Celebrar el 23-F sin Tejero: machos y comilonas (y en casa preocupaos)

“¡Felicidades, amigos!”, “¡enhorabuena!”, “¡A disfrutar!”, “¡Pasadlo bien!”…  El 23-F se sucedían las felicitaciones en Bishkek, una detrás de otra. Y yo apabullado, abrumado por tanta felicidad, por tanto mérito y tan merecido sólo podía decir: “Gracias, gracias”. La verdad es que cuando quiera era hora que se me reconociese como es debido, 25 años entregado a esta causa y hasta ahora nadie me había dicho ni mu.

Como mi ruso aún es ortopédico no podía contestar cómo me hubiese gustado, más modestamente  y más acorde con la ocasión con un: “Oh, no de verdad, no es para tanto, hago lo que puedo”; “Me esfuerzo al máximo, gracias”; “Gracias, en realidad todo el mérito es de mi padre” o algo similar.

Ayer en Kirguistán celebramos el “día del hombre”. Sí, así con todas las letras, una detrás de otra: día del hombre.  ¿No oléis desde vuestra pantalla el tufo a testosterona?

Un día sólo para nosotros. Para celebrar que nos afeitamos, nos quedaremos calvos algún día (con suerte espero que no) y que el espagat es un asunto de la literatura fantástica. Bueno y todo eso a costa del mérito que la carambola de los genes nos hizo tener un asunto pendiente. Creo que últimamente mi blog está muy soez.

El caso es que el 23 de febrero de 1918 el Ejército Rojo entró en combate por primera vez y desde entonces la tradición soviética manda que este día se celebre y honre a los soldados, a los policías y militares y en definitiva a los defensores de la madre patria, que suelen ser hombres (palabritas de una chica kirguisa que me felicitó este día). Aunque también hay chavalas como Jyldyz, la prima de Nafisa, y estudiante de la academia de Policía que lo celebran. Al hilo de esta conversación iniciamos un coloquio sobre cuántos segundos tarda Jyldyz en montar un AK-47 –un kalashnikov de los de toda la vida-: de momento sólo 20. En tercer curso deberá hacerlo con más destreza y con los ojos vendados.

La Unión Soviética hace ya unos años que se desmoronó, desgajó y enruinó, pero, ojo, no desapareció. Tan incierto es decir que sigue viva como decir que no queda nada. El cadáver de la descomunal bestia soviética aún está templado, es lo que tienen los gigantes cuando caen que tardan mucho en descomponerse. Por eso perviven algunas de estas tradiciones como el día del hombre.

A veces miro el mapa de la URSS y la veo como estaba, ahí en mitad del mundo, tan enorme que me la imagino como un animal gigantesco, no amenazante pero tampoco dócil: como un caballo salvaje. Rebelde, indómito pero que en realidad era una farsa: sí obedecía a las riendas de unos pocos. Querían que lo viésemos como una bestia formidable, el triunfo de la libertad, pero en realidad siempre iba a beber al mismo pesebre.

Y me imagino su muerte como si un buen día desde la grupa misma del animal, desde dentro alguien decidió que ya había pasado la época lozana del jamelgo, que ahora renqueaba y ya había demostrado todo lo que podía hacer. Era hora de sacrificar el animal y hacer un buen  guiso con el que saciar el apetito de una nación cada vez más exigente. Eso sí, que cada uno cocinase y se las apañase a su manera. Así que desde las entrañas mismas rasgó con un cuchillo a la bestia. En la Eneída recuerdo que Virgilio describe el caballo de Troya diciendo que estaba “preñado de armas”.  Así me lo imagino yo, alguien queriendo escapar desde las vísceras. Abrirse al mundo. Pero entonces… ¡pata pum! El animal gime, grita, tambalea y se desmorona. Yace tendido sobre el mapamundi.

Sobre aquel cadáver se recompuso lo que hoy es la Federación Rusa, casi bajo la misma piel. Curtieron el rojizo pellejo soviético y sobre él tintaron el blanco y el azul y tendieron de nuevo sobre esa piel las preciosas y antiguas alfombras rusas y tártaras. Que en realidad nunca se fueron.

Algunos aprovechados, los buitres, hicieron de la carroña su negocio. Pobre gente, en el reparto de la carne de la bestia a algunos como siempre les tocó la mejor parte y otros se tuvieron que conformar con hacer una sopa con los huesos. Aún hoy de aquel reparto sufren en el Cáucaso, por ejemplo. Y otros también recuerdan con nostalgia aquellos tiempos en los que había menos pero se repartía mejor.

Aún en lugares como Kirguisia que fue el primer país de Asia Central en independizarse siempre queda algún costillar suelto clavado en alguna parte, a lo lejos en el horizonte se ve asomar una quijada y uno piensa: “ah, esto era un caballo”. Así es como se percibe aquí la URSS, como un cadáver que se desvanece.

El animal aún no se ha convertido en polvo y dudo mucho que lo haga. Parte de la herencia soviética es demasiado elegante, digna y prestigiosa como para dejarla a merced de la podredumbre.  Aunque a veces así se hace con casi todo, también en mi ciudad, no reconocemos el éxito de nadie que no sea de los nuestros: boinismo o cazurrismo. Eso sí, en Bishkek hay demasiados paneles a héroes del Ejército Rojo aún.

El caso es que uno de esos ruinosos restos que se mimetizan hoy con la culturilla popular es la fiesta del día del hombre. Hoy se parece bastante al día de San Valentín, el día del padre o este tipo de gaitas. Aquí además es una excusa perfecta para no ir a trabajar, ponerse “pianos” a vodka y gandulear sin contemplaciones. Un día también ciertamente peligroso porque a menudo los que más se embriagan de su propia hombría suelen ser a los que menos falta les hace. Y en términos muy generales, Kirguistán necesita menos días del hombre y más días de la mujer (que también se celebra y es festivo, el 8 de marzo, pero creo que es un día para regalar flores y poco más).

El caso es que desde el domingo pasado Edward –un estudiante británico y un tipo fenomenal- y yo le hemos estado dando vueltas a una idea vaga: cómo celebrar nuestra masculinidad, metodología y práctica del festejo de nuestra hombría.

Ese domingo nuestra profesora Jyldyz –no la que monta kalasnikovs en segundos, sino la que nos enseña la gramática rusa con bastante paciencia en mi caso- nos invitó a comer para celebrar el día del hombre, ya que el día 23 ella no podría estar con nosotros. Fuimos a Supará, un restaurante alucinante a las afueras de Bishkek. Llevó a su hija de un año y pico, Nahíma, y nos lo pasamos en grande con las dos.

El restaurante era un pequeño poblado de casas tradicionales, emulando a las yurtas que en verano los pastores desperdigan por las estepas y prados. Comimos en nuestra propia choza, decorada al estilo tradicional, con muchos tapices y alfombras de fieltro, que es el tejido kirguiso por excelencia. De fieltro se hacen las yurtas, los gorros y los trajes kirguisos.  Con fieltro y lana levantaron este país de nómadas.

Como entrantes nos zampamos unos cuantos puñados de boorsok, unas bolitas de pan frito –lo más parecido a unos fritos o buñuelos-, junto con el té. Después un plato que ya había probado aquí, pero para desayunar: una sopa de leche con fideos. Es bastante dulce pero para empezar el día está fenomenal. Unas cuantas ensaladas (¡cuánto echo de menos las ensaladas!) y un buen bish-parmak (que significa “con cinco dedos”, porque antes se comía a zarpazos) para cerrar el día: carne de carnero o de caballo con espaguetis kirguisos.

La cocina kirguisa es una mezcla, como casi todo aquí, de varias tradiciones: lo nómada, lo turco-persa,  lo ruso y a veces un poco chino (que no un poco cochino).

El nomadismo aporta las carnes, buenas y abundantes, y el gusto por los sabores sencillos: no hay especias, ni platos picantes ni nada que haga que los ingredientes dejen de tener su sabor original. La vida nómada es ante todo, sencilla y marcada por la urgencia del movimiento. La pena es que esto hace imposible cultivar mucho, así que apenas comen frutas ni legumbres. Sí algunas verduras y hortalizas, que de la tradición turca aprendieron a hacer ensaladas y sopas fascinantes.  De Oriente está la pasta, omnipresente: noodles, fideos, espaguetis, lasagnas… Y de Rusia unos cuantos platos prestados.

Después de este magnífico domingo, el día 23 en la escuela en la que trato de aprender ruso tuvimos para festejar el día del hombre una tarde literaria: Los alumnos ayudados por nuestros profesores/as debíamos elegir un autor ruso o kirguiso de renombre, recitar un poema e interpretar una obrilla de teatro. A mí me daba una pereza terrible, porque mi ruso ahora mismo no llega ni para leer cuentos infantiles como para ponerme a recitar a Pushkin.

Sin embargo lo hice. Y precisamente interpreté a un anciano en el cuento de Alexander Sergevich Pushkin sobre el pez dorado y me lo pasé en grande. Guljan, con la que tengo una clase de conversación, me trajo una camisa y una chaqueta tradicional rusa de su Universidad  que me hizo sentir elegante como un zar. Recité un poema de Pushkin con trampa: inventé una nueva lengua escribiendo como sonaban las palabras en ruso a mi manera. Y nos grajeamos el éxito de la crítica y del público.

Después Guljan tocó el komuz, el alma musical de los kirguisos, y nos dejó boquiabiertos. Es  instrumento que se toca al galope. Me recuerda al cabalgar de los caballos. Contagia un extraño ímpetu de salir al trote hacia cualquier sitio de forma inmediata. Sin pensar, sin demora. Es una especie de guitarra alargada, muy ligera y briosa pero de sonido contundente, muy melancólico a veces y muy alegre otras. Es un instrumento en simbiosis con la vida nómada. Guljan es de Narrim, la provincia más kirguisa del país, tiene 19 años, estudia Humanidades y toca el komuz desde los 8.

Después de semejantes celebraciones de nuestra hombría, saturados por tanto festejo, Edward y yo encontramos la manera de celebrarlo a nuestra manera: nos fuimos a tomar unas cervezas y cerrar el día.

3 comentarios a “Celebrar el 23-F sin Tejero: machos y comilonas (y en casa preocupaos)”

  1. Jota

    Qué va a estar soez tu blog hombre, está de lo más interesante con tus aventuras kirguisas.
    Saludos!

  2. alvarhillo

    Que pintaza tiene la comida y que bonita es la mesa de madera y que pequeño es a veces el mundo, los servilleteros son iguales que los de la cafetería de la esquina de mi casa.

  3. Marc Roig Tió

    A mí también me ha encantado la mesa. ¿La puedes pedir «para llevar»? Y la comida también tiene muy buena pinta. Me están entrando muchas ganas de visitar Kirguistan. ¿No se celebrará por allí alguna maratón?
    Venga, que se disfrutan mucho tus entradas.

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