Postales intangibles de Bishkek

El clima continental en Kirguistán es muy extremo, el día 21 empezó la primavera y desde entonces no hemos vuelto a saber qué es el frío. Bishkek comienza a verdear, los pájaros y los enormes árboles que levantan con las raíces el pavimento de las calles le empiezan a dar un aire selvático a la ciudad. Muy agradable y muy diferente a la cara de estos meses.

No obstante, me apetece recordar algunos momentos que hacen de Bishkek un lugar muy especial. Postales que son muy difíciles de capturar con la cámara de fotos y hacen que este sitio merezca la pena, incluso en invierno.

POSTAL 1: En las mañanas despejadas y heladoras de febrero cuando el termómetro siempre estaba bastante por debajo de cero, había (y hay) un momento gozoso en torno a las 8 de la mañana. Desde la calleja en la que está el bloque donde vivo se sale a una avenida principal en la parece que Bishkek se agota definitivamente. La ciudad se termina ahí de repente, como si fuese un decorado de película. A la izquierda de esta calle no queda nada: un campo de fútbol, un taller de coches y una escombrera sin fin. Siguiendo esa avenida hacia adelante llego a la parada de marshrutkas, este paseo de apenas cinco minutos es parte de mi rutina diaria.

Pero al final de esa nada que se dibuja a la izquierda está el mayor monumento que tiene Bishkek: una inmensa pared azulona de montañas que tapia el horizonte. Allí se suceden en diferentes planos los perfiles puntiagudos de una centena de picos que van creciendo progresivamente hasta enmarañarse, liarse unos con otros, emborronarse y perderse en el fondo. Una colección de ángulos, quiebros y pirámides azules que es la cordillera del Tian Shan (Ala-Too, en kirguís), “las montañas celestiales” les llamaron. El Tian Shan parece la tentativa más exitosa del concepto de enladrillar el cielo.

Los primeros exploradores que aparecieron por aquí creían que estos montes apuntalaban el firmamento. En realidad, el Tian Shan es la última teja, el apéndice norteño, del llamado techo del mundo. De sur a norte y de mayor a menor se crearon: el Himalaya, el Karakórum, los Pamires y el Tian Shan. Así que el techo del mundo en realidad es un tejado a cuatro aguas.

La cordillera del Tian Shan kirguiso está tan cerca de la ciudad que parece que se puede tocar y su monstruoso tamaño –la mayoría picos de 5.000 metros pero algunos trepan hasta los 7.000- incita a pensar que cualquier día va a precipitarse o engullir los bloques de viviendas soviéticas de tamaño ridículo que quedan a este lado de la carretera. En realidad están a varios cientos de kilómetros.

Levantarse por la mañana, por muy fría que sea, y plantarse delante de esta postal es realmente impresionante. Uno se puede quedar hipnotizado un buen rato viendo cómo algunas nubes se enredan en estos picos y cómo eventualmente las aristas de estos montañones azules las rasgan y hacen que se vayan deshilachando poco a poco conforme pasa la mañana en hilillos esponjosos.

POSTAL 2: Al final de la tarde a eso de las cinco, en invierno, cuando el ocaso ya acecha, esas mismas montañas descomunales se prenden.
Desde el centro de Bishkek, desde la avenida Manas que está rematada por el ayuntamiento de la ciudad –un edificio también de la era soviéticas que imita al estilo neoclásico- queda la cordillera del Tian Shan como telón de fondo. Es a esa hora cuando el Sol da fuego a las cumbres de las montañas adquiriendo un color rojizo y rosado, hasta apagarse como una brasa y fundirse a un color amoratado y finalmente sumirse en la oscuridad.

POSTAL 3: Cuando la tarde se apaga definitivamente y cae la noche en la capital kirguisa, barrios como el mikrarrión número cinco en el que vivo empiezan a iluminarse poco a poco con encanto y misticismo hacia las siete de la tarde.

Los monolíticos boques de viviendas de la era soviética –auténticas moles de hormigón- empiezan a encender las luces de sus hogares, y como no hay persianas, desde la calle las ventanas se van coloreando de anaranjado de forma salteada, sin orden y aleatoriamente. Parecen colmenillas, avisperos. Incita a la curiosidad ver siluetas deambulando por las casas, habitaciones que se encienden y apagan, algunos bloques que parecen jugar al tres en raya con los vecinos.

Como la iluminación en la calle es más bien escasa, cuando definitivamente cae la noche y la oscuridad se come al barrio parece que esas ventanas están suspendidas en el aire, como si no formasen parte de ningún edificio. Y aunque cueste creerlo el efecto es muy bello, el mikrarraión explota en un big bang, una supernova de viviendas y cuando uno se acerca al barrio en autobús realmente se puede ver una auténtica constelación de ventanucos amarillos y naranjas flotando en la oscuridad.

Pero además hay algo que realmente hace que la noche en Bishkek merezca la pena, pocas capitales de un país tienen cielos estrellados tan bonitos como esta ciudad. La poca contaminación lumínica, la poca densidad de población, la escasez de farolas en combinación con una noche despejada revela un espectacular cielo asiático. Hacía años –o quizás nunca- que en una ciudad no conseguía ver con tanto detalle el reguero de estrellas de la Vía Láctea como en Bishkek. Es realmente precioso.

POSTAL 4:
En esas mismas noches de invierno, cuando la acera no está completamente secuestrada por una capa de hielo que parece querer asfixiar al pavimento y asesinar a los viandantes con mortales resbalones, que ha caído una amable nevada durante la tarde es un placer caminar por las calles del barrio.

Hacia las siete de la tarde, la nieve se ha solidificado ligeramente. Y quedan esparcidos en la calle como si fuesen un conjunto de granos de cristal que al aplastarlos crujen bajo los pies, sonoramente, dando ritmo a los pasos, ofreciendo una musicalidad muy rudimentaria pero atractiva: scrach, scrach, scrach, scrach. A veces me gusta girar un pie ligeramente para producir nuevos sonidos y generar un ritmo más divertido: scrach, splof, scrach, splof, scrach, splof. Cuando me aburro de hacer el mono vuelvo a interpretar el solo de “scrach” en do menor.

En cualquier caso, el momento más místico que he vivido en Bishkek llega a esa hora de la tarde con copos de nieve cayendo o no, en la que algunos individuos se baten en retirada, sólo se adivinan en la oscuridad sus figuras humanas que corren apresuradas hacía en cruce de la calle de Karl Marx. Allí desde el minarete de una feucha mezquita con tejado de hojalata en mitad de un descampado el imán llama a la oración: “Aaaaaaaaauuuuuuuuuuuuuuuummmmmmmmm, aaaaaaaaaaaaaaaaaeeeejjdilaaaaamm”.

El cántico del imán realmente pone los pelos de punta, remueve algo dentro, es tremendamente conmovedor. Es un sonido gutural, casi primitivo, como si le sacasen una enorme pena en el alma al hombre que canta. Entran casi ganas de llorar.

Su voz se va distorsionando porque retumba y rebota en los bloques de viviendas soviéticos, creando un extraño eco que recorre todas y cada una de las esquinas del barrio. Se cuela en todos los rincones.
En ese momento también, mientras durante unos minutos se alargan los suspiros del imán de la mezquita, bajo la luz tinteante de una farola los copos de nieve esparcidos por la calle brillan como diamantes. Durante el día la nieve parecerá sucia, estará embarrada y convertida en un hielo de surcos oscuros, pero ahora los copos centellean y reflejan la luz de la farola de una forma que nunca había visto antes. Parecen una montaña de piedras preciosas. A cada paso devuelven un destello.

Deja un comentario

Un poquito de HTML está permitido. Tu dirección de email no será pública.

Subscribe to this comment feed via RSS