Cospicua, qué ciudad tan simpática

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A Cospicua le falta la rumba. En aquella calleja oscura, con edificios combados y paredes descascarilladas, había dos viejas –una muy consumida, como un silbido, y otra muy gorda de esas de pandero desbordante- sentadas en los dos peldaños que daban a su portal. Frente a ellas; un coche con la chapa oxidada y costras en la pintura. Dentro dos niñas jugaban a que conducían. Al verme, la niña ‘chófer’ se asomó. Flaca y contorsionista, la chiquilla precipitó su cuerpo por la ventanilla, quedando sólo las piernas dentro del vehículo, con la cintura sobre la puerta y los pies descalzos en el salpicadero.

“Moooooooooooooooooooooooooooooooooooooooc!!”. Estridente bocinazo. La niña estaba presionando el claxon con las piernas.  La otra, la copiloto, trataba de enredar malévolamente los pies de la conductora a ver si esta caía de morros. Tratando de proporcionar así a la niña-chófer el recuerdo infantil de romperte varios dientes. Pero entonces, una de las viejas lanzó tremendos chillos en maltés. Entendí la complejidad del mensaje gracias a la lengua internacional de signos de madres y abuelas: mano abierta, en el aire y zarandeada, con la intención de copar tu cara. Paró la bocina de inmediato. Las viejas siguieron de cháchara.

Al lado, un chaval disparaba enrabietado una y otra vez varios metros al cielo un balón contra las fachadas de las casas, superando la maraña de cables que cuelgan de un lado a otro de la estrecha vía, y al menos en dos ocasiones logró que el impacto de la pelota desprendiese algún cascote de pintura de los decrépitos edificios.

Cospicua es una de las ciudades maltesas más antiguas, aunque no deja de ser un barrio de 4.000 habitantes encajado en una esquina del puerto. Además de vieja, Cospicua fue brutalmente bombardeada por el Eje Nazi en la II Guerra Mundial. De eso hace ya tiempo, pero muchos de los edificios quedaron así, descuajeringados. Aquí se han rodado varias películas simulando que sus vías son las de Beirut, Gaza o Ramallah ante la imposibilidad de rodar en Oriente, se le parece bastante. Esta ciudad del distrito de Cottonera se ha esforzado en rematar la decadencia con la suciedad y una fina capa de mugre, que a veces con las ventoleras mancha las coladas de los cospicuos, que sacan sus tendederos a la calle.

En estas callejas de escaleras zigzageantes, recodos, callejones y patios chiquitos en los que Paula y yo encontramos hasta una barca abandonada; es el único sitio de Malta en el que he visto a los chiquillos jugar descalzos –que desde media tarde y al anochecer zanganeaban en la calle- y a las madres asomarse a la ventana para llamarlos a gritos cuando ya sólo se intuye la pelota, las sombras de bicis y alguna pelea infantil.

Las tascas de Cospicua como el Hibernians, El Chelsey, Liverpool o Wembley, llevan además de claras referencias del fútbol inglés el atractivo epíteto de ‘Snack bar’. Dejan las ventanas abiertas y desde la calle se pueden ver postales enmarcadas por las jambas de hombres canosos, viendo fútbol, bebedores y jugadores de cartas. Habitualmente incluso todo a la vez.  Mi favorito es un bar reza Sea Man’s bar (El bar de los hombres del mar) y sentados fuera como reclamo tiene efectivamente a unos tipos cumpliendo un marcado cliché: viejos ajados, barbudos blancos, consumidos y estrujando el hígado a vinurcios. No saqué foto porque interpreté el lenguaje internacional de los parroquianos problemáticos. También vi un Snack bar en el que la decoración principal era un póster de Marilym Monroe.

Hay otros Snack Bars, aquellos que tienen sillas de plástico de Coca Cola y música hortera, jóvenes con cortes de pelo a machetazo (un lado largo, el otro ridículamente corto), piercings y pantalones “cagados”. Muchos vecinos que viven en el bajo tienen la ventana de su casa abierta, se puede husmear literalmente sus vidas. Oírlas es fácil: tienen la televisión con el volumen a tope y gritan aún más.

Al anochecer Cospicua también tiene merodeadores borrachos y, en general, gente. Elemento este último del que Valetta -la coqueta capital maltesa- carece. No hay gente, no hay vida. En cambio en Cospicua, mal que bien, tiene gente como aquel tipo que encontramos en una plaza hurgándose la nariz petrolíferamente al lado de una mujer desdentada que reía a placer.

Cospicua está llena de vida, no es limpia, no es bonita, pero es agitada. Aunque me recuerda a eso que antes se decía en los pueblos de que por casarse entre primos “salen los hijos feos”.  O igual es la insularidad o la dejadez. Pero lo poco bello tiene una tremenda virtud humana y periodística: a menudo, simpatía. Y en las dos veces que me perdí en sus calles charlé con gente muy maja.

Y eso fue… pues porque yo también soy muy simpático.

* * *

Mañana os cuento de qué charlé con los conspícuos vecinos de Cospicua. Porque me lo pasé muy bien merodenado su barrio.

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