Pirineo Express

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Han pasado 200 años desde que el primer ferrocarril de pasajeros unió Manchester con Liverpool. Desde entonces hemos embreado carreteras en desiertos de arena y de hielo, cruzamos el mundo en una tarde, catapultamos a hombres al espacio y los paseamos por la Luna, incluso nos hemos asomado al abismo de nuestras entrañas. Sin embargo, viajar por los Pirineos en tren hoy sigue siendo épico.

Ni en 150 años y ni con la fuerza de mil kilómetros de vías hemos conseguido domar a la bestia pirenaica. Arquitectos e ingenieros se han afanado en doblegar estas montañas con latigazos de hierro, pero ha sido inútil. Las vías, catenarias y puentes se levantan como si estuviesen sobre el lomo de un gran saurio, a sabiendas de que en una sacudida del animal desaparecerán. Apenas hay trenes aquí.

El paisaje quebrado, abrupto y salvaje impone su ley y las líneas nunca trazan un recorrido claro, sino que siguen los retorcidos cursos de los ríos o se alejan de las montañas. La línea imaginaria que intenta hilvanar los Pirineos de Oeste a Este se inauguró entre 1855 y 1870. En 1855 un tren procedente de Burdeos estrenaba la estación de Baiona y se acercaba a la muga. Allí, pisándole los talones a los Pirineos empecé un viaje en abril de 2009 que me llevó desde el Atlántico hasta el Mediterráneo subiendo y bajando esas vías añejas. Este mes se publicó en la revista El Mundo de los Pirineos. Y el otro día, Roge Blasco en su programa de Radio Euskadi me invitó a contarlo.

Estaciones míticas como la de Canfranc, el edificio abandonado más grande de España. Una obra que pretendió desafiar a los Pirineos y que el rey Alfonso XII inauguró al bravucón grito de “¡Ya no hay Pirineos!”. Allí donde Jonathan Diaz encontró entre ratas y escombros unas cartas que certificaban la entrada por los Pirineos de 86 toneladas de oro de los nazis. Junto al oro, llegaban convoyes rebosantes de relojes, trajes o instrumentos de música de los judíos acosados y exterminados en Alemania. Los empleados que ganaban sólo 200 pesetas al mes coqueteaban con el contrabando. “Muchos abuelos que lo hicieron me lo han contado, pero aún les da miedo y vergüenza hablar. Todos sabemos de dónde salían esas baratijas”, cuenta Jonathan, el francés que halló las pruebas. O el pequeño andén de San Juan de Pie de Puerto donde comienza el camino de Santiago. Los paisajes bearneses, el funicular de Pau y su espectacular balconada del boulevard que presenta como un coro a nada menos que 83 cumbres de un simple vistazo.

El traqueo en un ferrocarril decadente hacia Lourdes. Un glamur rancio encantador, asientos de cuero amarillo como de consulta de dentista de hace 40 años en los que uno se queda pegado al sudar. Las cortinillas carcomidas por el sol y los vagones que rechinan. Unos chavales con sotana y alzacuellos, unas señoras con unas enormes medallas de la virgen (monjas), una pareja de ancianas hindúes con sus respectivos ‘bindis’ (punto rojo en la frente), y una madre que toquetea su PDA mientras su hijo de cinco años juega con una videoconsola. Cada uno ensimismado en su credo. Campos de rugby, prados con vacas y ovejas, y nieve y brumas en las montañas.

El frenesí urbano de Tolouse, los emblemáticos torreones almenados de Foix, raperos y graffiteros que bajan hacia Pamiers, afrofrancesas orondas de pelo rizadísimo que dan pecho a nenes durante el trayecto, ciudades de paso rebosadas por balnearios y jubilados, escaladores, ciclistas y montañeros, el borde de Andorra (no hay ni un centímetro de vía férrea en ese país), la Cataluña francesa, Occitania y la costa bermeja. Un trenecillo de 1910 que trepa hasta los 1.500 metros de altitud y tarda dos horas y media en recorrer 63 kilómetros. Historias de ingenieros como el comandante Giscard que murió en un descarrilamiento sin ver terminada la obra de su vida, el descomunal puente de 80 metros que lleva su nombre y cuelga sobre una de las culebreantes gargantas de la Cerdanya. Al final, el sabor del Mediterráneo en Perpinyá y una vía desde Coillure hacia el sur en la que en tren más bien navega colgado al borde de un mar manso y turquesa.

Estas y otras historias de este Pirineo Express, en el Nº 71 de El Mundo de los Pirineos.

1 Comentario

  1. Me habían quedado algunas entradas tuyas sin leer y qué gran sorpresa este reportaje. Espero conseguir la revista, porque los trenes me gustan más cada día y ahí demuestras que no hace falta ir lejos para descubrir historias y rincones apasionantes.

    Gracias.

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