Literalmente

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El mundo está lleno de caníbales, monstruos y hombres y mujeres con capacidades extraordinarias que a menudo pasan completamente desapercibidos. En los medios leemos, y sobre todo escuchamos en la tele, con más frecuencia de la que pensamos sobre estos seres sobrenaturales y ni si quiera reparamos en ello: El equipo de fútbol Atlético Botafloja ahogó literalmente a sus rivales, Fulanito Pérez voló literalmente durante los últimos metros de carrera, ¡Madre mía, Menganito se ha comido literalmente a su contrincante en este partido!, y así unos cuántos más.

Disfruto cuando veo escrito “literalmente” de forma errónea y que obviamente no implica el sentido al pie de la letra. “Literalmente” quiere decir que es tal cual sucedió, ceñido a la realidad. Es decir, que Fulanito de verdad voló o se comió a sus contrincantes, en plan barbacoa para almorzar. Me hace gracia imaginarme estos asuntos. Pero lo que de verdad disfruto es haber tenido oportunidad de hacer “literalmente” algunas expresiones comunes:

Despistarse

Yo soy bastante despistado pero sólo una vez me despisté de verdad en sentido literal. Fue en el Sahara Occidental/Argelia, íbamos camino del campo de refugiados de Djala, de noche, en una caravana de autobuses y literalmente perdimos la pista.

La carretera iba menguando y desvaneciéndose poco a poco, como si el asfalto se evaporara o se lo comiese la arena hasta convertirse en una pista, una recta de desierto un poco más aplastada y masticada por el paso de camiones y convoys.  La polvareda que levantábamos a nuestro paso hacía que no se viese mucho más allá de tres metros, una niebla anaranjada en mitad de la noche con la que nuestro chófer sólo se guiaba vagamente por el faro delantero del autobús que nos precedía (sí, porque el autobús de delante tenía el resto de faros fundidos), parecía que en realidad perseguíamos a una moto. Los buses en los que viajábamos eran viejas reliquias, transportes urbanos de La Coruña de finales de los 80.

En algún momento, empezamos a desviamos de nuestro rumbo unos centímetros que al cabo de unas horas se convirtieron en unos cuantos metros y nos salimos de la pista. Nos despistamos.

Era ya noche cerrada y el tránsito de jeeps de nuestro convoy adelante y hacia atrás para ver dónde carajo estábamos era constante. Por lo visto, descubrieron a tiempo que estábamos describiendo un círculo: durante un buen rato nuestro autobús seguía las lucecillas del vehículo delantero, y éste a su vez se guiaba por las de delante suya, los chóferes de los vehículos que encabezaban la caravana seguían como única referencia las huellas en el suelo de una pista reciente, sin sospechar que eran en realidad las huellas de nuestros propios buses descacharrados, las marcas de los coches de la cola del convoy. Quizás se puede decir que literalmente nos estábamos “mordiendo la cola” o “pisando los talones”.

Por suerte, desandamos camino, volvimos a la pista y llegamos a Djala –tras momentos de risas y angustias- en un viaje que se alargó seis horas más de lo previsto. Diez horas de viaje por el desierto y seis horas despistados literalmente. La foto corresponde al camino de regreso, cuando nos pilló primero un diluvio y luego una tormenta de arena.

Perder los estribos

Hace una semana, en Kirguistán perdí los estribos literalmente. Y es una cosa que francamente no recomiendo: tiene consecuencias imprevisibles. Habitualmente la expresión “perder los estribos” quiere decir perder la paciencia o el control de una situación. Literalmente es cuando el jinete involuntariamente pierde el pie que tiene alojado en el estribo.

Tras tres horitas cabalgando creí que ya dominaba el asunto, galopé un poco más rápido y empecé un baile sinuoso con mis pies fuera del estribo columpiándolos hasta que volví a enhebrarlos. La segunda vez en el día que perdí los estribos, trotando por un campo de patatas al pie de las montañas,  salí catapultado de mi silla y terminé en el suelo. La verdad es que no fue nada y me reí del asunto. Conservo una pequeña marca en la frente, un raspón.

En días posteriores muchos vecinos de Kochkor, el pueblo en el que estaba, pensaban que yo era un descontrolado bebedor de vodka y que me había caído en algún lugar borracho como una cuba. Me daba cierto estatus de respeto la marca. Sin duda, mucho menos vergonzoso que contarle a un kirguiso que había descabalgado precipitadamente.

Hay un viejo refrán en este país que dice que los kirguisos aprenden antes a cabalgar que a andar. Y no es una exageración. Muchos niños trotan desde que son bebes en brazos de sus padres. Los caballos son el alma del pueblo kirguís.

Dar rienda suelta

Creo que George Utuaq en realidad no quería dar rienda suelta literalmente a nuestros perros, pero son unos animales difíciles de gobernar cuando se encabritan y empiezan a discutir entre ellos sobre qué rumbo tomar.

El día había amanecido limpio, cristalino y azulado y nosotros nos deslizábamos por la bahía congelada de Kulusuk hipnotizados por la danza de las 36 pezuñas de nuestros perros de trineo. La armonía se rompía cuando tres o cuatro decidían ir a la derecha y el resto hacia la izquierda cuando algún tumulto de hielo irrumpía en nuestro camino. Entonces George relampagueaba su látigo y los ponía en orden.

(Os recomiendo ver este mini vídeo de Ander Izagirre sobre nuestro paseo en trineo, para que os hagáis una idea)

El caso es que cuando paramos a tomar un té caliente frente a una repisa de hielo que se abría hacia el mar -un océano manso y limpio como un espejo, casi licuado, con tropezones de hielo salteando la sopa marina y con icebergs enormes como catedrales a la deriva- los perros empezaron a revolverse y comenzaron a arrastrar el trineo sin gobierno. Nuestro rechoncho piloto, George Utuaq, estaba sentado en el trineo como un malabarista tratando de servir el té desde el termo, así que literalmente los perros comenzaron a correr a rienda suelta. Sin ningún control. Por suerte, conseguimos detenerlos a tiempo, los trineos de tiro tienen una especie de espátula gigante, como un peine o rastrillo metálico en la parte trasera que se puede hundir en el hielo y raspar el suelo a modo de freno.

Bonus track:

Recientemente en Kirguistán también he descubierto la dimensión real de poner “ojos de carnero degollado”.  Según la RAE “saltones y de expresión triste”. Podéis hacer un clic aquí para verlo.

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