Sanhattan, Saturno, Sonido, Salpicones: Santiago

 

En la plaza de Armas de Santiago ofrecen vuelos muy low cost: “Viaje a Saturno y sus anillos, 6º planeta del Sistema Solar. Distancia aproximada 1.200 millones de kilómetros”. Precio: 100 pesos chilenos, 15 céntimos de euro. Por desgracia el martes ya habían cambiado el viaje. Esta semana tocaba “la Luna y sus cráteres”. Un grupo de astrónomos cazaojos se apostan las tardes (noches a partir de las seis de la tarde) despejadas de invierno en el corazón de Santiago con grandes telescopios ofreciendo a los paseantes iniciar estos baratísimos viajes.

De lunes a domingo el centro de Santiago palpita en la plaza de Armas, que concentra la catedral, los principales museos, el palacio de correos y sobre todo un tránsito incesante de individuos que lo mismo quieren viajar a Saturno que bailar cumbia. Suena a tópico, pero pocas plazas tienen una vida tan atolondrada y animada, a pesar del frío invierno.

En un rincón de la plaza, entre tremendas palmeras y medio en penumbra se ha armado un boliche espontáneo: Rosa Mercedes presenta su último disco. “Recuerden que la’ próximas canciones que les canto estarán disponibles en el nuevo sidí (CD) que sale a la venta en agosto, ahora pue’ adquirir la’ mejores recopilaciones”. La SGAE se moriría de frío y de desidia en esta ciudad. No hay espacio para ellos. Aquí los músicos salen a la calle, cantan, bailan, vende CD, DVD y animan el ambiente. Todos los domingos, de cinco de la tarde a nueve de la noche Rosa Mercedes y su grupo aparcan una destartalada furgoneta en la plaza y ofrecen su concierto.

“Otra cumbia, otra cumbia, po”, le dicen. La Rosa, medio sentada en un taburete mientras canta sus canciones, accede y se arma el boliche.

Un grupo de discapacitados, que parecen estar de excursión por la ciudad hacen los coros completamente desentonados: se saben todas las canciones. Y empiezan a bailar. A la danza espontánea se une un señor engominado y con traje que saca a bailar a una señora ajada pero muy repintada, al lado otra mujer -tremendamente rechoncha- en chándal zarandea, más que baila, a otro de los esmirriados borrachines y mendigos que como ella zozobran por la plaza a diario.

Y más: una madre con un hijo, un anciano que se mueve con un balanceo nada decoroso y una pareja joven que empiezan a calentar el ambiente: él le atrapa a ella con la bufanda y se contonea cada vez más cerca. Una colección de personas completamente dispares bailan juntos sin complejos gracias al salero de Rosa Mercedes. En una noche que no alcanza los 10 grados, frío para estar tan animados. La pena: que apenas se venden cedés.

A mitad de concierto inician una ronda “de las cincuenta monedas”. Hasta que no reúnan cincuenta moneditas no continúan. El animado público sí que contribuye a eso. El concierto lo cierra la estridente pero bien aplaudida voz de la hija de la cantante, una nena de cinco años.

Rosa Mercedes no es la única, a unos metros, en uno de los kioskos de plaza un grupo de danzas tradicional ha organizado una competición popular de cueca, el baile nacional. Sacan a gente del público a dar los pasos de baile más folklóricos del país y van eliminando a las parejas. Sorpresa: dos de las mejores parejas una de unos sesenta años y otra de jovencitos con unas pintas de hiphoperos (con gorra a medio lado). “Adquiera ahora, mientras el jurado delibera todo el devedé con los bailes centrinos”.

Mientras en otras esquinas unos ancianos se congelan en perezosos y lentos movimientos de muñeca: es el club de ajedrez de la plaza de Armas.

En otros rincones: los telescopios, los artistas que hacen caricaturas y la boca del metro santiagueño que no deja de tragar y escupir gente. El logotipo del metro son tres rombos rojos. Algo provocador.

En los soportales de los edificios del siglo pasado (que son colosales fachadas de piedra arcillosa, con grandes cornisas, arcos y tejados de pizarra) se refugian las caravanas –tenderetes metálicos- del fastfood más grosero de la ciudad: italianos completos (salchichas), chaqueños y lomitos con un desbordante cucharón de mahonesa, kétchup, mostaza o ají (una sala de pimientos). Por los soportales impregna un olor a fritanga y manchorrotones de esas salsas que se precipitan de la boca al suelo.

La fritanga contrasta con una verdad fácilmente apreciable: Santiago es una ciudad perfumada.  Cualquier esquina asoma un perfume femenino, masculino, herbal, afrutado… Para algunos es una obsesión, en una cafetería el camarero, de pajarita y chaleco a la antigua, se sacó del bolsillo un pequeño dosificador y se perfumó el cuello. El aroma era pachuli del  que perdura tres días.

Santiago es una urbe con tremendo carácter propio, monumental y ahora incluso con su Manhattan particular, unos rascacielos que compiten inútilmente con el techo andino que cierra la ciudad por el este. Le llaman Sanhattan.

También hoy las calles santiagueñas parecen padecer una nueva transición democrática, como si la dictadura hubiese caído antes de ayer. Las tremendas protestas de estudiantes contra el lucro en la educación superior y la dimisión del ministro en cargo visten la ciudad con pintadas, pancartas y carteles que inundan las fachadas: algunas ensucian otras embellecen. Octavillas, protestas y pintadas.

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