La primera vuelta al cole

A Abdrish no le pesan los libros, ni la mochila que no lleva. Le pesan los años. A sus 15 años, el 5 de septiembre de 2011, asistió a su primer día de clase. Mientras otros muchachos a su edad están a punto de abandonar la escuela, él me decía algo avergonzado y excitado: “Es mi primera vez”. “Sabía como era una escuela, aunque nunca había estado”, me explica. Y me lo aclara: “Me lo habían contado, lo había oído, pero nunca había visto una”. Nunca había visto una escuela. Tuve que detenerme unos segundos a pensar sobre eso con la gravedad necesaria. Nunca había visto una escuela.

Abdrish llevaba siete meses en el campo de refugiados de Dadaab y me reconoce que aunque no sabe aún escribir y leer bien, “muy poco”, las asignaturas que más le gustan son inglés y kiswahili (ambos idiomas oficiales en Kenia). Adbrish proviene de una familia nómada, pastores que deambulan por la reseca tierra interior de Somalia. Y me cuenta que desde hace dos o tres años apenas había ya agua, todas las bestias del hogar murieron poco a poco. Abdrish está feliz. Prefiero esta vez ni siquiera comentar con él el asunto de las bombas y los tiros que no cesa desde antes de que él naciese.

Lo más parecido a un colegio que los jovenzuelos o niños de pastores somalís, que sufren la sequía y dos décadas de guerra, pueden ver son las ‘duqsis’, pequeñas escuelas coránicas que en mitad del desierto y bajo la sombra de alguna gran acacia, se reúnen con larguísimas tablas de madera con las que recitan con brío e hipnotizan repetición versículos del Corán tallados en ellas.

No muy lejos de donde me encuentro con Abdrish hallamos una duqsi: en el centro, un árbol robusto con los maderos para leer –¡eso sí que son ‘tabletas’ digitales!–  y apoyados en su tronco, y en círculo entorno a él, una pequeña verja elaborada con matorrales. Da cierta sensación de sosiego, como un paréntesis dentro de la realidad atroz de un campo de refugiados como el Dadaab, que el año pasado alcanzó unas cifras de desnutrición extremadamente mortíferas. Allí también se puede gozar de un sonido agradecido en este lugar: risas y juegos. El hombre encargado de enseñar algo del Corán a estos críos, nos permite entrar y compartir un rato con ellos. Las clases de verdad en la duqsi no se impartirán hasta que vaya cayendo el sol y el calor apriete menos, por la tarde.

Al joven Abdrish, que me enseña orgulloso su cuaderno de tareas, me lo he encontrado en las afueras de las escuelas recién abiertas en el campo de Dagahaley por Unicef y Acnur. Abdrish nunca había visto una escuela y yo tampoco unas como éstas. Al fondo, cuatro lonas gigantescas de color tierra se levantan como carpas de circo con el tremendo emblema azulado de UNICEF como único distintivo. Dentro, sobre el suelo de arena un tumulto alborotado e inquieto de niños y niñas se aprietan, se amontonan y revuelven mientras recitan lo que la desesperada profesora keniana trata de enseñarles con la única ayuda de una vara y una pizarra enana. El método no es muy diferente, o más bien idéntico, al de la duqsi coránica: repetición y recitar. Quizás bajo esta lona haya dos centenas de críos. El esfuerzo de la maestra es encomiable. Y los niños, embobados, disfrutan y aprenden.

Según cuenta ACNUR han tratado que haya al menos un profesor por cada cien alumnos, pero da la sensación de que esas cifras se desbordan con excesiva facilidad. Muchos maestros hacen turnos dobles, por la mañana y por la tarde, en algunas de las 19 escuelas primarias que se desperdigan por el mayor campo de refugiados del mundo y en las que en 2011 contabilizaron hasta 43.000 menores matriculados. Una pequeñez, teniendo en cuenta de que al menos hay unos 155.000 niños en edad escolar. La mayoría de estos profesores son también refugiados que huyeron de Somalia.

Hay también escuelas privadas, financiadas por instituciones de caridad, o escuelas religiosas como las duqsis y algunas turcas o de otros países islámicos pudientes, pero la extrema superpoblación de este páramo y la hambruna de 2011 ha hecho que todas las estructuras sean difíciles de mantener. Lo más práctico son estas escuelas de campaña.

En su interior la mayoría de los niños y niñas está absolutamente rebozados en polvo blanco, la arena cubre todo, el polvo en suspensión flota sin descanso en el ambiente, se mete en la nariz, cementa la garganta, endurece el pelo y permite sacar de los orificios nasales pesadas y dolorosas tostoneras y pelotillas negras de mocos. Cuestan lágrimas arrancarlas. Fotografié a algunos chavales afanados a conciencia en esta tarea de sacarse los sesos por la nariz y hurgar en la arenilla nasal.

Aquí no suena el timbre ni la campana, se intuye que la clase ha terminado porque la estampida de los nuevos escolares hacia las rendijas que dan salida a las escuelas-tenderete levanta aún más polvareda. Un nubarrón de escape. A las fueras, tras su primer día de clase Nursina Habbiba, de 12 años, y Faduma Issac, de 11 años, conversan también un poco conmigo. Muy tímidas… hasta que empiezan a largar: “Ella no sabe escribir, yo sí”. “Somos buenas amigas, nos gusta contar historias y escuchar, no jugar”, narran con donaire.

La escolarización femenina es aún más remota e improbable tanto en Somalia como en los campos de refugiados. Muchas se empeñan ya desde edades tempranas en el cuidado del hogar, y más aún en las deshilachadas familias de refugiados donde a menudo faltan la madre, el padre o los dos a la vez. Linda Kjosaas, la responsable de educación de ACNUR en Dadaab en 2011, tiene a veces al “enemigo” en su propia casa.

Paseamos por las escuelas y observamos la construcción de unos pozos para unas letrinas, mientras ella espera la visita de una de las jefazas de ACNUR desde Namibia, descubrimos entonces a una jovencita con una pala trabajando en el pozo.  Linda monta en cólera y una vez encuentra al ajado capataz, un refugiado anciano, que dirige la obra le pide explicaciones de por qué la niña está trabajando en vez de estar en la escuela. Linda trata de ejemplarizar allí mismo. El hombre le explica que no sabía que no podía trabajar la niña, que es pariente suya. “Sé que no son las mejores condiciones, pero es importante que los niños estén en la escuela, no sólo por la educación sino porque es un ambiente seguro y para muchos que han sido niños soldado o han sufrido estrés o abusos es un lugar de juegos y de confort”, explica Linda.

El viento, endiablado este día, sacude con violencia la lona de las paredes de la tienda y en un lateral de una de estas cuatro escuelas casi circenses, una imagen universal: un grupo de madres somalís espía desde un ventanuco abierto en la lona la actividad de sus retoños.

Me paro a charlar con una de esas madres que están curioseando. Es una joven somalí que ya ha dado a luz nueve veces y me cuenta que es la primera vez que sus niños van a la escuela. Llegó hasta aquí procedente de una localidad llamada Sako, caminó durante 14 días con sus 9 hijos e hijas. “¿Qué que hacemos aquí? Todas las madres, todas las mujeres mayores, venimos a ver la escuela. Queríamos saber cómo era. Incluso quizás así podemos aprender algo”, dice esbozando una sonrisa. “Estamos muy contentas, en Somalia ir a la escuela era muy arriesgado. Estamos observando, es muy divertido, están cantando y riendo, estoy muy feliz porque a mis hijos les dan dado lápices, cuadernos y lecciones. Me alegra”, relata la mujer. “Día a día, cada vez estamos más tranquilas, este es un lugar seguro y mis hijos pueden vivir en paz. A mi me hubiese gustado ser una persona educada, aprender inglés, así ahora no necesitaría a nadie que me tradujese lo que te digo”, me explica emocionada.

“Doy gracias a Dios por ser refugiada en este lugar, cada día damos gracias por estar vivos”, sentencia. Y las demás madres asienten con la cabeza y mascullan unas palabras en somalí.

Aquella mañana yo compré unos bizcochos para Adbi y Mohamed, mi chófer y mi traductor, porque nos citábamos a las 6.30 de la mañana en las puertas del recinto del ACNUR y muchas veces ni siquiera habían almorzado bien. Cuando me di cuenta, Abdi y Mohamed habían estado repartiendo entre estas y otras mujeres los bizcochos y la fruta, incluso les dieron el plato de plástico en el que yo se lo llevé.  La mayoría de los refugiados no tiene ni enseres ni platos ni nada parecido. “Ellas lo necesitan más que nosotros”, me dijeron.

Desconozco si Abdrish habrá regresado a clase este nuevo curso o no. Parece improbable.

El secuestro de tres trabajadores humanitarios el otoño pasado, dos eran las jóvenes españolas de MSF aún en paradero desconocido, y el asesinato de dos líderes refugiados y varios policías kenianos obligaron a ACNUR y otras organizaciones a replegar su acción en esta zona. Y dedicarse a la asistencia básica de mera supervivencia. Y en eso, las escuelas no son prioridad. Y tampoco hay recursos.

El incesante ir y venir de personas en la inexistente frontera somalí y las constantes violaciones y abusos a mujeres hacen que la vida aquí sea muy difícil. Además de la terrible hambruna que cada día se llevaba a la tumba niños y mayores. No es fácil encontrar alegrías en un lugar como este. Sin embargo, las imágenes que tomé en el inicio del curso en 2011 fueron las más agradecidas y simpáticas de aquel viaje.

Y con este inicio del curso en Dadaab, reinicia el curso el blog. :)

* En la primera imagen, Abdrish, mostrando su cuaderno.

* Algunas fotos más, aquí:

2 comentarios a “La primera vuelta al cole”

  1. Juan Carlos Morales

    No hay día que pase y no me sienta “triste”, impotente (dinero), para hacer llegar algo que poco pueda ser mucho para tanta necesidad material y afecto que me parece esta ultima están muy privados tantos niños que veo en tus imágenes, en mi país (Costa Rica) como en muchos otros siempre hay necesidades pero es que las expuestas en sus reportajes alcanzan y sobrepasan mas de la realidad que algunos “saben” o desean “saber”. NO quisiere terminar mi existencia en bla bla bla y no hacer nada, tengo que hacer algo ….por donde empiezo… mi voluntad sobrepasa mis limitaciones y cambiaría parte de lo que tengo por estar ahí….las imágenes son evidentes no hay comodidades, muchas limitaciones….pero eso es pasa a un segundo plano.
    Lo felicito por sus reportajes ojala mas personas quieran ver los que muy pocos hacen por muchos que no tienen casi nada.

  2. Iñaki Porto

    Realmente duro, 15 años sin escuela no depara un buen futuro. Pero nunca es tarde para asimilar conceptos.
    ¡Buen trabajo Kiliki!, nos vemos.

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