Achicando Bolivia

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Desde que llegué el día 2 de madrugada a La Paz, cada vez, a cada pasito que he dado en estos escasos tres días, voy achicando más Bolivia. Lo cual me agrada mucho. Cada vez vamos empequeñeciendo la escala en la que nos movemos en este país (o al menos yo, ya que Ander llevaba ya aquí una semana).

Empecé callejeando por La Paz. Apenas pasé medio día porque debía salir por la tarde para encontrarme con Ander en Oruro. Es imposible pasear, como mucho dejarse llevar, dejarse empujar por estas calles retorcidas que suben y bajan por la capital más alta del mundo. Y que provocan, bajo los efectos del soroche (mal de altura), unos sofocones que le hacen sentirse a uno envejecido de la noche a la mañana. El cuerpo se siente pesado y el aire seco (humedad del 5%) acuchilla la nariz. Duele respirar. A uno, de repente, le gustaría dejarse crecer los pelos de la nariz hasta que fuesen como una escoba, a ver si así desarrollando una buena barba nasal se hacia más “suavecito” el respirar. Parezco un besugo todo el día con la boca abierta y seca.

Por la nariz, por fortuna, entran también los olores paceños, que a ratos son frutas, juguitos que las cholas venden en las plazas, goma quemada, humo de tubo de escape negruzco o cuero viejo. El trasiego del hoyo en el que echa raíces el centro de La Paz es un batiburrillo de voceros anunciando viajes en las “micros”, de bocinas, músicas callejeras y conversaciones a medias (una viejita le dice a una niña que come un helado a la salida de la iglesia que no se manche, “mijita”; otras dos mujeres despotrican sobre otra “a quién le dice fea esa chola de mierda”…). Mientras en un rincón a la sombra un anciano le agarra el antebrazo a otro hombre y le dice “ahora te frotas así y esto se curará”. Un sanador urbano en mitad de la acera. Y conversaciones incomprensibles en lenguas que jamás he oído y a veces suenan relampegueantes como azotes de la lengua en el paladar.

Al tacto (de la mano y del pie) la capital administrativa de Bolivia parece rugosa, agrumada, abultada, abollada casi. A trozos. Socavones y bultos por todos los sitios. No sólo urbanos, también humanos, sociales… Es la única ciudad del mundo en la que los barrios pobres se desparraman por la parte alta de la ciudad y no en la baja. Así, salvo por el prominente Illimani y su cumbre nevada que apuntalan la ciudad al cielo y recuerda que esta desorganizada y terrosa urbe es parte de los Andes, el resto de las colinas de La Paz son inmensas laderas salpicadas por casuchas de adobe, que le da ese tacto de ciudad atrompiconada. El Alto es esa barriada de barro y que por la noche se enciende como una pequeña constelación de farolitas y farolillos. Tanto los limpias (o lustrabotas), obreros, cholas, y todos los buscavidas –que son los que realmente avivan las calles paceñas—se dejan caer en riadas hacia el hoyo de La Paz. A dejarse llevar por su trasiego diario. Es una ciudad que parece que la reconstruyen cada día. “Un día más sigo aquí”, parecen aullar las ruas y grietas paceñas a cada amanecer.

Tras un viaje nocturno en una “flota” que abordé ya en marcha en la estación paceña y que estuvo animado por un charlatán que vendía libros de autoayuda y que pasé “pixando” (mascando) unas hojitas de coca, llegué a Oruro para encontrarme con Ander. Oruro está a medio camino entre La Paz y Potosí. Una ciudad más chica y de tránsito.

Una vez que desperté a Ander y dimos una vuelta por la ciudad de mañana, desde Oruro traqueteamos hacia Llallagua (los viajes en flota, autobuses, merecen un capítulo aparte). Llallagua nació como asentamiento minero y aun hoy es el espíritu de esta ciudad de unos 35.000 habitantes y en la que se forjaron algunos de los acontecimientos más importantes de la historia reciente de Bolivia en cuanto a luchas mineras y la famosa matanza de San Juan (una masacre contra los mineros cuando el Che estaba guerrilleando en las sierras bolivianas). En tres días aflora una conclusión: no se puede intentar entender, al menos parte de la historia reciente de Bolivia, sin entender la minería.

Con Llallagua achicamos nuestra hasta el punto que llevaba buscando desde hace tiempo. En Llallagua ayer por la noche me reencontré con algo aue había venido a buscar. Somos los únicos blanquitos y gringos por aquí. Anoche había ya mineros con su casco, cara enegrecida y petos sudados paseando en las calles-zoco de este lugar. En Llallagua por fin cogimos el tamaño que en el que nos sentimos cómodos. Aunque me siento todavía como un paracaídista en un país fascinante, en pleno ajetreo, con 36 etnias diferentes, distinto, complejo que vive un proceso de renovación, de invención,y del que desconocemos casi todo.

Este es mi bautismo americano, intentando achicar Bolivia en piecitas pequeñas. E intentando coger el pulso (acelerado por el cogotazo del soroche) a este lugar. En definitiva, emocionado y sobresaltado por este planeta boliviano.

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