Irse al Cuerno y… volver para contarlo (I)

El viernes regresé del Cuerno de África. O al menos de uno de los rincones donde es posible ser testigo de lo que acontece en aquella esquina baldía y abandonada de la frontera keniano-somalí, donde he pasado una semana muy intensa en los campos de refugiados de Dadaab.

La frontera allí como en muchos lugares de África es apenas un rumor, una línea de lápiz pintada en los mapas que cae recta con milimétrico detalle de escuadra y cartabón durante más de 500 km –desde El Wak hasta Likabere–  y que gira después en 45º de compás para discurrir rectilínea otros ciento y pico kilómetros hasta encontrase con el mar.

Mientras, recorre un pedazo de tierra reseco, puro desierto,  con apenas un par de puestos aduaneros destartalados y testimoniales, donde los milicianos de un inexistente gobierno somalí venden sus armas al primero que les dé unos pocos chelines con los que soportar el sol inagotable del Ecuador. La línea que parte la Tierra en dos, el Norte y el Sur, es tan real como esta misma frontera. Sólo en los mapas y en la imaginación de los geógrafos estas dos líneas se interseccionan y marcan juntas una equis: el punto donde desde 1991 han cruzado cerca de 450.000 somalís para escapar de sus casas.

Entre medio de esos setecientos kilómetros de muga bandidos, guerrilleros islamistas, piratas y contrabandistas acosan a los refugiados, cooperantes y pastores. Van y vienen por erráticas pistas, llanuras inmensas en las que el único cobijo se puede hallar en los atajos entre arenales, hormigueros gigantes, bosques de arbustos espinosos y acacias solitarias.

Hasta Dadaab nos llega la estela, una especie de proyección difuminada y débil, de lo que puede estar ocurriendo hoy en las entrañas de Somalia. Hasta Dadaab, el campo de refugiados más grande del mundo, cada día llegan unos 1.200 somalís que cruzan la frontera en caminatas de más de 20 días de media por el desierto, sin agua, sin comida, con nada más que lo que pueden cargar en los bolsillos. La mayor carga que llevan es lo que han visto y vivido.  Ellos (mayoritariamente ellas) transportan las historias de la sequía, de la hambruna, de los ataques de las milicias, los bombardeos, las violaciones… Ellas son las que dan cuenta de lo que ocurre allí. He estado esta semana escuchando esas historias, que son relatos de supervivientes, de los que al menos consiguen escapar en un alarde de tenacidad y coraje. Y todas son historias terribles.

Me fui al Cuerno para contar, para ver, para palpar la hambruna que ahora mismo afecta a cerca de 12 millones de personas en Somalia, Kenia, Eritrea, Yibuti y Etiopía. La peor parte se la lleva de lejos Somalia, donde la gente no se pone de acuerdo si fue hace cuatro o seis años la última vez que llovió, quizás porque llevar la cuenta de los años que llevan sufriendo la guerra civil, unos 20, les distorsiona cualquier otra.

A pesar de tan tremendas desgracias, me he encontrado con unas gentes que me han tratado con amabilidad, con cariño, con generosidad –a pesar de no tener literalmente nada, si siquiera una lona en la que resguardarse–.

He tratado de escuchar, de aliviar, de hacer sonreír también y de tratar con tremendo respeto a unos individuos que hoy pueden ser retratados como refugiados, pero no es esa la condición que les caracteriza.  Es importante ponerse en su lugar. ¿Cómo me gustaría que me tratasen a mí si estuviese en esa situación? También hay que entender que ser refugiado es una situación, una circunstancia.

Sé que no he captado las imágenes más desgarradoras o las más descorazonadoras, quizás porque ni lo quería ni lo necesitaba. Para relatar esas historias ya suficientemente duras de por sí ha sido importante quizás dedicar unos segundos a jugar y hacer reír a unos chavales (muchos incluso fueron niños soldado), ganarme la confianza de la gente que entrevistaba y llegar a profundizar más en sus relatos sin hacerles sufrir en exceso al recordar. Respetando los tiempos, las pausas, los márgenes, los espacios. Mohamed –mi intérprete, amigo y hermano postizo ahora- fue clave para acercarme a esa gente con cariño y respeto. Él lo supo hacer muy bien. Supongo que es lo de siempre, compartir tiempo con los protagonistas de nuestras historias e implicarnos.

El último día regresé, contraviniendo a las recomendaciones de seguridad de la ONU, en un autobús de línea. No fui el único periodista que ha decidido volver así. No hay nada heroico en eso, más bien hay algo de inconsciencia sobre los riesgos. En teoría la recomendación es viajar escoltado por un convoy armado de la ONU, con patrullas militares y coches con tracción a las cuatro ruedas. Pues bien, yo fui en un descacharrado autocar ‘Zafex Deluxe’, en el que por supuesto era el único blanco. Pero tras esa semana entre esta gente y yendo de la mano de Mohamed sabía que estaba bien seguro.

No quiero extenderme en relatar el camino de regreso ahora, pero fueron 12 horas de viaje, cerca de diez checkpoints (controles militares-policiales) y un pinchazo en mitad de una de esas carreteras que discurren paralelas a esa frontera desértica merodeada y gobernada por bandidos y terroristas. Mohamed me dijo que tenía algunos asuntos que hacer en Nairobi al día siguiente, yo creo que era mentira y que simplemente se veía en la obligación moral de acompañarme. Así lo hizo, viajó conmigo esas doce horas hasta Nairobi.

En el autobús todo el mundo curioseaba, me preguntaba cosas, me decían si estaba cómodo, si todo iba bien. Se preocupaban y mimaban unos a otros. Incluso cuando alguien resultaba retenido en uno de los checkpoints porque quizás su cédula de refugiado o sus papeles no estaban en regla, se avisaba al chófer para que esperase un rato, a ver si podíamos repescar a esa persona y no dejarla tirada allí. Cuando alguien se sintió indispuesto, nadie refunfuñó y se pidió por favor al chófer que parase. Y cuando llegó el pinchazo, todos se bajaron, trataron de echar una mano, no hubo queja alguna. Todos están acostumbrados y es habitual. Era sólo cuestión de esperar. Es también la concepción africana del tiempo. Basta con llegar al destino, no importa tanto el cuándo.

Y eso que estar varado en una de esas carreteruchas próximas a la frontera supone exponerse irremediablemente a que se cruce algún coche de contrabandistas o asaltadores que encuentren – como hienas- a una presa fácil: un autobús lleno de pasajeros y llevarse lo poco que tiene esta gente.

Sin embargo, la actitud de todo el pasaje no era de derrotismo, de resignación pasiva. “¡Es que esa gente no sabe quejarse!”, que dicen algunos en Europa. Era una actitud de cordialidad, de comprensión, de amabilidad. “Cuando tengamos que salir saldremos”. Y no es derrotismo, sino realismo. ¿Para qué vamos a jalear al chófer, decirle lo mal que lo ha hecho, lo inútil que es…? ¿De qué sirve? ¿Acaso él no está sufriendo el mismo trance? Mejor dejarlo tranquilo, echarle una mano, debatir con el compañero del asiento de al lado que si la suspensión está bien o mal, que si quiere un refresco, etc…

Al final llegamos hacia las ocho de la noche al Eastleigh, el barrio somalí de Nairobi, el pequeño Mogadiscio. Al día siguiente Mohamed no sólo me acompañó al aeropuerto y me despidió junto a su hermano hasta que crucé el control policial, si no que –y me da vergüenza decirlo- me colmó de regalos, para mí y para mi familia. Me da vergüenza porque él que había trabajado como traductor para mí, podía haber cobrado su salario y olvidarse de mí. El negocio es el negocio. Supongo que es lo que cualquiera esperaría en una situación similar en Europa. Sin embargo me brindó su cariño y su amistad. Y yo a él. Algo que sólo es comparable a lo que ya he vivido en Asia o en América del Sur.

 

Unas horas más tarde aterricé en Londres.

Me había ido al Cuerno y volvía para contarlo.

El vuelo que debía despegar a las 9.25h de Londres camino a Madrid despegó seis horas más tarde, a las 15.00h. El capitán indicó que debido a unos problemas técnicos, el avión no reunía las condiciones para volar ese día y que debían cambiarnos de avión, que lo harían en el menor tiempo posible. Nos dieron un pequeño cheque de cinco libras para tomar un refresco mientras esperábamos. Y pidieron perdón repetidas veces.  Me hice la composición mental de que aquello era más grave que pinchar un neumático en el desierto y me dediqué a tratar de esperar con tranquilidad. Las quejas, la indignación, los reproches al personal de tierra, el jaleo que armaron los pasajeros fue considerable conforme pasaban las horas. Un alboroto tremendo.

Por supuesto, es un retraso y es bueno reclamar como consumidor lo que uno se merece. Pero es ridículo tratar de acelerar un proceso o cargar contra empleados que no tienen culpa de nada. Y quejarse incluso de la miseria con la que la compañía obsequiaba, esas cinco libras esterlinas.

En cualquier caso, lo más tremendo del viaje de regreso fue lo que ocurrió después. Apenas faltaban 20 minutos para aterrizar en Madrid cuando un joven  -dos asientos más atrás del mío- sufrió un ataque epiléptico. Quedó inconsciente y lo tumbaron sobre el estrechísimo pasillo. Por megafonía el sobrecargo pronunció esas palabras que sólo deseamos oír en las películas: “Por favor, ¿hay algún médico a bordo?”.  Una joven enfermera española en prácticas y un médico londinense de origen hindú atendieron al joven. Le insuflaron oxígeno y trataron de espabilarlo.

Todo esto aceleró y precipitó nuestro aterrizaje unos minutos. Al aterrizar una ambulancia se acercó al avión y el capitán avisó amablemente de que por favor nadie se levantase ni tratase de salir del avión hasta que el personal sanitario llegase, atendiesen al joven –que estaba aún tirado en el pasillo pero aparentemente consciente- y se lo llevasen. Pidió comprensión.

Lo que ocurrió a continuación fue simplemente fuera de toda razón: algunos (bastantes) pasajeros fueron incapaces de permanecer esos dos o tres minutos sentados en sus asientos. Se levantaron, empezaron a remover sus cosas, a recoger sus maletas y dirigirse hacia la puerta, contraviniendo las indicaciones del capitán, pero lo más grave tratando de ganar quizás unos segundos, de arañar un tiempo insignificante en contrapartida al respeto por la persona enferma. El personal sanitario aún no se había llevado al joven y esa gente ni podía abandonar el avión y además entorpecía la labor de los ATS. Pensé inmediatamente en mi viaje en autobús de escasas 24 horas antes.

Creo que hacer juicios morales es muy feo. Nadie tenemos el derecho a agarrar la vara con la que medir a los demás. Al menos yo no, pero quizás la gente de ese autobús somalí sí.

Ver que aún ya en una situación extrema –que alguien sufra un ataque a bordo de un avión- algunos individuos sean incapaces de prestar dos o cinco minutos más de su vida por decencia y dignidad, por cortesía, por solidaridad a otra persona, creo que fue sin duda lo más duro, lo más cruel que he visto en estos diez días de viaje. La realidad más terrible. Sin edulcorantes. Eso ha sido lo más terrible de este viaje.

En el Cuerno de África, en Somalia, en Kenia o en Etiopía, ahora no hay comida, no hay agua, no hay nada de nada. Y es cierto que el expolio de África ha sido descarnado y descontrolado. Pero por lo visto, de todo lo que nos llevamos los europeos, los occidentales de allí, quizás nos dejamos otras cosas, las abandonamos porque no nos cabían en las manos, no podíamos arramplar con todo y tuvimos que escoger que dejábamos. Parece ser que lo que nos olvidamos allí fue la dignidad, la decencia y la generosidad.

 

* * *

En los próximos días, desde hoy, comenzaré a relatar en diferido mi viaje y las crónicas –los testimonios- de la gente que conocí en Dadaab.

8 comentarios a “Irse al Cuerno y… volver para contarlo (I)”

  1. Marc Roig Tió

    Bien, bien, bien. Atentos estaremos a estas crónicas que vayas publicando; ¡¡¡y qué comienzo!!! Muy cierto en lo que opinas sobre las prisas y la dignidad, pero si tuviste la suerte de subir a un matatu por Nairobi o cualquier otra ciudad keniana… también dan ganas de pedirles que se tranquilicen. Nadie hace caso de los semáforos y el arcén (o el espacio entre dos coches) es un carril adicional para adelantar o meter codo para demostrar quién manda ahí.
    Bueno, lo dicho, a leerte.

  2. Dani

    Gracias, Marc. Pero ya no se trata de los matatus, de la educación o de los semáforos. Se trata de que toda esa gente ahora son refugiados y que han vivido unas circunstancias que nosotros sólo podemos llegar a imaginar.

    Hoy, Ander Izagirre en su blog recuerda las vivencias de los pastores vascos que emigraron a América. Y hace tres años él dejaba escritas unas palabras que yo no he podido expresar con tanta contundecia y que son extensibles tan bien a estos refugiados somalís, a los que ví el otro día antes de aterrizar en Barajas:

    «Admiro de todo corazón a esta gente. Vivieron vidas impensables para nosotros. Y nosotros somos mucho más blandos y encima más quejicas, más caprichosos y más presumidos».

    No debemos sentir compasión por los refugiados, sino admiración y comprensión. Gracias, Marc, por todo. Ya tu sabes.

  3. Andrés

    Bien de bien. Muy delicado el fragmento del trayecto en bus. De lo del avión, ya sabes, así semos (y supongo que así seremos).

    Te seguiremos leyendo, y pronto habremos de hacer vídeos! Amos, digo yo.

    Abrazo.

  4. Luis

    Bien ahí, gurí.
    Lo del avión, ta. Lamentable.
    Esperamos con ansias todo lo que has visto, oído y sentido.

    Abrazo

  5. Iñaki Makazaga

    ¿En qué nos hemos convertido? Si somos incapaces de dedicar un minuto a gente de aquí, cómo vamos a atender a los que viven a miles de kilómetros de nosotros. Menos mal, que todavía queda gente como tú para arrojar luz sobre esos lugares no olvidados, sino marginados. La ONU reclamaba mil millones de dólares para sofocar la hambruna del Cuerno de África y nada, todavía no se consiguen. En lo que llevamos de guerra en Afganistán, Estados Unidos ha invertido 3 billones de dólares… No podemos juzgar, pero tampoco quedarnos en silencio. Espero con ilusión escucharte de nuevo :)
    Ongietorri!

Deja un comentario

Un poquito de HTML está permitido. Tu dirección de email no será pública.

Subscribe to this comment feed via RSS