Escribirás con el sudor de tu frente

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Había sido un día largo y extenuante. Adbi conducía feliz de regreso a casa y sin dejar de mascar khat. Atravesábamos una de esas “nadas” que se estiran decenas de kilómetros entre un asentamiento de otro de los campos de refugiados de Dadaab. Son pistas en mitad del desierto, rodeadas por bosquecillos de acacias espinosas y termiteros gigantes que se levantan como torreones.  Veredas de arena alfombradas por pedruscos y jalonadas por un extenso catálogo de cadáveres de cabras, burros y vacas exprimidos por la sequía.

En los traqueteos de un campo a otro uno puede deleitarse desde la ventanilla del auto con esta exhibición de carroña en diferentes grados de descomposición: desde un esqueleto completo y limpio, mimetizado ya con el amarillento paisaje, o piezas aún un poco pellejudas que parecen momificadas por el sol y la arena, incluso otras a las que todavía les queda un poco magro putrefacto que donar a las alimañas.

El coche trotaba de bache en bache. Adbi, a menudo, me indicaba cuándo era conveniente al cruzarnos con otro vehículo que subiese las ventanillas de atrás –tintadas- para que no se percatasen de que un blanco iba en el asiento trasero. Otras veces, en cambio, hasta nos parábamos a saludar. Fue en un camino como estos donde se supone que las dos cooperantes españolas de MSF fueron secuestradas el pasado octubre.

Aquella mañana habíamos visitado el hospital de MSF en Dagahaley,  la tarde la habíamos pasado entrevistando familias en los extrarradios de Ifo, husmeando en sus humildísimas chabolas de plásticos, lonas del ACNUR y ramas.  Yo había trepado hasta el alféizar de un depósito de agua en la zona, para tomar algunas fotos “aéreas” del campo de refugiados. El depósito me dio un fogonazo de recuerdo infantil, aquel miedo y gusto de subirse a un tobogán excesivamente alto. La escalera: unos tubos de hierro desnudos y la chapa de arriba ardía igual que aquellos columpios que en verano carbonizaban el culo. Era una tremenda torre de hierro de unos 12 metros coronada por una piscina de agua recalentada y una repisa oxidada no muy resistente.

En el coche, nos reírnos un buen rato escuchando la BBC Somalí que Mohamed me traducía. Entrevistaban a un anciano centenario –otro desplazado somalí en Dadaab desde hace dos décadas- que trataba de recordar las últimas las sequías y la vida de antaño en Somalia pero sobre todo charlataneaba de sus veinte mujeres y casi un centenar de hijos. Adbi y yo reíamos imaginando y diciendo burradas sobre la virilidad del vejestorio.

Mohamed subió el volumen de la radio. Sonaba una canción que le gustaba mucho. Un antigua canción somalí de amor ‘Jar baan ka lushaa’ de la cantante Saado Cali Warsame, una vieja gloria de los 70 y 80. En esta canción cantaba sobre el amor de una joven que no soporta la ausencia de su amado, pierde el apetito y siente su presencia en sueños. Mohamed la tarareaba y la cantaba con voz dulzona, se la sabía de memoria. Daba palmadas. Abdi percusionaba el volante, movía la cabeza y yo seguía el ritmo. “Very famous singer”.

Tras la canción y en la insoportable chicharrina del coche, Mohamed rebuscó entre la guantera, se volvió hacia mí y se me acercó con un aerosol. “Mira, Daniel, esto es un airfresher. Es muy bueno, muy fresquito y huele muy bien”. Lo agitó y esparció un potente perfumillo a flores por el coche. “Mira, mira, que bien, date un poco”, me increpó.

Supongo que el que empezaba a oler a carne putrefacta era yo. Y empezaba a ser un compañero maloliente. Mohamed me hizo una promesa y tiró con sorna a dar. “Igual no los conoces pero los airfresher (desodorantes) son muy buenos, antes de que te vayas de aquí te regalaré uno, ya verás qué bien”.

Y Mohamed cumplió. Mis últimas horas en Kenia las pasé con él y su hermano en el parking del aeropuerto Jomo Kenyatta mascando khat, comiendo cacahuetes, bebiendo cocacola y escuchando música somalí. Una fiesta de despedida en condiciones. Mohamed me colmó de regalos –yo a él también antes de irme, o más bien hice lo que buenamente pude-. Entre una camisa, un palestino y regalos para mi madre y mi padre, allí estaba. Comprado en el supermercado Sundus de Eastleight, el barrio somalí de Nairobi: un desodorante Nivea, con efecto 48 horas y que promete “eliminar el olor corporal”.

“Huele, huele es muy rico. El mejor”, se jactaba Mohamed.  Así, supe este año a los daños colateral –especialmente laterales- a los que sometemos los periodistas a nuestros colaboradores. Hasta hace unos meses reservé esa fragancia keniano-somalí para ocasiones relevantes y periodísticas. Quizás nadie lo notó, pero cuando me entregó el premio la Asociación de la Prensa Navarra llevaba ese perfume de supermercado africano.

Nadie nos advirtió, pero para escribir también hay que sudar.

 

 

P.D.: Estos días toca hacer balance, pero varios impedimentos laborales y de salud me han impedido sudar para escribir.

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