad de una realidad también es silenciarla y a menudo el único cauce es el evidente: el de la realidad cruda. Pero a menudo, creo yo, que siempre podemos mirar más allá de lo obvio, buscar el respeto, la empatía y quizás también la belleza, tanto en las personas que retratamos, como en las historias. Sé que es complejo, pero gente como Gervasio Sánchez, Walter Astrada o Samuel Aranda y otros muchos y muchas, nos muestran el buen camino.

8 comentarios a “Retratar la violencia (y la dignidad)”

  1. Ander

    Arcadi Espada tiene escritas cosas interesantes sobre este asunto. Y Susan Sontag, claro.

  2. Jordi de Miguel

    Buen post, Dani. Como dices, un tema que da para tanto… a mí, personalmente uno de los debates que me tiene intrigado, desde atrás de la cámara, es el de la belleza en la representación del dolor. Veo las fotos de Susan Meiselas de la Nicaragua insurrecta, dos niños muertos tras una bomba de mil libras sobre Managua… la composición… ¿La belleza y el repudio están en el ojo que dispara la cámara? ¿En qué grado? Bajo qué mecanismo humano…

    Luego está la disposición de la mirada, desde dónde la consumimos y con qué elementos, desde el otro lado. Dejo aquí dos posts de Montse Santolino con mucha miga publicados en CiComunica.

    «De Biafra a Somalia: dead children walking», en el que cita al filósofo francés Rancière, que entre otras cosas dice:
    (…) Si el horror es banalizado, no es porque veamos demasiadas imágenes en él. No vemos demasiados demasiados cuerpos sufriendo en la pantalla, sino que vemos demasiados cuerpos sin nombre, demasiados cuerpos incapaces de devolvernos la mirada que les dirigimos, cuerpos que son el objeto de un habla, sin tener ellos mismos la palabra. El sistema informativo no funciona por el exceso de las imágenes, funciona seleccionando los seres parlantes y razonantes, capaces de “descifrar” el flujo de información que concierne a las multitudes anónimas.
    http://cicomunica.blogspot.com.es/2011/09/de-biafra-somalia-dead-children-walking.html

    y

    «El espectáculo del horror», en referencia al libro de Michela Marzano y la tarea de «reconstruir el dique que ayuda a contrarrestar la crueldad bárbara» y el papel del periodismo ante la representación de la violencia. http://cicomunica.blogspot.com.es/2010/03/el-espectaculo-del-horror.html

    ¡Que aproveche!

  3. Retratar la violencia (y la dignidad) | Crónicas de un kiliki errante | Ojo con los media | Scoop.it

    […] El cine, la televisión y la cultura audiovisual de consumo, nos sirve raciones muy bien dosificadas de violencia desde nuestra más temprana infancia y, como todo veneno, su ingesta en pequeñas dosis de continuo durante una larga vida audiovisual nos inocula, nos hace tolerantes a la agresividad. Y hace que incluso la banalicemos o que llegue a ser estéticamente atractiva, visualmente digamos que nos aparezca revestida de cierta belleza.  […]

  4. Montse Santolino

    Santa Sontag en «Sobre la fotografía» y «Ante el dolor de los demás», cuestionándose a ella misma en su antes y después de Sarajevo, ya abrió casi todos los caminos que se pueden abrir para la reflexión sobre estas cuestiones.

    “Cuanto más remoto o exótico el lugar, tanto más estamos a ver frontal y plenamente a los muertos y moribundos” / “Esta costumbre periodística hereda La antigua práctica secular de exhibir seres humanos exóticos, es decir, colonizados (…) como animales de zoológico”

    “Al otro se le tiene por alguien que ha de ser visto, no alguien que también ve”

    “Es significativo que los indefensos no se mencionen en los pies. Un retrato que se niega a nombrar al sujeto se convierte en cómplice, de modo inadvertido, del culto a la celebridad: concederle el nombre solo a los famosos”

    “Las fotografías, que en si mismas no explican nada, son inagotables invitaciones a la deducción, la especulación y la fantasía”

    “Como cada fotografia es un mero fragmento, su peso moral y emocional depende de donde se inserta. Una fotografia cambia dependiendo del contexto donde se ve”

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