Hace un año que soy traficante

De los grandes mangantes de este honorable estado en el que vivimos he aprendido que hay delitos que es mejor confesar al tiempo y en la distancia. Para limpiar conciencia, pero no ser tan estúpido de que te encarcelen.

En el breve espacio y tiempo aéreo de Ezeiza-Buenos Aires a Carrasco-Montevideo, después de un periplo por los aeropuertos de Pamplona-Madrid-Londres-Buenos Aires y con la mañana por fin asomando en este hemisferio de nuevo, la azafata amablemente nos reparte los papeles de entrada a la República Oriental del Uruguay y al espacio Mercosur.

Voy rellenando todas y cada una de las casillas. Lo típico: nombres (que solo tengo uno y corto), apellidos, estado civil, motivo del viaje y la obviedad de que llevo menos de 25.000 dólares encima. Miro, por si acaso, en el monedero. Me daría mucha vergüenza llevar 25.000 dólares, no haberme dado cuenta y viajar en clase turista. Como siempre, llevo menos dinero del que me imaginaba: 20 euros y algún peso argentino.

Al final de la papeleta alargada, por debajo de una línea de puntos recortable, hay un extra del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca  y del de Sanidad sobre la introducción de  sustancias y productos ilegales y/o prohibidos en el país.

Repaso la lista. Otra vez.

Y así a escasos minutos de aterrizar en un país al que vas a impartir un curso de periodismo en una universidad decente, la vida te pone en brete. Porque sí, porque he leído la lista de sustancias prohibidas varias veces y sé que las llevo.

Además pone ahí abajo eso de “he leído y comprendo”, un “declaro”, un espacio para tu número de pasaporte y tu firma.  Y aquí la lástima es que no puedes hacer como en internet o como cuando instalas un programa en el ordenador y te dice “¿Ha leído y acepta las condiciones de uso, bla y bla?” pasas a una velocidad de 3.000 palabras por segundo la barra de scroll, y haces un intensísimo e impetuoso clic en “Acepto”.

Ya asoma ahí abajo la costa uruguaya y la pista de aterrizaje de Carrasco.  El aeropuerto no parece muy grande, seguro que el calabozo también es pequeño.

En un alarde de tenacidad y ante la mirada un poco curiosa del pasajero que viaja a mi lado, un brasileiro gordo, tomo una decisión madura y sensata: recorto ese trozo del papel por la línea de puntos, lo arranco, lo arrugo y lo tiro. Como si nunca hubiese sabido de su existencia.

El hecho de no ver la lista de productos me da una tranquilidad relativa para encarar con seguridad la aduana uruguaya.

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“Nos ‘chifla’ pintar a Cristo en platos de harina”

Paseando por Cospicua encontré a un hombre colocando una pequeña pancarta en un portón mientras otros cuatro miraban y le daban indicaciones. Una forma de optimizar esfuerzos muy mediterránea. ‘Wirja ta vari’, rezaba el título del cartel. Era una exposición. “Pasa, pasa, no seas tímido. Aunque esta no es la mejor colección de la ciudad”, me dijeron. Y me ofrecieron un pequeño folleto que indicaba en un mapa callejero de las retorcidas vías cospicuanas las mejores muestras de esa semana. ¡Wow!

Yo ya sabía de qué iba el asunto. Lo descubrí en Zurrieq, una ciudad maltesa del sur.  Allí en una sociedad/cofradía, en la que servían cafés en vaso de cristal y retrasmitían campeonatos de billar por la tele con escasa densidad femenina (además de Paula había sólo otra muchacha por allí, quizás dos), se me acercó un joven y me espetó: “Eh, tú, eres fotógrafo, tenemos una exposición en la parte de arriba, muy buena, ven, ven, por favor”.  Hacía el gesto en el aire de disparar una cámara imaginaria.

Subí. El muchacho me mostró una larga colección de figuras que representaban la pasión de Cristo, una especie de belén de Semana Santa. En un inglés torpe me explicó que valían mucho dinero y que pertenecen a miembros del club. Las mostraba orgulloso y yo sacaba fotos sin interés. Pensé, de verdad, que tanto entusiasmo por aquellas figuras no podía ser natural. Tenía unos ‘ojicos’ de acabar de volver de fiesta. “Mira y allá la última cena, les hemos puesto pan y vino de verdad”, me decía el tipo, que rondaría los 30 años (ahora con 30 sigues siendo un muchacho, sí. Últimamente me ha convencido la teoría de que los 30 son los nuevos 20, aunque en Renfe no les parece convencer mi argumento ni mi carnet joven caducado). Levantaba las cejas intermitentemente, arriba y abajo que discurrían por el largo paredón de su frente, enfatizando así la extraordinariedad del detalle del pan y vino natural, que yo debía apreciar.

Y finalmente, terminado el tour, me llevó al lugar del que sentía más orgulloso.

- “What do you think, eh? Beautiful, eh?” (En su inglés escaso y señalaba con la mano, aunque por la entonación y la sobrexcitación de sus ojillos, yo creo que me decía por dentro: “¡¡¡No estás flipando, tío!!! Es alucinante, ¿eh?”).  “Beautiful, eh?”

- “Eh… Bonito, sí, bonito”.

Eché un vistazo y traté de trasmitir algo más de entusiasmo:

- “Es alucinante… ¿qué es? ¿Lo has hecho tú?”

- “Mi hermano. Él los ha hecho, él te explicará. Wait. Le voy a llamar”.

Aparece de inmediato un grandullón que merodeaba por allí al que le cuelgan extremidades y manos descomunales. Me estruja la mano sin compasión. Su hermano.

- “Encantado de conocer al artista”, le suelto amablemente y absolutamente desapasionado. Y se pone rojo el grandullón

- “Gracias. ¿Te gustan? Los he hecho yo. Es tradición. Pero estos no son muy buenos, en otros sitios de Malta hay más bonitos ya verás”.

Me fascina de verdad la humildad maltesa y su bonachonería.

El asunto en cuestión eran unos platos de harina coloreada que mostraban dibujillos, de trazo algo infantil, con imágenes como un crucifijo, la paloma del espíritu santo o las tablas de Moisés con los Diez Mandamientos elaborados con granos de arroz pintados de negro. Parecía una manualidad de colegio. Pero sin embargo, ni en un millón de años me veo capaz de colorear harina y elaborar esas sencillas piezas y menos pintar granos de arroz. Y el grandullón tenía unas manos como morcillas, así que mérito tenía.

Por fin, en Cospicua –que son un más echados pa’lante– me confesaron que sí, que ellos hacen las mejores exposiciones del país y las mejores procesiones de Semana Santa. ¿Y lo mejores platos coloreados? Estaban, de hecho, todos deseando que llegase el Viernes Santo. Recorrí unas cuantas exposiciones de estas de figuritas de la pasión por la ciudad (cuatro calles) y por supuesto más y más platos. Aunque mi oscura intención era dar palique con la excusa de que quería sacar fotos.

Casi todas las exposiciones eran bajeras, decoradas con banderones, cruces, música de iglesia, olor a incienso y velas. Unos lugares alucinantes, parecían iglesias en miniatura. En una que visité: “¿Te gusta el techo? Lo ha hecho mi marido es la reproducción en madera de la parroquia de la Inmaculada Concepción de Cospicua”. Efectivamente, era una bóveda en miniatura, tallada en madera, pintada en dorados, con los frescos en pequeñito.

La mujer me contó que pagan por alquilar ese local todos los años de su bolsillo, que su marido invirtió un año entero en reproducir esa bóveda.

-“¿Pero qué pasa, hay algún concurso sobre esto? ¿Hacen ustedes algo así como una competición para ver qué vecino tiene la exposición más bonita?”, les dije.

La mujer me miró estupefacta y algo indignada. De hecho, se cruzó de brazos y se echó un poco hacia atrás. De repelús por mi pregunta.

- “¿Competición? ¿Concurso? No, no, qué tonterías, de ninguna manera. ¡Hacemos esto porque nos gusta!”

Sentí un poco de vergüenza.

- “Ah, claro”.

- “No lo sabes tú bien, a mi marido y mi hijo les chifla eso de pintar platos con harina. Mi hijo está loco por eso, de hecho, ahora anda terminando uno, y mi marido cuando era joven ni te lo imaginas, ahora menos”, dice entusiasmada confensado el vicio de los hombres de su casa, como si se tratase de lo pesados que son con el fútbol.

El marido esboza una sonrisilla de esas de placer como cuando uno está enamorado o le pillan en una trastada. Y asiente con la cabeza.

La verdad es que sentí vergüenza por pillarme a mí mismo en un pensamiento tan cretino y ruin. Obviamente, ¿por qué no van a pintar platos con harina por placer? Un arte efímero, delicado, barato (salvo que no reproduzcas la bóveda de la Inmaculada Concepción) y… ¿he dicho ya delicado?; al que invitas a tus vecinos a disfrutar, sin alardes y sin competición. Por que sí. ¡Qué demonios, eso está muy bien!

Cospicua es a todas luces, y de formas muy literal, un lugar de fervor católico: cuelgan por todos lados crucifijos elaborados con bombillas.  Aquel día en la parroquia (que parece una catedral, por enorme) de Conspicua había un concierto de música sacra que estaba hasta los topes de la puerta, abarrotado. Las calles están repletas de altares callejeros, algunos más caseros que otros. Y, como bien dicen y se ve, viven la Semana Santa como un evento tremendo. Pero también en Cospicua es el único lugar de Malta donde vi transexuales viviendo su identidad con normalidad, en la calle y en el autobús,  sin que ningún vecino se escandalizase.

Y quizás sea así por los dichosos platos de harina. Porque la gente que es muy capaz de, con orgullo y satisfacción honesta, gozar con esos detalles por simple, por efímero que les parezca a otros, y apreciar a sus vecinos por lo que son, sin competir, me parece que es como para empezar a comprar harina a quintales.  A mi me ‘chifla’ el buen humor de los santurrones de Cospicua.

Cospicua, qué ciudad tan simpática

A Cospicua le falta la rumba. En aquella calleja oscura, con edificios combados y paredes descascarilladas, había dos viejas –una muy consumida, como un silbido, y otra muy gorda de esas de pandero desbordante- sentadas en los dos peldaños que daban a su portal. Frente a ellas; un coche con la chapa oxidada y costras en la pintura. Dentro dos niñas jugaban a que conducían. Al verme, la niña ‘chófer’ se asomó. Flaca y contorsionista, la chiquilla precipitó su cuerpo por la ventanilla, quedando sólo las piernas dentro del vehículo, con la cintura sobre la puerta y los pies descalzos en el salpicadero.

“Moooooooooooooooooooooooooooooooooooooooc!!”. Estridente bocinazo. La niña estaba presionando el claxon con las piernas.  La otra, la copiloto, trataba de enredar malévolamente los pies de la conductora a ver si esta caía de morros. Tratando de proporcionar así a la niña-chófer el recuerdo infantil de romperte varios dientes. Pero entonces, una de las viejas lanzó tremendos chillos en maltés. Entendí la complejidad del mensaje gracias a la lengua internacional de signos de madres y abuelas: mano abierta, en el aire y zarandeada, con la intención de copar tu cara. Paró la bocina de inmediato. Las viejas siguieron de cháchara.

Al lado, un chaval disparaba enrabietado una y otra vez varios metros al cielo un balón contra las fachadas de las casas, superando la maraña de cables que cuelgan de un lado a otro de la estrecha vía, y al menos en dos ocasiones logró que el impacto de la pelota desprendiese algún cascote de pintura de los decrépitos edificios.

Cospicua es una de las ciudades maltesas más antiguas, aunque no deja de ser un barrio de 4.000 habitantes encajado en una esquina del puerto. Además de vieja, Cospicua fue brutalmente bombardeada por el Eje Nazi en la II Guerra Mundial. De eso hace ya tiempo, pero muchos de los edificios quedaron así, descuajeringados. Aquí se han rodado varias películas simulando que sus vías son las de Beirut, Gaza o Ramallah ante la imposibilidad de rodar en Oriente, se le parece bastante. Esta ciudad del distrito de Cottonera se ha esforzado en rematar la decadencia con la suciedad y una fina capa de mugre, que a veces con las ventoleras mancha las coladas de los cospicuos, que sacan sus tendederos a la calle.

En estas callejas de escaleras zigzageantes, recodos, callejones y patios chiquitos en los que Paula y yo encontramos hasta una barca abandonada; es el único sitio de Malta en el que he visto a los chiquillos jugar descalzos –que desde media tarde y al anochecer zanganeaban en la calle- y a las madres asomarse a la ventana para llamarlos a gritos cuando ya sólo se intuye la pelota, las sombras de bicis y alguna pelea infantil.

Las tascas de Cospicua como el Hibernians, El Chelsey, Liverpool o Wembley, llevan además de claras referencias del fútbol inglés el atractivo epíteto de ‘Snack bar’. Dejan las ventanas abiertas y desde la calle se pueden ver postales enmarcadas por las jambas de hombres canosos, viendo fútbol, bebedores y jugadores de cartas. Habitualmente incluso todo a la vez.  Mi favorito es un bar reza Sea Man’s bar (El bar de los hombres del mar) y sentados fuera como reclamo tiene efectivamente a unos tipos cumpliendo un marcado cliché: viejos ajados, barbudos blancos, consumidos y estrujando el hígado a vinurcios. No saqué foto porque interpreté el lenguaje internacional de los parroquianos problemáticos. También vi un Snack bar en el que la decoración principal era un póster de Marilym Monroe.

Hay otros Snack Bars, aquellos que tienen sillas de plástico de Coca Cola y música hortera, jóvenes con cortes de pelo a machetazo (un lado largo, el otro ridículamente corto), piercings y pantalones “cagados”. Muchos vecinos que viven en el bajo tienen la ventana de su casa abierta, se puede husmear literalmente sus vidas. Oírlas es fácil: tienen la televisión con el volumen a tope y gritan aún más.

Al anochecer Cospicua también tiene merodeadores borrachos y, en general, gente. Elemento este último del que Valetta -la coqueta capital maltesa- carece. No hay gente, no hay vida. En cambio en Cospicua, mal que bien, tiene gente como aquel tipo que encontramos en una plaza hurgándose la nariz petrolíferamente al lado de una mujer desdentada que reía a placer.

Cospicua está llena de vida, no es limpia, no es bonita, pero es agitada. Aunque me recuerda a eso que antes se decía en los pueblos de que por casarse entre primos “salen los hijos feos”.  O igual es la insularidad o la dejadez. Pero lo poco bello tiene una tremenda virtud humana y periodística: a menudo, simpatía. Y en las dos veces que me perdí en sus calles charlé con gente muy maja.

Y eso fue… pues porque yo también soy muy simpático.

* * *

Mañana os cuento de qué charlé con los conspícuos vecinos de Cospicua. Porque me lo pasé muy bien merodenado su barrio.

El fútbol perjudica seriamente mi salud

Hacienda tiene un agujero de 752 millones de euros, es la deuda de los equipos de fútbol españoles. Dinero que eminentemente se gasta y se derrocha temporada a temporada en el fichaje de nuevos futbolistas, que además ocupan posiciones que podrían ser disputadas por jóvenes canteranos, de entre 19 y 30 años, que son por otra parte el tremendo grueso de los 5 millones de parados en España.

Es curioso lo hipócritas que son también los argumentos xenófobos, la gente se queja de inmigrantes que recogen frutas o friegan suelos, que roban empleos a otras ciudadanos, poca gente se queja de Cristiano Ronaldo, de Kaká, Falcaó o Mascherano.

No son los extranjeros, son los equipos de fútbol los que nos roban.

La delirante actitud de los clubs y entidades de fútbol, su derroche y la permisividad del gobierno pasa sibilinamente por encima de nosotros y, sin embargo, algunas voces justifican el recorte a la sanidad por ejemplo sin criticar el conchabe del Gobierno con la estafa del fútbol.

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