En realidad, siempre estoy en casa

Aunque mientras escribo estas letras estoy en Nairobi y sé que puede resultar irritante titular así esto, hace no mucho que sé que casi siempre estoy en casa. Me lo enseñó Cees Nooteboom (La Haya, 1933), un reportero holandés –aunque tiene nombre de cabaretera y vedette de los 70—, viajero y escritor con una afilada curiosidad y tremenda ironía.

Este año creo que no he pasado ni un solo mes entero en “casa”, físicamente vamos, en mi hogar pamplonés. Salí un 25 de enero camino de Kirguistán, regresé tres meses más tarde, el 25 de abril, y me marché el 4 de mayo a Uruguay, dos meses más tarde abandonaba Montevideo para patear Chile y Bolivia. Pisé mi hogar hace un mes, el 26 de julio y desde el lunes 29 de agosto estoy en Nairobi, Kenia. He venido unos días para viajar a la frontera con Somalia y documentar en los campos de refugiados la crisis humanitaria en el Cuerno de África. Todo esto sin más soporte que el de mis ahorros, tratar de ser austero y un macuto de optimismo.

Sin embargo, tras estos meses de nomadismo –decía el propio Nooteboom que esto es una versión moderna del zingarismo- tengo el sosiego que produce sentirse siempre en casa, el confort de estar a gusto con uno mismo, la tranquilidad de que todo está en orden.

Compré Hotel Nómada de Cees Nooteboom en una librería Montevideo, es un librito que reúne algunas de sus crónicas de los años 70 en Gambia, Malí, el Sahara, Bolivia y México. Aunque ya me lo he leído viajo con él –tengo la manía de guardar mis billetes de avión dentro de un libro cuando viajo—.

Lo que más releo y releo una y otra vez de este libro es el prólogo. Todo gran libro de viajes siempre tiene antes de nada una excusa y pretexto del calambre viajero.  Aquí, en Hotel Nómada es una reflexión humilde y contundente sobre el impulso del viaje y las perspectivas que lo conforman.

Ahí va un fragmento del prólogo:

No es éste momento para hacer un ensayo sobre la esencia del viaje, pero hay dos cosas que creo merece la pena destacar: quien viaja continuamente nunca para en el mismo sitio –visto desde su perspectiva—y, por lo tanto, siempre está ausente –desde la perspectiva de los demás, de los amigos—. Y es que, para ti mismo, estás en efecto “en otro sitio”, es decir, no estás aunque en realidad estás, es decir, estás en ti mismo. Este razonamiento puede parecer una simpleza, pero es que se tarda un tiempo en comprender que es así. Porque siempre existen los demás que te abordan con su incomprensión. No sé cuántas veces he tenido que escuchar el dicho de Pascal: “Las desgracias del mundo se deben a que la gente no es capaz de permanecer veinticuatro horas seguidas en una habitación”. Con el tiempo he ido comprendiendo que no eran ellos sino yo el que estaba siempre en casa, es decir, en mí mismo.

Sin embargo, el acto de viajar se veía confrontado una y otra vez con las preguntas de los que se quedan en casa. En cada entrevista se me formulaba, de un modo compulsivo, la misma pregunta en tantísimas ocasiones que ya ni recuerdo con qué mentiras eludía la respuesta. “¿Por qué viaja usted? ¿Por qué viaja usted tanto?”. Y añadían, en tono acusador: “¿Acaso se trata de una huida?”. Preguntas estas con las que mis entrevistadores pretendían y pretenden demostrarme que lo que yo hago es huir de mí mismo. Ello suscita en la imagen de un yo diabólico, patético y desgarrado que me obliga continuamente a emprender el camino hacia el mar o el desierto, porque la respuesta verdadera –que tiene que ver con el aprendizaje y la meditación, con la curiosidad y el asombro—carece de la espectacularidad deseada.  […]

Viajar también es algo que hay que aprender, es una permanente transacción con los demás en la que, al mismo tiempo uno está solo. En ello reside también la paradoja: uno viaja solo en un mundo dominado por los demás. Ellos son los que poseen la pensión en la que pretendes alojarte, ellos son los que deciden si tienes plaza en el avión del vuelo semanal, ellos son los que son más pobres que tú y creen poder sacarte el dinero, ellos son los que son más poderosos que tú y pueden negarte un sello o un papel, ellos hablan lenguas que tu no entiendes, ellos son los que se sientan a tu lado en un transbordador o en el autobús, ellos son los que te venden alimentos en el mercado y te envían a la dirección correcta o equivocada, a veces son peligrosos aunque la mayoría de las veces no lo sean… Todo esto es lo que tienes que aprender: […] cómo reconocer el significado de un gesto o una mirada, porque, por muy solo que viajes, siempre estarás rodeado de otras personas, de su mirada, de su acercamiento, de su desprecio, de su expectación, y es que cada lugar es diferente y las cosas nunca son como estás acostumbrado en tu propio país.

Aquellos primeros viajes inauguraron el lento aprendizaje de lo que más tarde sería necesario en Birmania y Mali, Irán y Perú, pero ni eso sabía yo entonces. Bastante tenía por no dejarme derribar por la oleada de impresiones, me faltaba tiempo para pensar en mí mismo, viajaba y escribía como quien no sabe aún ni viajar ni escribir. Por aquel entonces yo sólo sabía mirar y tratar de envolver en palabras aquello que veía. Todavía no había elaborado teorías acerca del mundo con las que interpretar la confusa realidad que percibía a mi alrededor. Todo aquello de lo que aún no era capaz puede observarse en estos primeros relatos.

A lo mejor es cierto que el verdadero viajero se halla continuamente en el ojo del huracán. El huracán es el mundo, el ojo, aquello con que el viajero contempla el mundo. La meteorología nos enseña que en el interior de ese ojo reina la calma, tal vez la misma calma que en la celda de un monje. Quien aprenda a mirar por ese ojo, quizás aprenda también a distinguir lo esencial de lo fútil o, cuando menos, a ver en qué se diferencian y en qué son iguales las personas y las cosas. Según Baudelaire, los viajeros parten por partir y lo hacen cargados de falsas ilusiones.  Los viajes dejan en el hombre un poso de “amarga sabiduría” al enfrentarse con un “mundo, pequeño y monótono, que ayer, hoy y mañana nos devuelve una imagen de nuestro propio ser: un oasis de horror en un desierto de hastío”. Visto desde esa perspectiva, cabría decir que quien huye de la realidad es aquel que se queda en casa sometido a la rutina de la vida diaria, porque no puede soportar la amarga sabiduría que proporciona el viaje. A mí me da igual quién sea el héroe, lo importante es que cada cual siga los dictados de su alma, cueste lo que cueste.

Hace mucho tiempo, cuando aún no podía saber lo que sé ahora, opté por el movimiento, y más adelante, cuando ya sabía mucho más, comprendí que ese movimiento me permitía encontrar la calma indispensable para escribir, que el movimiento y la calma, en cuanto unión de contrarios, se equilibran mutuamente, que el mundo –con toda su fuerza y dramática y su absurda belleza y asombrosa turbulencia de países, personas e historia—es un viajero él mismo en un universo que viaja sin cesar. En palabras de Ibn ‘Arabï: “En cuanto ves una casa, te dices, aquí me quedo, pero nada más llegar a la casa, ya la estás abandonando para partir de nuevo”.

5 comentarios a “En realidad, siempre estoy en casa”

  1. Ander

    Ese prólogo es uno de los prologazos de libros viajeros, con el de Bouvier en “Los caminos del mundo”, con algunos de Steinbeck, de Pla… Si no lo has leído, Dani, te va a encantar “El desvío a Santiago”, también de Nooteboom.

  2. Dani

    Es un prólogo excelente. Reconforta. Y algunas de las crónicas del libro también me encantan. No he leído “El desvío a Santiago”. Me cae bien este Nooteboom. “Los caminos del mundo” me lo tendrás que prestar porque creo que no está ya en ninguna librería… ¿o me confundo con otro libro de título parecido? ¿Era de Península Ed., no? De Pla he leído “Viaje en autobús”.

    De Colin Thubron también hay buenos detalles, me gusto en algún lugar de “La sombra de la Ruta de la Seda” en el que explicaba que su miedo cuando emprendía un viaje es que no ocurriese nada: que no lograse conectar con “los otros”. También explica su necesidad de aprender idiomas de los lugares a los que viaja.

    P.D.: También uno está siemrpe en casa porque fuera de su contaxto siempre tiene más presentes a toda la gente que echa de menos, y eso es importante.

  3. Ander

    “Siga esta carretera hacia el este. Si no le conviene, elija otra”. Ella Maillart a Nicolas Bouvier, cuando éste la visitó para preparar su viaje de Suiza a la India. 1953.

  4. Andrés

    Me encanta. Ya lo comentamos. Cuéntanos después cómo ha ido eso, ¿eh? Que algunos demás tenemos sitio de sobra en casa para que dejes la tuya un rato.

    abrazo gordo

  5. raul

    Excelente reflexión sobre el interior de cada uno,pero yo me quedo con “Perdidos en el paraiso”me parece mucho más dinámica

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