Hacer la de Elizabide, sin explicaciones bruscas

El martes regresé de Montevideo, Uruguay, donde he pasado mi segundo invierno este año desde mayo hasta el lunes 25 de julio, gracias a la cortesía de la Universidad de Montevideo que me invitó para dictar un curso/ taller de fotoperiodismo.

La verdad es que me han tratado de forma cariñosa, amable y mis alumnos han sido excepcionales, juntos hemos aprendido mucho. Y en el curso más que fotoperiodismo he tratado de enseñar con mis errores –de los que he ido aprendiendo estos años- y con excelentes ejemplos de grandes periodistas el gusto por contar historias que exceden el ámbito de la prensa del día y más allá de la foto –yo soy periodista, no fotógrafo- la forma de elaborar y mimar a nuestras historias, nuestros entrevistados y nuestros textos. En breve presentarán muchos alumnos sus proyectos finales y algunos tienen muy buena pinta.

El caso es que el lunes, al amanecer, me marché de Montevideo sin poder despedirme de esa tierra y esas gentes que tan amablemente me han tratado y recordé entonces un cuento de Pío Baroja que encontré un día en una librería montevideana. Tuve miedo de hacer la de Elizabide, el vagabundo, sin explicaciones bruscas. El cuento fue publicado por primera vez en 1902. Estas son las primeras líneas:

Muchas veces, mientras trabajaba en aquel abandonado jardín, Elizabide el Vagabundo se decía al ver pasar a Maintoni, que volvía de la iglesia: «¿Qué pensará? ¿Vivirá satisfecha?»  ¡La vida de Maintoni le parecía tan extraña! Porque era natural que quien como él había andado siempre a la buena de Dios, rodando por el mundo, encontrara la calma y el silencio de la aldea deliciosos; pero ella, que no había salido nunca de aquel rincón, ¿no sentiría deseos den asistir a teatros, a fiestas o diversiones, de vivir otra vida más espléndida, más intensa?

Y como Elizabide el Vagabundo no se daba respuesta a su pregunta, seguía removiendo la tierra con su azadón, filosóficamente. «Es una mujer fuerte -pensaba después-; su alma es tan serena, tan clara, que llega a preocupar. Una preocupación científica, sólo científica, eso, claro.» Y Elizabide el Vagabundo, satisfecho de la seguridad que se concedía a sí mismo de que íntimamente no tomaba parte en aquella preocupación, seguía trabajando en el jardín abandonado de su casa.

Era un tipo bastante curioso el de Elizabide el Vagabundo. Reunía todas las cualidades y defectos del vascongado de la costa; era audaz, irónico, perezoso, burlón. La ligereza y el olvido constituían la base de su temperamento; no daba importancia a nada, se olvidaba de todo. Había gastado casi entero su escaso capital en sus correrías por América, de periodista en un pueblo, de negociante en otro, aquí vendiendo ganado, allá comerciando en vinos.

Estuvo muchas veces a punto de hacer fortuna, lo que no consiguió por indiferencia. Era de esos hombres que se dejan llevar por los acontecimientos sin protestar nunca. Su vida, él la comparaba con la marcha de uno de esos troncos que van por el río, que, si nadie los recoge, se pierden, al fin, en el mar. Su inercia y su pereza eran más de pensamiento que de manos; su alma huía de él muchas veces; le bastaba mirar el agua corriente, contemplar una nube o una estrella, para olvidar el proyecto más importante de su vida, y cuando no lo olvidaba por esto, lo abandonaba por cualquier otra cosa, sin saber por qué, muchas veces.

Últimamente se había encontrado en una estancia del Uruguay, y como Elizabide era agradable en su trato y no muy desagradable en su aspecto, aunque tenía ya sus treinta y ocho años, el dueño de la estancia le ofreció la mano de su hija, una muchacha bastante fea, que estaba en amores con un mulato. Elizabide, a quien no le parecía mal la vida salvaje de la estancia, aceptó, y ya estaba para casarse cuando sintió la nostalgia de su pueblo, del olor a heno de sus montes, del paisaje brumoso de la tierra vascongada. Como en sus planes no entraban las explicaciones bruscas, una mañana, al amanecer, advirtió a los padres de su futura que iba a Montevideo a comprar el regalo de bodas; montó a caballo, y luego en el tren, llegó a la capital, se embarcó en un transatlántico, y después de saludar cariñosamente a la tierra hospitalaria de América, se volvió a España.

Llegó a su pueblo, un pueblecillo de la provincia de Guipúzcoa; abrazó a su hermano Ignacio, que estaba allí de boticario; fue a ver a su nodriza, a quien prometió no hacer ninguna escapatoria más, y se instaló en su casa. Cuando corrió por el pueblo la voz de que no sólo no había hecho dinero en América, sino que lo había perdido, todo el mundo recordó que antes de salir de la aldea ya tenía fama de fatuo, de insustancial y de vagabundo.

Él no se preocupaba absolutamente nada por estas cosas; cavaba en su huerta, y en los ratos perdidos trabajaba en construir una canoa para andar por el río, cosa que a todo el pueblo indignaba.

 

Elizabide y yo tenemos bastantes cosas en común, aunque no me intentaron casar, a veces sí que soy un poco como ese tronco que si nadie lo para termina en el mar. Este año ha sido completamente vagabundo: tres meses en Asia Central y dos meses  en Uruguay y un tercer mes errando por Chile y Bolivia. Si hay más similitudes, que cada cual saque sus conclusiones. Olor a heno no hay mucho, pero a Pamplona la vi ayer espléndida.  Y la calma y el silencio de la aldea sí son deliciosos.

Por si acaso, aprovecho a excusarme de esa gente de Montevideo a la que dije que salía a comprar algo y no regresé. Gracias a todos/as por estos meses uruguayos.

 

P.D.: El resto del relato de Elizabide se puede leer en Cuentos, de Pío Baroja, editado por Alianza en edición de bolsillo o rescatarlo por Google para leer. La foto, Montevideo.

Deja un comentario

Un poquito de HTML está permitido. Tu dirección de email no será pública.

Subscribe to this comment feed via RSS