Los nómadas no usan frigo

Kuban trata de convencerme de que es descendiente directo de Ormon Khan (1790 -1855), un caudillo local que gobernó a las tribus del país durante el imperio ruso. “Yo soy de raza mongoloide, ¿no lo ves?”, me dice. “Mira, mira”, me insiste entre risas mientras achina los ojos. Nos reímos juntos porque yo soy incapaz de distinguir mongoloides, chinoides o dunganos.

Kuban Kurmanbekovich (32 años) y Elnura Almasbekova Namasalieva (32 años) viven con sus tres hijos: Arsen (5 años), Adelina (3 años y 5 meses) y Esen (1 año y 5 meses) a sólo tres horas largas de la capital del país, Bishkek, serpenteando por valles, quebradas y montañas que parecen dibujar el gimnasio de unos gigantes caprichosos, en Talastán.

Talastán era el nombre de un café de carretera que en tiempos soviéticos caía en mitad de ninguna parte, al pie de tremendas montañas de 4.500 metros como el Ukok, en uno de los hijastros de la cordillera del Tian Shan kirguiso. Ahora Talastán da nombre a un arrejuntamiento de cuatro casitas de pastores a las fueras de Kochkor, el pueblo de 10.000 habitantes con nombre de “cabrón” en lengua kirguisa (el macho cabrío, se entiende). Algunos kirguisos de pueblos vecinos toman el pelo a los habitantes de Kochkor diciéndoles que huelen igual que el nombre de su pueblo, a oveja.

La casa de Kuban está en la nada. Durante la noche el sueño de la familia sólo se rompe muy de vez en cuando con la ruidera de algún camión despistado que regresa de China o Tayikistán pisando el acelerador y haciendo bailar toda la mercancía, botando y estampando los neumáticos contra el asfalto desquebrajado de la diminuta carretera que pasa al lado de la casa de Kuban.

Ese tráfico nocturno y misterioso de furgones cruzando carreteras comarcales, costrosas y mal embreadas hace cuestionarse cuál será la mercancía con la que cargan. Es mejor imaginar que son zapatillas, electrodomésticos o ropa china de imitación y no opio afgano. Van y vienen.

El rebufo y el estrépito zarandean la vivienda, como un terremoto. El resto de sonidos que se cuelan en la casa hasta el alba son los ladridos nerviosos de algún chucho o algún caballo que parece que está escondido, relinchando, debajo de las sábanas. Cierra el concierto el quiquiriquí mañanero.

Hacia las 8, Kuban abre un ojo, remolonea y comienza el día unos minutos más tarde. Casi una hora antes, Elnura, su mujer, ha sido la primera en desperezarse y ha traído desde un riachuelo que corre junto a la carretera dos cubos de agua. En casa no hay agua corriente. Aún en marzo una placa de hielo de cuarenta centímetros de grosor cubría parte del arroyo, como una losa de mármol sucio.

El mercurio ha caído hasta los 11 grados bajo cero durante la noche, por suerte el día ha amanecido soleado y templado. El ritual matutino comienza cuando Elnura carga con un puñado de boñigas resecas de vaca y las introduce en el pequeño hogar de hierro que preside el recibidor de la casa. Aviva el fuego casi consumido y pone a hervir dos teteras. Para entonces Arsen, el mayor de los hijos, ya estaba rondando la casa en calzoncillos y camiseta. El resto de la familia estaba durmiendo en el salón, todos juntos.

A las diez llega la hora del desayuno. Elnura ha cogido los huevos y otros productos para cocinar de un almacén que hay en el exterior junto a la vivienda. Muchos kirguisos, incluso en la ciudad, prefieren guardar los alimentos al fresco del balcón que en el frigorífico durante el invierno. La temperatura lo permite, pero en verano Kirguistán fácilmente se recalienta a 30 y pico grados. Pregunto inocentemente qué hacen en verano sin frigo. “¿Frigo? ¿Qué frigo? ¡No lo necesitamos! En verano vamos al jailoo –pasto de altura- y allí hace frío también. Los nómadas no usamos frigo”, me contesta entre risas Elnura.

Sólo viven en esta casa seis meses al año.

Los kazakos o los mongoles son nómadas horizontales, vagabundean kilómetros y kilómetros por las llanuras de la estepa o la taiga. Los kirguisos en cambio prefieren la verticalidad, ascienden y descienden montañas. Geográficamente este es un país que duerme sobre una cama de pinchos: el 80% de la superficie son picos.

Durante el invierno pastores como Kuban descienden al llano, a casas sencillas como esta. Dentro de unos días en abril, cuando la nieve se derrita en las montañas y los pastos verdeen, Kuban y toda su prole se trasladará a un jailoo, a 2.700 metros. Pasarán dos meses con el rebaño y en junio subirán un poco más, a otro pasto a 4.300 metros donde montarán una yurta, una especie de jaima o tienda de campaña circular fabricada con fieltro. Es la vivienda tradicional kirguisa. A esas altitudes aún en agosto los vientos son heladores y el frío considerable. Así que la carne nunca se echa a perder sin frigo. Luego descenderán otros dos meses al primer pasto y finalmente en noviembre fondearán en esta casa donde ahora están.

Algunos kirguisos sólo usan yurtas en las montañas, Kuban ha construido una pequeña borda en el jailoo más bajo. Pero allí, no hay ni agua y tampoco electricidad, ni tele, ni radio. “Sólo tenemos un candil y una caldera”, me advierte. “Compré una placa solar, me costó 25.000 soms, casi el sueldo de un mes y al poco tiempo se estropeó. Así que ahora, nada”. Y justifica la estafa: “Es que estaba fabricada en China”.

En Kirguistán si algo es barato y malo es chino, si es viejo, feo pero fiable se justifica diciendo que es soviético y si es bonito y caro, probablemente sea turco.

Seis meses sin ni siquiera un transistor es mucho tiempo. Elnura se dedica a coser alfombras, curtir pieles y Kuban lee. “Me gusta mucho la historia, me llevo libros cuanto más gordos, mejor”, dice Kuban. Y se le ilumina la cara: “España está cerca de Córcega, ¿verdad? Me leí muchos tomos sobre la vida de Napoléon, él nació allí”. Empieza a relatarme las andanzas de Bonaparte, sus amores y cómo escapó de la isla de Elba. Y confiesa que su hija se llama Adelina porque leyó ese nombre en uno de esos libros. “Es bonito y además le vendrá bien ese nombre, quiero que vaya a estudiar a Europa, le será más fácil”, dice.

Kuban además es taxista. A esta hora de la mañana habitualmente Kuban va Kochkor a vociferar “Bishkek, Bishkek, Bishkek” y engatusar a posibles clientes y montarlos en su coche. De lunes a domingo trabaja como taxista hasta la capital y vuelta (6 horas). Mientras Elnura enciende en la tele un maratón de dibujos animados en DVD, los niños no irán a la escuela hasta que tengan seis años así que está todo el día con ellos en casa.

***

Estos pequeños apuntes son parte de un reportaje que se publicará en breve.

3 comentarios a “Los nómadas no usan frigo”

  1. Marc Roig Tió

    Qué bien que sólo son apuntes y aparecerá un reportaje en breve; me he quedado con ganas de más, de muchísimo más.

    ¡¡Gracias!!

  2. David

    Recuerda al modo de vida pasiego en Cantabria y Burgos http://ketari.nirudia.com/17281 durante el verano se mudaban a las cabañas de las zonas altas en busca de pastos más verdes y durante el invierno descendían a los valles.

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