Abigaíl

Esta es Abigaíl Canaviri. El día que la conocimos no había trabajado la noche anterior porque los mineros ese día estaban “muy tomaditos” (borrachos) y le habían avisado de que no se molestase en entrar a la mina porque no había escombro que levantar.

Abigaíl tiene 14 años y cada noche desciende casi dos kilómetros dentro de las profundidades de una mina en el Cerro Rico de Potosí, en el sector de La Plata. Abigaíl camina dos horas hasta el “tope” de las galerías, a través de unos túneles, cavernas casi, muy angostos, estrechos y asfixiantes. Unos pasillos de roca inundados por charcas rojizas, amarillentas y fétidas, y un barrillo nauseabundo producto de la mezcla de minerales y agua filtrada.

Una vez en el fondo recoge los escombros que los mineros han producido por la mañana, los carga en una vagoneta y recorre esos 1.500 o 2.000 metros de galerías que le separan del exterior, sola, a tientas con la luz de su frontal y una vagoneta cargada con 400 kilos de rocas. “Hay que entrar como lagartos, arrastrándonos, porque algunos lugares son muy estrechos no pasa el carrito”, relata. “El carro se hace muy pesado, a veces se sale de la línea y hay riesgo de que se voltee. Algunos lugares están cuesta arriba, al principio se me hacía muy duro, me dolía mucho la espalda pero ahora estoy acostumbrada”. Abigaíl tarda dos horas en conducir un carrito cargado hasta la superficie. Entra a la mina a las 8 de la tarde y sale a las 10 o 11 de la mañana del día siguiente. En una noche puede sacar 5, 6 o 7 carritos. Hace este trabajo desde hace dos años “para ayudar a su mamá y sus hermanitos”.

Las manos las tiene rajadas, agrietadas de raspar las paredes de las galerías y las rocas, como una vieja. Los surcos de las manos los lleva escayolados y subrayados por el polvo blanco de la mina. En el centro de Cepromin (Centro de Promoción Minera), mientras conversa con nosotros, desayuna y pasa con esas yemas ajadas las páginas de un cuento de princesas de Disney. La Bella durmiente, Cenicienta, la Bella y la Bestia desfilan ante nosotros mientras nos cuenta que los mineros de donde trabaja ella a pesar de que beben mucho son “buena gente”. No como en otros lugares. Dos amigas suyas de 12 y 13 años que trabajan en otras minas ya han dado a luz a dos niños fruto de las violaciones de mineros viejos y borrachos en la oscuridad de las galerías.

El padre de Abigaíl murió de silicosis, “el mal de la mina”, cuando ella tenía 8 años. Cuentan en el cerro de Potosí (la mítica montaña que lleva 500 años explotada y agujereada por galerías y mineros como un hormiguero) que a algunos mineros les han llegado a extraer tras su muerte auténticas piedras de los pulmones. Bronquios literamente petrificados. El polvillo de la mina va filtrándose por los bronquios y sedimentándose, impide la respiración y acaba ahogando a los mineros. El mayor miedo de Abigaíl es “tener el mal de la mina” y los derrumbes, constantes en estas galerías destartaladas.

Cuando quedó viuda, su mamá, Doña Margarita, se convirtió en guarda, esto supone la tremenda responsabilidad de guardar dentro de su casa material de mina y asumir cualquier pérdida. “También nos da miedo. Guardamos dinamita al lado de la cocina, da miedo que algún día se prenda”. Viven exactamente a quince pasos de las puertas del infierno, es la distancia desde su casucha de adobe a la boca oscura de la mina. Alrededor de su casa se amontonan varias vagonetas y perros sarnosos. “Es un lugar muy frío, donde no hay agua, ni luz”. Dentro, nos enseña cómo en una misma cama duerme su mamá, ella y sus cuatro hermanitos. Acurrucados, todos juntos, como una camada de cachorros. En la casa, el viento chirría y mueve las planchas de latón del tejado, que está agujereado por mil partes. Es una sola habitación.

Abigaíl trabaja 14 horas para ganar 20 bolivianos (2 euros) al día. Si fuese un adulto por ese mismo trabajo le pagarían 70 bolivianos. Hace un año, una mañana de diciembre salieron de casa para buscar agua. Se ausentaron una hora. Al regresar la puerta, “de lata”, estaba abierta. Les robaron tres máquinas y unos pistones que debían custodiar. Una pérdida de 21.000 dólares, que les ata ahora en un régimen de esclavitud con la cooperativa minera.

Desde ese día, cada pesito que gana Abigaíl se le resta de esa descomunal deuda, que a este ritmo necesitará décadas para pagarla. La asociación Cepromin les ayudó a pagar una de las máquinas (7.000 dólares) ahora mantienen la deuda en 15.000, así que Abigaíl cada noche trabaja gratis. Es una esclava.

“Nosotros no sabemos qué son los derechos”, sentencia Abigail.

Abigaíl termina de trabajar cada noche, duerme unas horas, camina unos metros desde su casa hasta el centro de Cepromin por una colina escarpada, pedregosa y azotada por los vientos, allí desayuna, come, hace las tareas y va a la escuela. Don Carlos, un orondo anciano potosino, les acerca en furgoneta hasta el colegio. Termina las clases a las seis de la tarde. A las ocho, una noche más se calza el casco y vuelve a la mina. Todas las noches. “Yo quiero estudiar, sacar a mi mamá de la mina y que mis hermanitos estudien y sean profesionales. Me gustaría ser médica, sí, y dar medicinas gratis. Y tener un lugar donde vivir que no sea la mina”.

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Hay historias que merece la pena contarlas, aun a sabiendas de que hay gente que ya las ha oído. Aunque sea dos, tres, o quinientas veces. Sin miedo a cansar. En este caso hago de eco de Ander Izagirre, que ya publicó la historia en su blog, y traigo al mío la historia de Abigaíl, a la que ambos conocimos en Potosí.

El segundo día que visité a Abigaíl, llegó tarde al centro, justito para comer. Ese día los mineros no habían tomado y sí tuvo que trabajar la noche anterior. Llegó agotada, adormilada. Comió y se marchó al colegio. Una vez más.

9 comentarios a “Abigaíl”

  1. Fernando

    Hola, quisiera saber si habéis pensado en alguna posibilidad de ayuda económica para sacar a esta niña de ese infierno con colaboraciones. Ya me diréis. Un abrazo

  2. dburgui

    Hola Fernando. Bienvenido y muchas gracias por pasarte e interesarte por Abigaíl.

    Bueno, como dirían los políticos “me alegra que me haga esa pregunta”. Esa es la segunda parte de esta historia, que no he comentado aquí. Desde que conocimos a Abigaíl y su historia tuvimos claro de que no sólo íbamos a aceptar su invitación de visitar la mina con ella y contar su historia a la vuelta para que la gente y otros niños conociesen su historia y la de otros niños, sino también ayudarla a salir de ese pozo. A ella y a otros niños que trabajan en las minas.

    La principal prioridad que tenemos con Abigaíl, para que algún día pueda salir de la mina, es que no tenga esa descomunal deuda. Así que el principal objetivo es ese. Estamos viendo ahora con qué medio y de qué forma podríamos ayudarle a ella y a otros niños mineros, desde exposiciones, charlas hasta asociaciones y pequeños ayuntamientos o amigos y familiares que quieran colaborar. Estamos hablando con Cepromin para ver cómo sería la mejor forma de encauzarlo.

    La ventaja que tenemos es que hemos estado allí, que sabemos quiénes son y cómo va a llegar el dinero y de qué manera se va organizar. Ahora tenemos que hilar fino para lograrlo sea con ayudas económicas de amigos o con amigos de amigos o con brazos que nos ayuden a organizar algo. Contamos con gente como tú, ¿no?

    Un abrazo y muchas gracias de corazón. Ir a Bolivia y volver a casa sin ayudar a Abigaíl y otros niños sería necio, ruín, injusto y quizás hasta mal periodismo.

  3. Ma. José Calvimontes

    Hola, gracias por este relato. En Donare (www.donaremundo.com y http://www.twitter.com/Donare, entre otras redes) trabajamos por, desde la comunicación online, apoyar iniciativas por el bien social. Quisiéramos apoyar la difusión de lo que hagan para ayudar a Abigaíl y a otros niños como ella. Conocemos de cerca la realidad de los trabajadores mineros en Potosí, y nos duele como a ustedes. Cuenten con nosotros!

  4. Yolanda Torre

    Desde Vigo, con admiración por tu trabajo y con más admiración porque además desees ayudar a estos niños y niñas. Si concretas un poco hay algunas asociaciones que estarían encantadas de organizar eventos para recaudar dinero por una causa así.
    Un futuro para Abigail y para tantos otras y otros, podemos cambiar el mundo.

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