Equivocaciones y reencuentros en Potosí

La sombra del avión se proyectaba cada vez más y más grande, zampándose las manzanas cuadriculadas, empolvadas y amarillentas de El Alto. La aeronave se abalanzaba sobre los tejaduchos de chapa y calamina. Esos que reflejan mil soles, como si fuesen una huerta fotovoltaica levantada por ingenieros neolíticos: apañada, remendada con plásticos, alambres, trapos, cuerdas, maderos y hierros.

Después de un vuelo entero aplastando la nariz contra el ventanuco del aeroplano para observar fascinado las tierras de los incas: el desierto de Atacama, las llanuras de Arica, la brutalidad del Océano Pacífico dando dentelladas al desierto y los Andes con sus cumbres piramidales nevadas… Después de todo eso, El Alto con sus casas y calles rebozadas en basurales y polvo, el barrio más desamparado de La Paz, donde se sitúa el aeropuerto internacional, me hacía de cartel de bienvenida a Bolivia. Y recordé entonces una cita que el ex dictador boliviano Barrientos le dijo en los años 70 al periodista holandés Cees Nooteboom: “Somos un mendigo ocupando un trono de oro”.  Dos años después de mi primera visita, parecía que ahí debajo, ahí, seguía Bolivia tal y como la había dejado dos años atrás.

Todas las colinas que cercan La Paz –con el tremendo monte Illimani (6.462 metros) como trono al fondo-  están salpicadas por esas casuchas que se esparcen sin descanso por todos los lados y laderas de la capital.

Bolivia es otra Sudamérica. Poco que ver con lo conocido en Chile o Uruguay. La primera señal de que volvía a estar en Bolivia: el silencio del taxista. El chófer, un arrugado cincuentón de piel cobriza, era muy boliviano: muy silencioso, muy amable y muy discreto. Nada que ver con el joven chileno que me había conducido al aeropuerto de Arica esa mañana, tertuliano incansable sobre meteoritos, asteroides, marcianos, la crisis y Barack Obama, más de 30 minutos de tunda. El boliviano, en cambio, era el primer taxista en mucho tiempo que no tenía ganas de hablar con su pasajero. Apenas cruzamos unas palabras, sólo cuando yo intenté forzar la conversación. Y él contestaba a cuchicheos.

Durante el rally de descenso desde el aeropuerto internacional de El Alto, cayendo por curvas que culebrean una detrás de otra, vi a una niña que arreaba dos ovejas chiquitas entre una basural, una escombrera de bolsas de plástico y chatarra. Pastoreaba entre desperdicios.

El Sol de la cinco de la tarde pintaba todo aún más de ocre. El olor a tubo de escape y el aire enrarecido por los 3.600 metros de altitud eran otro de esos aromas característicos que recordaba de esta ciudad. En una plazoleta grande del barrio de El Alto varias cholas cruzaban la carretera a paso ligero campaneando sus faldas de un lado a otro.  Las pintadas que decoraban los arcenes reivindicaban con lemas parecidos a los de hace dos años.

Al día siguiente, enciendo la televisión: el defensor del pueblo, Rolando Villena, denuncia públicamente que a fecha del 11 de julio podría haber hasta 15.000 menores desaparecidos que habrían salido del país sin permiso de sus padres. El tráfico de menores entre 2008 y 2010 había aumentado un 26%. Villena hizo una denuncia aún más grave: en la región de Potosí se venden niños por 20 y 50 bolivianos (entre 2 y 5 euros).  Pero también advirtió que no tenían mecanismos para contabilizar con certeza el número de menores desaparecidos.

Ese mismo día La Paz amanecía bloqueada. Los alteños cortaban la principal carretera de salida desde la capital administrativa hacia el sur del país. La Paz sólo tiene una arteria que la comunica con el sur y esa pasa obligatoriamente por el barrio del El Alto, donde también están los principales depósitos de gasolina.

La ciudad entera sin abastecimiento de petróleo y sin autobuses ni coches que pudiesen viajar ni abandonar la capital. Manifestaciones, paros y huelgas ya clásicas en un barrio que sabe que puede echar el cerrojo a La Paz. “Los alteños son bien bravos”, repetía la gente en la calle.

¿Y qué pedían? Lo básico, decían ellos y sus líderes vecinales: Agua, luz y alcantarillado. El alcalde les había vuelto a prometer de nuevo que por lo menos construirían alcantarillas y cablearían luz para ese barrio que en su mayoría vive sin las condiciones mínimas para la vida urbana (y humana). Sin agua potable ni corriente, sin luz, sin gas y sin más saneado público que zanjas y acequias. Pero todos los gobiernos saben que es bueno tener un plan B: en vez de invertir en mejorar la vida de los alteños –o mientras tratan de hacerlo- por si acaso está construyendo una gran autopista que salga desde La Paz a las ciudades del sur (Cochabamaba, Potosí, Sucre…) pero sin pasar por el conflictivo y abandonado barrio. Así quitarán a los alteños el único as que tienen en la manga para hacer presión, para reclamar unas condiciones sanitarias y de habitabilidad nada pretenciosas.

Así las cosas, sin saber si quiera si sería capaz de viajar a Potosí por el bloqueo de la ciudad, la sensación que me dio en las primeras horas de mi regreso a Bolivia fue que el cambio más sustancial en este país había sido desde que Ander y yo estuvimos en 2009 que ahora en las monedas, en los pesitos bolivianos, en vez de leerse la leyenda “República de Bolivia” aparecía la inscripción “Estado Plurinacional de Bolivia”. Carambolas institucionales tras aprobarse la nueva constitución. Por lo demás, el país parecía despertarse como entonces.

Por suerte y como buen periodista: ME EQUIVOQUÉ.

Conseguí salir de La Paz dos días más tarde y viajar a Potosí: Diez horas de traqueteo nocturno en un autobús con la ventanilla rota, en la que se colaba un airecillo a 10 grados bajo cero que impedía dormirse. El invierno andino es cruel. Pero mereció mucho la pena viajar al borde de la hipotermia.  Mucho: Conseguí revisitar a los mismos niños mineros que habíamos conocido dos años antes y que yo había retratado para el reportaje con el que recibimos el galardón Manos Unidas de Periodismo en 2010.

Y el placer, el lujo, de revisitar a los protagonistas de una historia tan importante para mí –para Ander, y para mucha otra gente que la conoció de primera mano como Javier Marrodán, Eider Elizegui, Elena Antúnez y otros- es algo que excede lo periodístico.

Es un lujo poder regresar al mismo lugar dos años más tarde y ver cómo ha cambiado la vida de alguno de esos protagonistas. Confirmar, sellar de alguna forma la confianza que esa gente una vez deposita en un desconocido –y además periodista– cuando le abre su corazón, le cuenta sus vivencias. Se constata así por las dos partes que existe una conexión, una implicación que va más allá del puro interés informativo.  Y ellos también ven sorprendidos cómo nosotros los periodistas no somos sólo una piedra o una flecha que les roza tangencialmente en un momento de sus vidas, que los retratamos como víctimas en un instante de su vida y nos quedamos ahí. El cariño que brinda esa gente de nuevo y el cóctel de sentimientos que provoca regresar es tremendamente valioso. Impagable. Pero no nos engañemos, esto es algo que obviamente ocurre muy excepcionalmente. Casi nunca uno puede revivir ese reencuentro con los protagonistas de una historia.

También regresé a Potosí por un compromiso firme con la Escuela Robertito y toda la gente que ha colaborado con él. Ese proyecto que de forma humilde, voluntaria y gracias al apoyo de mucha gente iniciamos hace un año en www.mineritos.org para conseguir el presupuesto de esta escuela, unos 7.449 euros para poder dar asistencia a 70 chavales/as durante un año.

Hoy, tenemos la enorme alegría de comunicar a todos esos cientos de personas desinteresadas que a poquitos y a poquitos han ido juntando ese dinero que el pasado viernes 26 de agosto Ander Izagirre realizó el último ingreso de 1.600 euros que completa junto a las trasferencias que habíamos hecho anteriormente ese total de 7.449 euros, el presupuesto de la escuela para todo este año 2011.

Visité la escuela y a sus niños. El recinto está en condiciones muy precarias: el suelo y las paredes tienen unas grietas enormes causadas por las detonaciones de dinamita que se realizan en las cercanías. La propia escuela está en medio de varias bocaminas, a unos 4.300 metros de altitud, en pleno cero minero.

Sin embargo, con ese presupuesto se da no sólo un salvavidas para esos 70 niños y adolescentes de los sectores mineros, se les ayuda y empuja a que construyan por sí mismos un futuro mejor, una alternativa al cerro. De hecho, visité también un taller de carpintería que la Fundación Voces Libres ha instalado en el barrio de San Cristóbal. Un taller en el que forman a mujeres y adolescentes –ex mineros- que no sólo ha conseguido dar formación sino además ser eficiente y tener suficientes encargos de clientes como para autosostenerse.

Pero el mayor cambio, el que hace que me tenga que retractar de que nada ha cambiado en Bolivia son algunas historias como la de Carmen Quispe.

‘La Carmensita’ es una de las doce niñas y niños que retraté en 2009. Hace dos años Carmen Rosa tenía 12 y me contaba que ayudaba todos los días dos o tres horas a su mamá en la mina, juntando restos de minerales, desperdicios de los mineros y con eso sacaban unos pesitos. Su mamá, Doña Elena, es serena o guarda de una de las bocaminas, se encarga de custodiar en su casa el material de los mineros. Hace dos años Carmen se quejaba de que “había mucho polvo” en la mina y que en el futuro le gustaría ser profesora de educación física.

Traté de buscar a todos los chavales que fotografié en 2009, me reencontré con muchos, pero a algunos les había perdido la pista, otros habían enfermado, una de ellas –Anastasia, una fortachona muchacha quechua de 15 años- se había casado, algún adolescente había abandonado la escuela para seguir en la mina y a algún otro lo había expulsado del centro. En general, había una buena colección de historias trágicas, pero también de historias que invitan al optimismo.

Por suerte, Carmen Quispe sigue en la escuela.

Y sigue gracias a una de las becas que la Fundación Voces Libres y la Escuela Robertito le han ofrecido. Carmen se esfuerza aún en ayudar a su mamá y a sus hermanos en las tareas del hogar y en la mina, pero ha continuado sus estudios. Ha obtenido buenas calificaciones y Voces Libres le apoya con 1.500 bolivianos anuales (unos 150 euros) con los que se paga su material escolar y se le garantiza la asistencia al colegio. Además tiene que contribuir como voluntaria un par de días a la semana limpiando esa serrería y carpintería que la fundación ha levantado.

Carmen ha estado muy enferma este año, pero gracias también a la labor de la fundación ha mejorado. Carmen sigue asistiendo al centro de CEPROMIN donde yo la retraté hace dos años. Vive con su mamá, Doña Elena, que es la portavoz de las mujeres del sector de La Plata del Cerro Rico; además conviven en una casita de adobe de no más de 15 metros cuadrados su hermano carlos de 17 años –que trabaja como minero-, su papá, y su hermanito Cristian de 4 años. Su hermana Adelaida de 24 años vive con su marido y su familia.

Por desgracia, dada la situación económica de la Fundación y de las asociaciones mineras como CEPROMIN sólo se puede becar a un niño por familia, se dan las becas a aquellos muchachos y muchachas que mejores calificaciones obtienen en la escuela y más posibilidades hay de que salgan adelante. Por su parte CEPROMIN sigue acogiendo a todos los niños de las familias mineras y les ofrece varias comidas al día, agua potable, duchas, higiene y atención sanitaria. La Escuela Robertito también brinda esos servicios a sus alumnos, y a partir de ahora, un año más podrá hacerlo gracias a la ayuda desinteresada de mucha gente que ha logrado juntar esos 7.449 euros.

Así pues, la historia de Carmen Quispe y la de otros, es uno de esos pequeños indicadores que nos dicen que sí, que las cosas sí han cambiado en Bolivia, que gracias al esfuerzo de mucha gente, es posible empujar el mundo unos centímetros en una dirección más digna, más correcta, más buena.

Os dejo además de las fotos el testimonio de Doña Elena, la madre de Carmen Rosa Quispe, que por cierto es la prima de Abigaíl Canaviri, la niña minera que conocimos hace dos años y que esta vez por desgracia no pude visitar. Prometo contar más historias de mi regreso a Bolivia y de todos y cada uno de los chavales que retraté.

Pido disculpas por el vídeo que sigue a continuación, no ha sido editado en condiciones y es simplemente una reunión de cortes en bruto de una entrevista. Regresé de Bolivia también esta vez con mucho material audiovisual con el que espero componer algunas piezas cortas.

Aquí un adelanto:

6 comentarios a “Equivocaciones y reencuentros en Potosí”

  1. mr. shy

    También es un lujo ser testigo del desarrollo de esta historia. Muchas gracias.

  2. Dani

    Mr. Shy, no hay por qué dar las gracias. Aunque no todo fueron historias positivas. Hubo de todo. Ha sido muy bonito volver allí. Abrazo.

  3. Montanosaul

    Una pregunta. ¿Dónde puedo encontrar la entrevista de Cees Nooteboom al exdictador boliviano Barrientos?

    Te agradecería si me la hicieras llegar a mi correo.

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