“Nos ‘chifla’ pintar a Cristo en platos de harina”

Paseando por Cospicua encontré a un hombre colocando una pequeña pancarta en un portón mientras otros cuatro miraban y le daban indicaciones. Una forma de optimizar esfuerzos muy mediterránea. ‘Wirja ta vari’, rezaba el título del cartel. Era una exposición. “Pasa, pasa, no seas tímido. Aunque esta no es la mejor colección de la ciudad”, me dijeron. Y me ofrecieron un pequeño folleto que indicaba en un mapa callejero de las retorcidas vías cospicuanas las mejores muestras de esa semana. ¡Wow!

Yo ya sabía de qué iba el asunto. Lo descubrí en Zurrieq, una ciudad maltesa del sur.  Allí en una sociedad/cofradía, en la que servían cafés en vaso de cristal y retrasmitían campeonatos de billar por la tele con escasa densidad femenina (además de Paula había sólo otra muchacha por allí, quizás dos), se me acercó un joven y me espetó: “Eh, tú, eres fotógrafo, tenemos una exposición en la parte de arriba, muy buena, ven, ven, por favor”.  Hacía el gesto en el aire de disparar una cámara imaginaria.

Subí. El muchacho me mostró una larga colección de figuras que representaban la pasión de Cristo, una especie de belén de Semana Santa. En un inglés torpe me explicó que valían mucho dinero y que pertenecen a miembros del club. Las mostraba orgulloso y yo sacaba fotos sin interés. Pensé, de verdad, que tanto entusiasmo por aquellas figuras no podía ser natural. Tenía unos ‘ojicos’ de acabar de volver de fiesta. “Mira y allá la última cena, les hemos puesto pan y vino de verdad”, me decía el tipo, que rondaría los 30 años (ahora con 30 sigues siendo un muchacho, sí. Últimamente me ha convencido la teoría de que los 30 son los nuevos 20, aunque en Renfe no les parece convencer mi argumento ni mi carnet joven caducado). Levantaba las cejas intermitentemente, arriba y abajo que discurrían por el largo paredón de su frente, enfatizando así la extraordinariedad del detalle del pan y vino natural, que yo debía apreciar.

Y finalmente, terminado el tour, me llevó al lugar del que sentía más orgulloso.

– “What do you think, eh? Beautiful, eh?” (En su inglés escaso y señalaba con la mano, aunque por la entonación y la sobrexcitación de sus ojillos, yo creo que me decía por dentro: “¡¡¡No estás flipando, tío!!! Es alucinante, ¿eh?”).  “Beautiful, eh?”

– “Eh… Bonito, sí, bonito”.

Eché un vistazo y traté de trasmitir algo más de entusiasmo:

– “Es alucinante… ¿qué es? ¿Lo has hecho tú?”

– “Mi hermano. Él los ha hecho, él te explicará. Wait. Le voy a llamar”.

Aparece de inmediato un grandullón que merodeaba por allí al que le cuelgan extremidades y manos descomunales. Me estruja la mano sin compasión. Su hermano.

– “Encantado de conocer al artista”, le suelto amablemente y absolutamente desapasionado. Y se pone rojo el grandullón

– “Gracias. ¿Te gustan? Los he hecho yo. Es tradición. Pero estos no son muy buenos, en otros sitios de Malta hay más bonitos ya verás”.

Me fascina de verdad la humildad maltesa y su bonachonería.

El asunto en cuestión eran unos platos de harina coloreada que mostraban dibujillos, de trazo algo infantil, con imágenes como un crucifijo, la paloma del espíritu santo o las tablas de Moisés con los Diez Mandamientos elaborados con granos de arroz pintados de negro. Parecía una manualidad de colegio. Pero sin embargo, ni en un millón de años me veo capaz de colorear harina y elaborar esas sencillas piezas y menos pintar granos de arroz. Y el grandullón tenía unas manos como morcillas, así que mérito tenía.

Por fin, en Cospicua –que son un más echados pa’lante– me confesaron que sí, que ellos hacen las mejores exposiciones del país y las mejores procesiones de Semana Santa. ¿Y lo mejores platos coloreados? Estaban, de hecho, todos deseando que llegase el Viernes Santo. Recorrí unas cuantas exposiciones de estas de figuritas de la pasión por la ciudad (cuatro calles) y por supuesto más y más platos. Aunque mi oscura intención era dar palique con la excusa de que quería sacar fotos.

Casi todas las exposiciones eran bajeras, decoradas con banderones, cruces, música de iglesia, olor a incienso y velas. Unos lugares alucinantes, parecían iglesias en miniatura. En una que visité: “¿Te gusta el techo? Lo ha hecho mi marido es la reproducción en madera de la parroquia de la Inmaculada Concepción de Cospicua”. Efectivamente, era una bóveda en miniatura, tallada en madera, pintada en dorados, con los frescos en pequeñito.

La mujer me contó que pagan por alquilar ese local todos los años de su bolsillo, que su marido invirtió un año entero en reproducir esa bóveda.

-“¿Pero qué pasa, hay algún concurso sobre esto? ¿Hacen ustedes algo así como una competición para ver qué vecino tiene la exposición más bonita?”, les dije.

La mujer me miró estupefacta y algo indignada. De hecho, se cruzó de brazos y se echó un poco hacia atrás. De repelús por mi pregunta.

– “¿Competición? ¿Concurso? No, no, qué tonterías, de ninguna manera. ¡Hacemos esto porque nos gusta!”

Sentí un poco de vergüenza.

– “Ah, claro”.

– “No lo sabes tú bien, a mi marido y mi hijo les chifla eso de pintar platos con harina. Mi hijo está loco por eso, de hecho, ahora anda terminando uno, y mi marido cuando era joven ni te lo imaginas, ahora menos”, dice entusiasmada confensado el vicio de los hombres de su casa, como si se tratase de lo pesados que son con el fútbol.

El marido esboza una sonrisilla de esas de placer como cuando uno está enamorado o le pillan en una trastada. Y asiente con la cabeza.

La verdad es que sentí vergüenza por pillarme a mí mismo en un pensamiento tan cretino y ruin. Obviamente, ¿por qué no van a pintar platos con harina por placer? Un arte efímero, delicado, barato (salvo que no reproduzcas la bóveda de la Inmaculada Concepción) y… ¿he dicho ya delicado?; al que invitas a tus vecinos a disfrutar, sin alardes y sin competición. Por que sí. ¡Qué demonios, eso está muy bien!

Cospicua es a todas luces, y de formas muy literal, un lugar de fervor católico: cuelgan por todos lados crucifijos elaborados con bombillas.  Aquel día en la parroquia (que parece una catedral, por enorme) de Conspicua había un concierto de música sacra que estaba hasta los topes de la puerta, abarrotado. Las calles están repletas de altares callejeros, algunos más caseros que otros. Y, como bien dicen y se ve, viven la Semana Santa como un evento tremendo. Pero también en Cospicua es el único lugar de Malta donde vi transexuales viviendo su identidad con normalidad, en la calle y en el autobús,  sin que ningún vecino se escandalizase.

Y quizás sea así por los dichosos platos de harina. Porque la gente que es muy capaz de, con orgullo y satisfacción honesta, gozar con esos detalles por simple, por efímero que les parezca a otros, y apreciar a sus vecinos por lo que son, sin competir, me parece que es como para empezar a comprar harina a quintales.  A mi me ‘chifla’ el buen humor de los santurrones de Cospicua.

3 comentarios a ““Nos ‘chifla’ pintar a Cristo en platos de harina””

  1. Ander

    Me chifla el verbo chiflar, y la gente a la que le chiflan las cosas. Y también me chifla la gente a la que le chifla la gente a la que le chiflan cosas.

  2. Ainara

    Es alucinante la forma en la que viven la religión. Hasta en los buses que había hasta hace un año toooooodo estaba relacionado con cristo: frases, fotos, figuritas…

    Curioso hobby el que nos has descubrierto Dani :) Por cierto ¡me encanta Malta!

  3. dburgui

    Me chifla que os chilen mis textos chiflados.

    Ainara, a mi Malta me pareció un país escaso, pero bueno. Es el último bastión católico de Europa, tienen más iglesias por habitante que ningún otro, el divorcio es legal desde hace apenas unos meses (último país de Europa en aceptarlo y ya solo quedan Flipinas y el Vaticano), la tasa de empleo femenino más baja de la UE y… pintan a Cristo en platos de harina. ;-)

    Abrazos, majos/as.

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