En el año 1967, Richard Kapuscinski, que aún no se había consagrado como el tremendo reportero universal que fue, calzaba sus treinta y cinco años y era un periodista polaco que decidió hacer un viaje –su segunda incursión tras un viaje transiberiano- a las entrañas más remotas de la URSS. Al Sur. Allá donde la hoz y el martillo se encontraban con la media luna, los palacios de imperios persas, mongoles y mosaicos retorcidos. Uzbekistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenia, Armenia y Georgia.

Apenas pasaría un par de días en cada destino, pero le dio suficiente tiempo para llevarse un gusto, una brizna de lo que había allí: “Era consciente de lo casuales y superficiales que resultarían semejantes encuentros. No obstante, tratándose de un país tan inaccesible, tan cerrado y envuelto en tanto misterio, no se podía desaprovechar ni la más mínima oportunidad para descorrer el pesado y hermético telón”.

Hoy, en el año 2011, el telón aún no ha caído, al menos, el mental. Asia Central es para nosotros, desde Occidente, un lugar donde las fronteras se ven borrosas, se nos amontonan los nombres y las líneas en la cabeza sin ningún sentido. No sabemos qué país es cuál, ni qué hay allí. Hoy en el mismo aeropuerto de Barajas, las chicas del mostrador de la compañía con la que vuelo, Aeroflot, me han preguntado con curiosidad y sinceridad si eso era un país, si era Rusia o no, y dónde estaba.

Hago valer hoy esas palabras de Kapuscinski. El muro de lo desconocido se hace pesado. Ahora mismo escribo estas líneas en el avión de camino a Moscú, sobre un mar de nubes al atardecer (corrección: cuando se han despejado las nubes sólo se veían tachones blancos de nieve y cuatro luces desperdigadas).
Desde esta madrugada, viviré dos meses en Kirguistán. En pleno invierno, pero creo que la oportunidad de desvelar qué hay más allá de la postal, merece la pena.

Kapuscinski en 1967 tuvo oportunidad de atravesar Kirguistán y estas son algunas de las impresiones que dejó, tras pasar un día con una familia nómada en una yurta, una tienda tradicional de pastoreo de los nómadas kirguises y mongoles:

“Djumal pasa todo el verano en una yurta y sólo en invierno regresa al koljoz (una cooperativa agraria). Comparte la yurta con su mujer, otros pastores y un montón de niños, propios y ajenos. La hospitalidad de esta gente es increíble: para celebrar mi visita, Djumal mató a un carnero y preparó una cena.

La yurta se llenó de invitados que, avisados por un mensajero que había recorrido a caballo otros pastos, acudieron a la cita. Sentados en cuclillas sobre esteras, pulíamos a dentelladas huesos de carnero y bebíamos vodka. A la hora de beber vodka, los kirguises superan a los rusos y, ni que decir tiene, a los polacos. También beben las mujeres. Por regla general, durante un banquete suelen quedarse fuera de la yurta. (…)

“En el curso del banquete ofrecen al invitado un plato con la cabeza del carnero cocida. El huésped debe comerse el cerebro. Después debe sacar un ojo y comérselo también. No hay que olvidar que un ojo de un carnero tiene el tamaño de una ciruela. El otro ojo se lo come el anfitrión. Así se forjan los lazos de confraternidad. Se trata de una experiencia que queda grabada en la memoria durante mucho tiempo”.

Como dice mi padre, sabiamente, para comer ojos de cordero y dormir al raso, no hace falta irse allá. Efectivamente. Así que esperemos que desde 1967 el repertorio nómada se haya ampliado un poco.

A partir de ahora y hasta el 30 de marzo, informaré desde los confines del Imperio.

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Un apunte:
Los chinos de mi vuelo utilizan el español como lengua franca. En el asiento de detrás un chino se ha pegado todo el vuelo hablando en español con un ruso.

Han terminado así: “¿Y va a Shangai también?”. “No, a Shangai si eso otro día”, contesta extrañado el ruso. El chino de delante en cambio, se ha dedicado a usar como escupidero la bolsita que dan para vómitos en el avión. Yo creo que ha rebosado de lapos, al menos por el ritmo de relleno. Luego el chino parlanchín ha estado conmigo en el control de tránsito. Sólo quedábamos los chinos y yo.

Cuando se han agobiado con un paquete de jabón que llevaban, la madre del chino dicharachero -una mujer mayor- ha comenzado a hablarle en español a la chica de control de seguridad. No sé, de todos los que estaban ahí sólo les entendía yo. No sé si pretendían que los rusos les entendiesen. En el control, la mujer de seguridad me ha dado un buen masaje de espalda y pantorrillas. Con las barbas y el pelo tan corto soy sospechoso en cualquier sitio.

Ahora sólo me queda el segundo tramo: Moscú-Bishkek. Me parece que voy a estar más perdido que un navarro en Kirguistán.