Periodistas lentos, buscadores de excusas, fotógrafos cabezones

Nagorno-Karabaj, Abjasia y Osetia del Sur: tres nombres de tres exuberantes islas que forman un archipiélago en tierra firme y seca. En las entrañas del Cáucaso –ese muslo de mapa que une Europa a Oriente y que se desmembró en 1991 a golpe de mampostería soviética– a la deriva de los mapas políticos y a merced de las marejadas de líneas fronterizas, estos tres países permanecen aislados entre las repúblicas caucásicas y no reconocidos por la comunidad internacional.

Karen Mirzoyan viajó allí con una idea simple: hacer un reportaje sobre la situación transitoria de estas pequeñas repúblicas. La cosa se le complicó: le empezaron a invitar a tomar té en las casas. Y pasó tres años desarrollando ese proyecto.

Hace unos meses conocí su trabajo ‘The unrecognized islands of the Caucasus’, me fascinó por la calidad de las imágenes, la forma de combinar fotos con sus propias notas manuscritas, documentos, radiografías, sus impresiones, la intimidad de sus protagonistas y la delicadeza con la que plasmaba las historias, respetando la dignidad de esas personas. No supe mucho más de cómo se había elaborado el reportaje ni cuál era el tiempo de desarrollo del mismo. Pero a todas luces se veía que había mucho trabajo detrás.

Esta semana he encontrado una entrevista al autor en la que explica en la revista digital Mother Jones cómo se fraguó este proyecto y cómo lo fue realizando a lo largo de estos años. Finalmente para terminarlo fue financiado por el Magnum Emergency Fund –un programa de la agencia Magnum que permite a experimentados fotoperiodistas financiar proyectos a largo plazo que cubran temas sociales–.

“Al principio la tarea parecía simple. Lo que no tuve en consideración fue que a lo largo de un periodo de tres años, no sólo mi historia, sino mi modo de mirar, era un sujeto en transformación”, cuenta Mirzoyan.

“La mayoría de las veces simplemente estaba sentado en la mesa con gente, bebiendo, compartiendo algo de comida y las historias de sus vidas. A menudo yo les contaba sobre mi familia, mis aspiraciones, mi inminente boda… Y a la vuelta, esas personas se encariñaban y me entendían casi más que como yo les entendía y apreciaba a ellas.

No quise comprometer un solo detalle, la minúscula pieza de la historia compartida a cambio del privilegio de encender el micrófono, ir a por mi cámara o quizás empuñar el bolígrafo. Así que no estaba trabajando, no estaba actuando como fotoperiodista… porque cuando la interacción es tan íntima y cálida, siento que es tremendamente injusto darse la vuelta, coger esas historias ofrecidas desde el corazón y empaquetarlas para su venta».

Contundente.

“Confieso que la fotografía se convirtió en mi excusa, mi racionalización, para esos viajes repetidos. Pero mi objetivo no es documentar. Simplemente quería ver por mí mismo, escuchar y entender”. Y dice la revista Mother Jones: “No obstante Mirzoyan tomó fotos ocasionalmente, grabó historias o dibujó sujetos que no querían ser fotografiados”. Y vaya que si lo hizo su trabajo es excelente.

La forma de trabajo de Karem Mirzoyan es admirable. Pero más allá de la labor informativa, mucho más allá, y sin ánimo de dar lecciones a nadie está su curiosidad. Podría haber salido mejor o peor, pero Mirzoyan se fue satisfecho. Y regresó. ¿Por qué?

Acabo de volver hace apenas una semana de Malta de trabajar en un tema espinoso: los miles de refugiados y migrantes que a merced de los tratados europeos y las fronteras de Schengen quedan atrapados en este islote minúsculo.

Muchas de las entrevistas las hicimos sin bolígrafo, otras con bolígrafo pero sin cámara. Muchos no deseaban ser fotografiados, pero en muchas ocasiones era injusto interrumpir la charla. Historias desgarradoras de coraje, de jóvenes, padres, madres que cruzaron desiertos y mares (“Cruzaría el mar 15 veces si hiciese falta, el desierto sólo una vez: quería morir y la muerte no llegaba”) huyendo de conflictos y ahora la promesa de Europa no sólo se cierra sino que les deja atascados sin posibilidad de ir a otro lugar. Muchas de esas historias como las de Mirzoyan salían desde las profundidades del corazón y el lujo de exponerlas a la cámara o al micrófono era obsceno.

Sin embargo, a la vuelta del viaje no pude evitar sentirme frustrado. Revisé el material fotográfico y no estaba a la altura de mis expectativas. Es bueno, ilustra un reportaje, pero teniendo en cuenta las historias tan comprometidas y extraordinarias que habíamos escuchado no hacía justicia. Luego, uno revisa trabajos como el Mirzoyan y vuelve a tocar suelo. Es ridículo pretender llegar a ese nivel de sinceridad, de intimidad en dos semanas. Mirzoyan ha necesitado tres años. El buen periodismo va despacio. A veces se me olvida, atrapado por la dinámica de sacar el trabajo adelante.

Mirzoyan, Jon Lee Anderson, Gervasio Sánchez, Ander Izagirre, Alex Ayala o Samuel Aranda –que ganó el World Press Photo tras pasar meses en Yemen de incógnito–, periodistas de trabajo admirable o amigos que conozco bien confirman estos propósitos.

Mi amigo Alex Ayala, un pionero en el periodismo narrativo en Bolivia, acaba de publicar su libro Los mercaderes del Che y otras crónicas a ras del suelo, que recoge algunos de sus mejores trabajos, historias al detalle. En una entrevista reciente comentaba: “Yo busco siempre algo que me sorprenda, no tanto como periodista, sino como ciudadano común y corriente. En las vidas minúsculas siempre están las grandes historias y para hacer una buena crónica hay que pasar mucho tiempo con los personajes no van a empezar a ocurrir cosas porque uno esté ahí 10 ó 15 minutos, normalmente empiezan a ocurrir cosas increíbles cuando uno se ha mimetizado con el escenario, cuando se entra en confianza con las fuentes”.

Y remata: “Normalmente el foco de los medios se centra los poderosos, en los temas meramente coyunturales que están de moda dos días, una semana o a la mejor un año, como máximo, pero que siempre se desinflan”.

Alex Ayala además tiene una virtud natural: su tartamudez le ayuda a hacer mejores reportajes.

Jon Lee Anderson –sin duda una de las firmas más tremendas del periodismo mundial- estuvo esta semana en Madrid y fue entrevistado en un encuentro digital con los lectores de RTVE.es, dejó algunas perlas como esta: “Una cosa es salir simplemente a informar, otra tener inquietudes que satisfacer. Es importante tener una inquietud social propia, algo que quieres resolver, un porqué más allá de las ganas de informar, no solamente afán de gloria personal. Tienes que tener ganas de participar en la vida. Con eso irás lejos más allá de las adversidades coyunturales”.

Ya, no te fastidia, pero Jon Lee Anderson trabaja para el New Yorker. Un lector le pregunta: ¿Y si fuese ‘freelance’ y si su medio fracasase? “Intentaría seguir escribiendo, aunque no fuera tan bien pagado. Yo aún sé cómo viajar y vivir ‘a lo pobre’. Acabo de venir de las montañas Nuba, en Sudán, donde comí lo mismo que los nativos, bebí agua de calabaza y dormí en el suelo. Cada momento allí había algo que poner en mi libro de apuntes. No me hice periodista para ser rico sino para explorar mundo y sea como sea lo seguiré haciendo, con o sin el New York”.

Gervasio Sánchez pasó 15 años sirviendo paellas en la costa del Levante para poder viajar a la guerra y retratar una y otra vez a las personas que quedaban atascadas en los conflictos: “Al principio fotografiaba lo más evidente de la guerra: los muertos, los heridos, los bombardeos, los refugiados. Después empecé a darme cuenta de que lo duro de la guerra era sobrevivir y me centré en documentar la dignidad de los seres humanos (que desconocen por qué sufren o mueren) en medio del caos”.

Gervasio Sánchez tenía motivos, su trabajo notable y numerosamente premiado, como ‘Vidas Minadas’ que recoge durante 15 años las vidas de los mismos protagonistas rebasa de muy lejos lo que se puede esperar de un reportaje y se convierte en un empeño de vida.

De Ander Izagirre y otros periodistas lentos aprendí que los mejores detalles llegan cuando el entrevistado se olvida que uno es periodista. Y que un viajero es ante todo un tremendo buscador de excusas. En este viaje maltés tuvimos charlas de hasta 5 horas, en las que no quedó más constancia que nuestra memoria. Y sobre todo, entendí y aprendí. Y fueron las más valiosas. Pasada la frustración creo, de verdad, que estoy ante una gran historia.

Pero todo este texto es un pequeño aviso a editores, para cuando abran nuevos procesos de selección acuérdense de buscar estos perfiles: periodistas lentos, buscadores de excusas, fotógrafos cabezones y si hay alguno que tartamudea, mejor.

2 comentarios a “Periodistas lentos, buscadores de excusas, fotógrafos cabezones”

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