Tres días viviendo en la URSS

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Vine buscando devoradores de ojos, nómadas, hijos del imperio de Tamerlán, jinetes que domasen la estepa y las montañas con destreza salvaje. Vine a Kirguistán al encuentro de Asia, de las puertas del Lejano Oriente, a beber del cóctel de mongoles, chinos, persas y kazakos. Vine a perderme entre bazares y regatear. Y sin embargo, nada de nada. Me he encontrado con comedores de pan negro, emigrantes, hijos del imperio de Stalin y jinetes que domaron la estepa con las letras de Tolstoi. No vivo en el corazón de Asia Central. Desde hace tres días vivo a las afueras de la humilde, ordenada, destartalada y gris Soviestki Soyuz.

Desde hace tres días vivo en la URSS. Tal cual. Aterricé en algún punto entre 1970 y 1985. Y si Kirguistán era en su día, sin duda, la más lejana de aquellas repúblicas comunistas, es hoy la periferia de la periferia del mundo conocido.

De Bishkek ya sabía que a pesar de su situación, casi fronteriza de Kazajstán y a un tiro de piedra de China, era una ciudad nueva y muy poco asiática. Pero no tanto. Las imágenes de arriba son del barrio en el que vivo, “Mikrarraión piatz” (microrregión Nº 5), es la parte más soviética de Bishkek, construyeron una docena de microbarrios de estos. Todos iguales. Pequeñas colmenas, bloques de viviendas. La idea en esencia no era mala: que todo el mundo tuviese una casa, a ser posible parecida, si no, igual; para evitar envidias. El ideal que hay detrás es noble, pero arquitectónicamente, horroroso. Hoy todas estas casas se caen a pedazos.

De alguna manera este barrio kirguiso me es familiar: no es muy diferente al lugar en el que vivo en Pamplona, unos bloques de viviendas de los años 70. El Mikrarraión debió ser en los años 60 incluso un barrio agradable con parques y zonas verdes. Pero ahora en invierno y 50 años después es una postal decadente: sólo asoman sobre el hielo columpios destartalados y oxidados, apenas unos hierros. Por las fachadas trepan cables que se enmarañan sin sentido, asoman escamas de chapa y la pintura se despelleja en trozos enormes dejando a la vista el cemento. Una cascada de gotas diminutas de la nieve derretida cae de los tejados. Y la nieve y el hielo de la calle están ennegrecidos.

Una fachada que conserva una alegoría descomunal de una playa con barcos y bañistas felices, hoy es obscena en un país sin salida al mar. Los vecinos ahora se miran por la ventana con recelo, a escondidas. Casi todos instalaron alarmas antirrobo chinas en sus casas y no les preocupa poner a las 5 de la mañana a todo trapo a una suerte de Shakira rusa.

La familia con la que vivo es un encanto. Sumergirme idiomáticamente como un kamikaze ha resultado ser un éxito. Pero mis tres primeros días han trascurrido a cámara lenta y hacerse entender es algo que roza lo épico. Aunque gracias a lo que Galina me enseño en Pamplona, todo es más fácil. No me imagino como sería llegar aquí sin saber nada de ruso.

Cuando le pregunto a Alexei, el padre de la familia si es ruso o kirguís, me contesta que ruso. Pero cuando le preguntó dónde nació, dice: Alma-Ata. Esa es la ciudad más grande Kazajistán y está a apenas 200 km de Bishkek. “¿Eres Kazako entonces, Alex?”. “¡Kazako! No, kazako, no, ruso”, dice severo. Alex, el cabeza de familia tiene 70 años pero aparenta 90. En este país todo el mundo aparenta tener 20 años más y sin embargo el propio país parece vivir 20 años atrás.

Alex es un mecánico de aviones jubilado. Como ingeniero revisó tupolevs por media Unión Soviética. Desde el Báltico hasta Kirguistán. “Habrás conocido muchas ciudades”. “No, conocí muchos aeropuertos”, dice, no sé si irónico, porque es un hombre parco que para hablar sólo balbucea levemente, hierático. Así que la mayoría de las veces no entiendo nada. Sólo sonrío.

Finalmente, Alex  se quedó en Bishkek. Ahora se pasa la vida en casa, apenas sale, y menos en invierno. Se mueve por la casa arrastrando las pantuflas y agarrado a una vara de madera. Sin embargo, se apaña solo para todo.

La madre de familia, Raisa, es una mujer  encantadora. Es más joven que Alex, tendrá unos 60 años. Es una señora efusiva, parlanchina, muy graciosa, divertida y muy curiosa. Quiere saber y saber. Pregunta mucho y me enseña ruso a todas horas. Me hace mucha gracia como anda: campanea. Es una señora rechoncha que camina con mucho brío poniendo todo el peso en un pie y luego en el otro, de forma que se bambolea como una campana de iglesia.

Raisa nació cerca de Moscú y estudió humanidades en la universidad. Fue profesora de ruso en el Caúcaso (Georgia, Abjasia, Azerbaiyán y Armenia) y también en Asia Central, en Uzbekistán y Kirguistán. Ahora Raisa anda todo el día de un lado para otro, trabaja dentro y fuera de casa. Trabaja todos los días de la semana y cuando le llaman. No sé exactamente en qué, creo que ayuda en la administración de un dentista o algo así (imaginaros explicar esto en ruso, majos).

Alex y Raisa son gente muy culta, muy viajada, saben de geografía, de literatura, de actualidad… Les extraña mucho que mis padres no pudiesen estudiar, ni ir a la Universidad. Para ellos es muy extraño. “En la Unión Soviética éramos pobres, pero todos podíamos estudiar, fue una suerte”, dice.

No son unos nostálgicos pero vivir en Kirguistán es asunto circunstancial para ellos. Por supuesto, ninguno habla ni jota de kirguiso. La Perestroika les pilló en tierras kirguisas y aquí se han quedado. Me recuerda a ese juego infantil en el que un niño está de espaldas y cuando se gira todos se tienen que quedar congelados donde estén, al que se mueve lo descalifican.  Ellos siguen siendo rusos, pero con pasaporte kirguís. Entre 1989 y 1993, antes y después de la independencia del país, más de 200.000 personas abandonaron Kirguistán, la mayoría rusos. Los Grigririevich se quedaron. Ellos y otros como ellos son el 10% de la población kirguisa.

Bishkek es su hogar, pero para ellos es sólo la periferia de Rusia. La Perestroika no llegó al portal 33 de Mikrarraión piatz. Durante el desayuno escuchan Radio Moscú (el análogo de la bbc en Rusia), ven la televisión rusa todo el día –aún no he visto un solo canal kirguís-, incluidos los informativos mañaneros moscovitas, que aquí caen el mediodía. Series, programas y entretenimiento, todo ruso. Por la noche, llaman a una hija que vive en Moscú. La conexión umbilical con la metrópoli es total.

Para colmo, Alex, cuando no lee algún clásico –Chejov, Tolstoi, etc- en su sofá a media tarde y casi a oscuras, ve un canal de la tele por satélite en el que reponen una especie de Cine de Barrio soviético. El sábado vi la versión socialista de “Cateto a babor”. Era una comedia musical en blanco y negro de un soldadito que sale de su pueblo para ir a Ejército rojo. Un Alfredo Landa rubiales que escribe cartas a su amada, toca el acordeón y hace novatadas. Al igual que el cine de las “españoladas” de TVE que apasiona a los abuelos, aquí son las “sovietadas” con sus Antoniov Ozoresievich que es un kazako de ojos saltones, un poco chinoide. Tanto en la una como en la otra no falta la parafernalia del régimen de turno.

No negaré que me hace gracia vivir en un sucedáneo de la URSS así de repente, con comodidades y sólo de forma figurada.

La casa por dentro también es muy soviética. En la cocina apenas caben dos personas, y en general en toda la casa, salvo en el salón, tampoco caben más de dos personas. Los suelos y las paredes están decorados con alfombras rusas, en mi habitación una estampita de un Cristo ortodoxo me saluda con los dedos. En la cocina hay otro calendario con imágenes religiosas. Visible pero discreto, en el espejo que hay junto a la puerta de la calle, en el que nos miramos lo guapos que estamos antes de pisar el hielo, casi inadvertido hay pegado con cinta adhesiva un sello pequeñito, del tamaño de la uña del dedo meñique: la hoz y el martillo. Casi testimonial.

La familia es humilde, ordenada, limpia y comen de forma modesta. No he probado la comida kirguisa, sólo la rusa. Pan negro, sopas, ensaladas, cereales… todo muy sabroso pero también muy sencillo. La esencia es la modestia. Son gente alegre y sencilla.

Mis tres primeros días en este país, los he pasado como si al hombre del angioma en la frente nunca se le hubiese ocurrido cambiar el sistema.

Luego, apareció Andrei, el hijo de 26 años que también vive en esta casa y es ingeniero informático. Y juntos nos transportamos de nuevo al mundo globalizado de 2011. Pero eso, lo cuento otro día.

7 Comentarios

  1. La madre de un amigo mío (los dos naturales de Оdesa) es también una máquina de hablar/preguntar, y hace un борщ sencillo pero buenísimo. ¿Lo preparan por ahí en Kirguizia? ¿Le dan al vodka los abuelos?

  2. mikel burgui dice

    te sigo te sigo… no has debido ir tan lejos para cuando te sigo leyendo………

  3. En la República Checa (no sé si en toda la antigua URSS y satélites) llaman a esas casas «conejeras». Yo se supone que viví en una en Praga (por fuera cumplía todos los estándares de feísmo), aunque por dentro era muy amplia y luminosa (nada que encuentres por ese precio en España, por supuesto).

    ¡Sigue contándonos cosas! :D

  4. alvarhillo dice

    ¡Dios mio, acabas de describir a mis padres!
    Que pequeño es el mundo.

  5. Miguel dice

    Kiliki Привет, я удивлен всем мире для тех, кому интересно и учиться.
    большое объятие по всему миру. объятие.

  6. Alvarhillo, pues tus padres son un encato. jeje. Mr Shy, gracias por pasarte. Y no, los abuelos por suerte no le dan al vodka. No conozco el brosch, no lo hacen, no. Comen cosas muy ligeras y muy sencillas.

    Mrs. Jones, toda la razón «conejeras» es un buen nombre. Aquí no son ni grandes ni luminosas, aunque están bastante bien.
    Abrazo a todos/as.

  7. Tía Asun dice

    Muy interesante todo lo que escribes, y las fotos preciosas se nota que tienes máquina nueva. Lo que menos me motiva es la climatología, el modo de vida el nuestro hace unos cuantos años. Ondo izan!

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