La primavera

Kulusuk siempre me parecía que olía a pescado. Un olor muy fuerte a mar. A putrefacto. A pescadería poco limpia, a tripas de pez de antes de ayer. Sin embargo, y aunque parezca contradictorio el aire era el más puro de la Tierra. Era el pueblo y la bahía congelada lo que olían a océano caducado. En el resto de la isla soplaba el aire más limpio que había probado (esnifado) nunca. Parecía que de verdad aquel aire que respiraba había sido fabricado en los primeros días de este mundo. Las dos sensaciones me impresionaron muchísimo. De hecho, esos olores a primitivo es lo que más recuerdo de Groenlandia.

El día 5 de mayo de 2008 apenas llevábamos unas horas en la isla de Kulusuk (100 casas, 300 habitantes y 3 tiendas), dimos un paseo y ascendimos hasta una pequeña colina en el centro del pueblo. Un cerro pequeñito sobre el que se encaramaban las casas “más seguras”: en invierno las casitas que están hundidas frente a la costa suelen quedar sepultadas bajo cinco o siete metros de nieve, asomando sólo el tejado, y a menudo los vecinos de “villa arriba” de Kulusuk destapaban a los de “villa abajo”. Aunque los hogares que asoman en esta punta de la isla en contrapartida están más expuestos al Piteraq, un viento endiablado que crece en el corazón congelado del país, en el casquete, y barre a su paso hacia la costa todo lo que encuentra.

Aunque no era el monstruoso Piteraq, el viento me sacudía por la espalda, me zarandeaba la chaqueta plastificada. La tarde estaba fea: un sol un poco impotente, suave, y nubes desperdigadas. Asomaban ya en mayo en esta colinilla las primeras calvas de tierra sobre la nieve. Aquí arriba con una panorámica excelente sobre todo el pueblo, entre chatarra, basura y montones de nieve sucia y rocas hay varios columpios. Al lado, en uno de estos trocitos de tierra recién descongelada, una pareja de niños hurgaba en la tierra.

Ander y Josu bajaron hacia el otro lado del pueblo. Yo me entretuve a ver qué hacían los niños. En seguida se emocionaron. No recuerdo si hablamos en algún idioma en concreto. Supongo que fue todo por gestos. Lo que me iban a mostrar no necesitaba de mucha explicación. Me tiraron de la chaqueta, el más canijo de los dos dio un brinquito y una palmada supongo que porque definitivamente tenían un espectador con el que compartir su descubrimiento. Lo que siguió después fue bastante más ceremonioso.

El más mayor se agachó y escarbó con la mano en la tierra, durísima porque estaba medio congelada. Apenas dos centímetros debajo de la superficie, destapó una piedra y encontró tres o cuatro bichillos negros diminutos (una especie de mariquitas negras, sin estampado). Unos estaban apegados ligeramente a la piedra y otros debajo de ella. Cogió uno con sus deditos, muy suave, el insecto estaba entero. Lo depositó en el centro de sus palmas de la mano.

Me miró como un mago antes de realizar su truco, para advertirme de que no había ni trampa ni cartón. Cerró el cuenco de sus manos con el bicho en el centro y comenzó a soplar. Insufló aire caliente tres veces. Luego abrió las manos y dio un empujoncito muy suave al bicho que torpemente comenzó a andar. Dio unos pasos y se paró. Estaba vivo. Aquel chaval acababa de “dar cuerda” a aquel bicho antes de que despertase de su letargo.

El otro niño, el más pequeño, estaba eufórico. Y yo, anonadado con la destreza de este mago infantil de Groenlandia. Repitió la operación y en la segunda vez el bicho caminó aún más milímetros sobre la palma del chaval. Me invitó a soplar, pero yo fui bastante torpe. Con la misma delicadeza que lo había cogido, dejó al insecto en la tierra. Otra vez medio aletargado.

Les dejé en la colina después de semejante demostración. Seguían incordiando con un palito de plástico a otros bichos. Así es como empieza la primavera en Kulusuk.

Los días posteriores vi a varios niños embobados en la ventana de nuestra casa a ratos mirándonos a nosotros que sesteábamos dentro (éramos la atracción como en el zoo) y también toquiteando las moscas aún vagas y torpes que aparecían en los cristales de la casa en la que estábamos alojados. Ayer recordé este inicio de estación tan espectacular, en el que la primera señal es volver a la vida.

P.D.: Pocos sitios hay como Kulusuk, donde te puedes entretener con el vuelo de una mosca, actividad que mi madre siempre me ha recriminado como una habilidad que tengo y es inútil. Tras años de observación paciente, he demostrado que servía para algo. En Groenlandia, de acuerdo. Pero servía.

*              *              *

En las fotos: La primera, Josu Iztueta, paseando frente a un glaciar. En la segunda, Marcus y Jackob, dos niños esquimales un poco rufianes que eran nuestros vecinos y eran muy hábiles tirando bolsas de basura y robando chocolatinas y bastones de monte. Menos mal que los gritos de Josu en euskera pidiendo los bastones se entienden en cualquier parte del mundo. La última, la vista de Kulusuk desde esta colina.

Ayer tuve un ataque de recuerdos groenlandeses. Estuve revisando viejas fotos y quizás también colabora esta luz rancia que tenemos ya de invierno, que se va apagando poco a poco desde el principio de la tarde. Hoy en Pamplona hay una luz de invierno que casi parece primavera en Groenlandia.

8 comentarios a “La primavera”

  1. Ander

    Una vez leído este magnífico texto, rectifico mi opinión: creo que sí podrías pasar cinco meses en Kulusuk. Al menos en los meses en los que haya moscas.

  2. Irene

    Qué cosas, en Argentina los niños nos hacían lo mismo. A nada que te descuidabas tenías varios pares de ojos pegados a la ventana que te hacían sentir cual concursante de Gran Hermano.

  3. dburgui

    Uf, Irene, por un momento me he imaginado a los niños en el Perito Moreno recogiendo moscas o algo así. No me cuadraba lo de que recogiesen insectos aletargados y les diesen cuerda. Lo de que te miren es normal, ere el elemento extraño. Lo que pasa que Kulusuk era muy pequeño y no había cortinas ni nada. Y era más exagerado.

    Ander, si ya te digo yo que entre mi concepción del tiempo y la habilidad de distraerme con el vuelo de una mosca, me ganaba un salario esquimal en un ti-ta.

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    […] del desierto tomando el quinto té de la tarde, recostado, pensativo. Despreocupado. O soy aquellos niños que descubrí en Groenlandia celebrando la llegada de la primavera despertando moscas aletarg…. Mientras el hielo se rompe y cruje de […]

  5. Optimismo incorregible « Blogimparable

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