Malditos desmemoriados

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Doscientas cincuenta tiendas de lona se extienden sobre la explanada de Stoneham para acoger a los refugiados, en su mayoría niños, mujeres y muy pocos hombres. Más de 4.000 niños. Las familias, muchas simples grupos de personas sin más lazos de sangre que juntarse camino al exilio, huir de las bombas, cocinan a la intemperie, sanan sus heridas en dispensarios médicos montados bajo carpas de la Cruz Roja, cambian sus ropas roídas por otras que la caridad les hace llegar, y se abrigan con mantas donadas y fogatas.

El prado que acoge a los refugiados se ha montado en dos días y los problemas de higiene se hacen notar enseguida, los médicos ingleses denuncian el hacinamiento en las tiendas, la falta de agua y las precarias condiciones de vida. Advierten de que la comida escasea y algunos refugiados tratan de conseguir o mendigar pan en Southampton o que entre los niños se puede extender ya a los pocos días epidemias como la difteria.

Los refugiados tratan de apañar sus tiendas con arbustos o materiales cercanos. Es todo provisional, nadie espera quedarse mucho tiempo allí. Llegan a centros de recepción, les toman huellas y se registran. Esperan volver pronto a casa. Para muchos pasarán, aún no lo saben, dos años hasta que puedan regresar. Muchos otros, no volverán. El viaje ya ha sido insano y peligroso, el buque Habana que tiene capacidad para 800 pasajeros ha viajado de milagro con 3.840 niños, 80 profesores, 120 asistentes, 15 curas y dos médicos sorteando los ataques y una cubierta atestada de gente.

Setenta y cinco años separan las imágenes del campo de refugiados de Stoneham y Eastleigh (curiosamente este es el nombre también del barrio somalí de Nairobi) de los de Dadaab en la frontera de Kenia con Somalia, o quizás a los de refugiados sirios en Turquía. Sin embargo, la semejanza de las fotografías entre sí es sobrecogedora.

Llegué a estas imágenes hace unos días por casualidad, en un rebote de Google. Cuando estaba documentando el post que escribí junto a Paula Vilella sobre el Día del Refugiado y las fronteras europeas. Esas que niegan asilo, juegan al eufemismo del migrante y tratan de tapar los ojos ante la realidad de unas personas que salen de sus casas para huir de la guerra o el hambre.

Si empezamos a escarbar en la memoria, en los archivos fotográficos, encontramos imágenes estremecedoras de cuando nosotros, los europeos, fuimos refugiados, desplazados y exiliados. Si uno de los ejercicios del periodismo es ponerse en el pellejo del otro, si una de las tareas de la solidaridad es generar empatía y no compasión, si es reconocerse en el otro, pero no verlo como algo paternal; revisen estas fotos añejas.

Si han visitado alguna vez un campo de refugiados –o por lo menos recordáis lo visto en la tele– sabréis también que la vida en esos lugares es de pura resistencia, lo que mueve a salir de tu casa un buen día con lo que llevas en los bolsillos es la desesperación y el ímpetu de la huida. La promesa de un lugar seguro. La narración de los conflictos casi siempre, incluso en el caso español, deja de lado a estas gentes silenciosas: desplazados de todos los bandos, campesinos, niños, mujeres, personas con la única significación política que la de querer llevar una vida digna y en libertad.

Hay imágenes conmovedoras como el padre cruzando los Pirineos con su hijo a horcajadas sobre los hombros, cubierto por mantas y con nieve hasta la rodilla. Una postal que me recuerda las épicas travesías de los somalís por el desierto, con los pies despellejados y los hijos a cuestas.

O la impresionante imagen de un improvisado campo de refugiados en el Peñón de Gibraltar: El mismo 20 de julio de 1936 cientos de personas atemorizadas por los disparos empezaron a cruzar por Algeciras y la Línea de la Concepción en barcazas de remo y como podían hacia el Peñón. 1.000 personas arribaron a la roca británica esa noche y durante las semanas siguientes fueron casi 4.000. Muchos se escondieron en cuevas, se alojaron en barracones de pescadores o se establecieron en la playa hasta el que gobierno británico les proveyó de tiendas de campaña y cocinas de rancho. Se estima que unas 10.000 personas se desplazaron y refugiaron en Gibraltar durante el conflicto.

Mientras la frontera terrestre, los Pirineos, era un incesante y épico ir y venir de familias, milicianos y niños, que era hacinados en campos de refugiados primero y campos de concentración después. Luchón, Le Phertus, Rivesaltes son nuestros Dadaab, Dagahaley, Tindouf o Peshawar. Mientras que campos de concentración como el de Gurs son nuestros los CIEs, los centros con verjas y de exclusión para desplazados. Se estima que más de medio millón de personas cruzaron hacia Francia y unos 30.000 niños y niñas fueron evacuados a Reino Unido, Francia, Bélgica, URSS o México.

Lillian Urmston, una joven enfermera que servía como voluntaria en la British Medical Aid Unit en la Guerra Civil española, narra cómo ayudaban a pasar a los refugiados más malogrados, heridos o exhaustos la frontera hacia Francia por la cadena montañosa.

«Lo que hemos visto durante estos días que nos hemos retirado de España, las experiencias que hemos vivido en el campo de concentración de St. Cyprian, cerca de Perpignan, creo que nunca las olvidaré. Los últimos días que he pasado en España, tan cerca del frente, a la vista de los Pirineos, han sido totalmente horribles. El trabajo operativo se ha hecho, y de forma eficiente, en casetas cercanas a las carreteras. En innumerables ocasiones, nos topamos con familias de refugiados heridos que trataba de huir seguros. Cuidamos de ellos y los dejamos con nosotros si están seriamente heridos…»

«Esperábamos que Francia abriese las fronteras y recibiese a los refugiados, soldados y heridos, para prevenir una masacre. Esperábamos simpatía y un trato humano. Ni lo uno ni lo otro. La vigilancia con cientos de guardias armados hace que toda la gente que llega en Francia entre al campo de concentración. El nuestro era una estrecha franja de arena desierta, bordeada por una formidable verja de espino. Los heridos podían pasar hasta seis días sin tratamiento. No estábamos autorizados para darles tratamiento médico. Una pequeña fuente da agua para 15.000 o 20.000 personas. Y la comida no se proporciona hasta el quinto día…»

Durante la II Guerra Mundial, Urmstron fue enfermera jefa en el frente con el Ejército Británico. Fue evacuada en la batalla de Dunkerque aunque sirvió después en Egipto, Sicilia, Siria e Italia, donde fue herida por metralla y sufrió heridas en la espina dorsal de las que nunca se recuperó. En el hospital conoció a su marido. Trabajó como periodista muchos años, vivió en Kuala Lumpur y hasta su muerte en 1990 ayudó a las prostitutas de Singapur a formar una sindicato por sus derechos.

Las campañas de publicidad de la época no se quedan atrás. “¿Deben morirse de hambre?” es el eslogan que acompaña la fotografía de tres niños españoles desarrapados en un cartel que promueve en las tiendas británicas el envío de leche. O peticiones navideñas para la ayuda de los refugiados españoles. Incluso crismas agradeciendo los donativos. O campañas como las actuales:  “SOS ayuda urgente necesaria. Cuatro mil niños vascos han sido evacuados de sus pueblos y aldeas en guerra. Cada peñique que done ayudará a estas desamparadas víctimas de la guerra a mantenerse a salvo y bien cuidados. Cada peñique es necesario, cada peñique será empleado, cada peñique cuenta”.

Hoy lamentablemente hasta la memoria está politizada. La “memoria histórica”. Está politizada y mediatizada aquí, en Uruguay, en los Balcanes o donde sea. Es triste. Algunos dicen que es mejor “no remover”, “dejar como está”. Bien porque les conviene, por convicción o por comodidad. Otros se pasan todo el día removiendo y viviendo en viejas nostalgias que les impiden argumentar y razonar en términos actuales. Viven más caminando hacia atrás que hacia delante. Quizá dedican demasiados esfuerzos a “revivir” y no tanto a “rememorar” o “recordar”.

Y muchos de los que reviven jamás vivieron todo eso. Creo que la “memoria” además de selectiva y caprichosa debe ayudarnos a comprender y convivir mejor. El otro día tras ver estas fotos desayuné con mis abuelos y les tantee un poco la memoria.

En mi familia no hay ninguna historieta de la Guerra Civil española (1936-1939), ni de un bando ni de otro. Ni hay fascistas, ni republicanos, ni milicianos, ni fusilados. Es lo aburrido que tiene ser meros supervivientes. Vamos, que es una suerte no tener épica, ni hazañas. Todos mis abuelos eran niños en aquella época y los padres de mis abuelos eran campesinos, hortelanos o incluso uno de ellos artesano cubero: fabricaba cubas para vino y sidra.

Mi abuelo quedo huérfano desde niño y se busco la vida un poco a la picaresca en miles de trabajos y empleos, hasta que se hizo carretero y empezó a fumar como el ídem hasta el día de hoy. Mi abuela sí que recuerda las alarmas de aviación, salir de la escuela y subirse a los árboles, también aquella profesora que nunca regresó a dar clases. Después de jovencita trabajó en una fábrica, se casó y vino a vivir a Pamplona.

El jueves pasado aproveché para rescatar varias historias que me gusta oír y hacer un ejercicio de memoria histórica a mi manera.

Sobre la crisis sigo creyendo que nuestra crisis es un chiste frente a la atrocidad de sentir que uno se muere por desnutrición, de hambre. Seguramente viviremos más precariamente, tendremos menos confort, menos lujos, más penurias, menos oportunidades pero aún no sabremos qué es el hambre. Mi abuela tiene una historia que hay que sacársela porque si no, no la cuenta: cuando era niña en esos años de guerra en la plaza de toros de Tafalla merodeaban muchos soldados italianos, fascistas de Mussolini. Recuerda que traían unos quesos enormes que comían al Sol, en la andanada. Cuando terminaban, ella y otras niñas iban a recoger las mondas y cáscaras de los quesos para comérselas. Iban a rescatar los desperdicios.

Pero hay más. Mientras mi abuela rescataba por hambre lo que otros tiraban al suelo para llevarse a la boca, su hermana estaba en paradero desconocido. Su hermana, María Asunción, era mayor que ella y pasaba las vacaciones en casa de unos familiares que tenían un hostal en Rentería, en la costa guipuzcoana. Mientras echaba una mano en la casa de huéspedes. Por algún motivo durante la guerra tuvieron que huir de Rentería a Bilbao y allí ante la amenaza de los bombardeos sobre la capital vizcaína, la montaron en un barco y desapareció. Fue una de las niñas evacuadas durante la guerra. Nadie supo a donde fue.

Dos años más tarde, al terminar la guerra, un buen día el perro de casa comenzó a la ladrar enrabietado. Oyeron que alguien subía por las escaleras, llamaron a la puerta y ante ellos apareció una mujer de 15 o 16 años. Era Mariasun. Mi abuela recuerda que el encuentro fue además de emotivo, cómico. “Parecía que estaba gordísima, ¡pero es que llevaba cinco o seis vestidos uno encima de otro!”. Salió del país con lo que llevaba puesto y regresó sin equipaje pero aprovechó a traerse toda la ropa que le habían donado y se vistió un traje sobre otro.

Aún hoy no tienen claro donde estuvo, pero todo parece indicar que debió pasar todo ese tiempo en algún campo de refugiados al sur de Inglaterra.

Le conté a mi abuela el jueves pasado las historias que había conocido en Malta o en la frontera somalí, las de gente que huía de la guerra en Libia, Somalia o Sudán, sus precarias condiciones. También menores y cómo Europa trata a los refugiados. Ella ya sabe de qué le hablo. Y de las personas que conozco es una de las que más empatía derrocha sobre este tema. “Salieron de casa sin nada y sin saber a donde iban, como tu hermana”. “Sí, como mi hermana”.

“La verdad es que somos muy injustos, a veces vemos a esta gente aquí en la calle, o africanos y pensamos qué querrán, de dónde vendrán y otras cosas, qué malos y qué injustos somos por no pensar de qué estarán huyendo o porqué se habrán ido, ¿verdad?”, me soltó en la parada de autobús mi abuela el jueves pasado.

Ante tal argumento, sonreí emocionado. Esa sí es la memoria histórica, la que nos ayuda a comprender, a empatizar, a ser mejores. Ojalá más gente fuese capaz de comprender. Yo sigo viendo estas fotos en blanco y negro, las coloco al lado de las que saqué en 2011 en color y creo que o los periodistas no acabamos de explicar bien el mundo o el alzhéimer político, institucional y social es epidémico. Y muy conveniente. Todo nos es ajeno.

5 Comentarios

  1. Muy bien, Dani. Menudo trabajo estás haciendo y muy buen recordatorio histórico. Da para pensar mucho.

  2. Gloria de la Fuente Jausoro dice

    Si el ejercicio de ponerse en el lugar del otro lo practicáramos un poco más en lugar de lamernos tanto las heridas de nuestra maltrecha economía, cuanto mejor iría el mundo. Necesitamos periodistas como tu.

  3. María Jesús Vega dice

    Muchas gracias Daniel por tu implicación y la valiosa labor de sensibilización que estás haciendo con tus artículos por distintas vías. Estás verdaderamente acercando a la gente la realidad de los refugiados y animando a la empatía, en unos momentos cruciales, propicios para que broten actitudes racistas y xenófobas, pero en los que, además de la crisis económica que copa las portadas de todos los medios, estamos siendo testigos de algunas de las peores crisis de refugiados y desplazados en muchos años más allá de nuestras fronteras; unas fronteras a las que muy pocos se atreven a asomarse.

  4. Amaia dice

    Un texto muy interesante, muy válido. Poco más tengo que añadir.
    A veces cuesta dejar de mirarse al ombligo y entender que existe mucho más que eso…
    Me gusta mucho el análisis de similitudes que has hecho con otros campos de refugiados actuales.
    Zorionak por este gran trabajo.

  5. Hola Dani. Lo tuyo es dar en el clavo una y otra vez.. sacudir conciencias….y lo consigues con esta entrada.

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